Culturas Inclusivas.

30. sep., 2016

 Angelina Uzín Olleros.

Algunos pensadores contemporáneos conciben que el mundo es mucho más que un “recipiente cósmico”, es el entramado de redes tanto reales como simbólicas en el que nos encontramos y al mismo tiempo nos desencontramos entre nosotros, el mundo hoy es pensado en plural, como mundos. Los sujetos habitamos diferentes mundos; las culturas son una clara muestra de la diversidad y multiplicidad de usos y costumbres, de formas de convivencia, también de la existencia de múltiples conflictos que son el resultado inevitable de las luchas e intereses confrontados en un espacio que nos une y al mismo tiempo nos separa de los demás.

Cada generación acuña una particular manera de intercambios, de saberes y creencias, de emociones y sentimientos hacia el pasado y el futuro; estos operan como líneas de fuga de un presente que incorpora tanto los recuerdos como las aspiraciones de un grupo humano, en una mirada retrospectiva que se entrelaza con el horizonte del porvenir.

Espacio y tiempo son y han sido -en consecuencia- desde siempre las coordenadas para situarnos como “fragmentos locales de una verdad”; todo lo que una época considera verdadero necesita de la existencia de los “comunicadores” de esas verdades: la familia, las instituciones en general, los educadores, los especialistas, los medios de comunicación, las redes sociales. El mundo, los mundos son -en definitiva- lo que nos dicen y nos muestran los otros, acerca del contenido de lo mundano, de lo espacial y lo temporal.

Muchos sujetos han quedado excluidos de la posibilidad de la palabra, del espacio público, de la pertenencia a contextos institucionales; seguramente por los prejuicios que acompañan a diferentes concepciones filosóficas, ideológicas, políticas de lo que se considera en la definición de “cultura”, definición y caracterización que domina un período de la historia, un segmento de un siglo, de un continente o de una región. En la actualidad, para definir lo cultural, entran en debate diversos puntos de vista sobre la “globalización” o la “mundialización”, perspectivas que se distancian de los viejos ideales del cosmopolitismo que promovía la idea de ser y constituirnos como “ciudadanos del mundo”.

En palabras de Étienne Tassin: “La fragilidad de un mundo común en el contexto de una globalización acósmica nos conduce a considerar un doble riesgo, y a adoptar entonces una doble perspectiva. El riesgo es en primer lugar el de la desaparición de la preocupación política por un mundo común en beneficio de la singular explotación económica del planeta. Es también el de la destrucción de las condiciones políticas de una comunidad en beneficio de una única gestión económica de fuerzas acorde a relaciones de dominación y explotación propias de un modo de producción global. Es así que estamos expuestos a una doble renuncia: renuncia al mundo en tanto que mundo común; renuncia a la comunidad humana tal como es susceptible de desplegarse (y de la manera que esperamos que se despliegue) en el seno de sociedades políticas distintas desde el momento en que éstas se enmarcan en un mundo compartido”.

Inmersos durante décadas en debates donde ser “nacional” significaba rechazar la palabra del europeo o ser “latinoamericano” era sinónimo de indigenismo; tiempos en los que por obra de la estigmatización del que habla y la negación del que calla, se promovió el olvido y la ausencia de un ejercicio democrático, plural y diverso, necesario para resignificar, replantear los grandes bloques de pensamiento y así poder barajar y dar de nuevo en el juego cultural.

Políticas Culturales.

La relación existente entre política y cultura, lejos de ser una ocasión ingenua en el mundo simbólico, como espacio que incluye signos, rituales, tradiciones, lenguajes, etc. resulta ser un lugar estratégico de las políticas de Estado en las que una cultura transmite u omite herencias y rituales propios de todo grupo humano. Para UNESCO las políticas culturales son consideradas como un conjunto de operaciones, principios, prácticas y procedimientos de gestión administrativa y presupuestaria, las mismas sirven como base para la acción cultural de un gobierno.

Para implementar estas políticas culturales se requiere la existencia de un espacio especializado de acción cultural, la creación de infraestructura, el establecimiento de normativas y medios de financiamiento, la planificación de programas y actividades, la selección de funcionarios que lleven adelante las acciones que requiere una política cultural determinada. No se trata de acciones aisladas sino de intervenciones estratégicas sometidas a monitoreo, evaluación y seguimiento, esto permite definir las metas y modificar los cursos de acción en el marco de políticas de Estado.

García Canclini (1987) concibe a las políticas culturales como: "(...) el conjunto de intervenciones realizadas por el Estado, las instituciones civiles y los grupos comunitarios organizados a fin de orientar el desarrollo simbólico, satisfacer las necesidades culturales de la población y obtener consenso para un tipo de orden o de transformación social".

Dicha transformación social es posible si el Estado propicia un giro cultural que oriente las prácticas hacia lo comunitario, afiance los lazos sociales y facilite la convivencia en el disenso con debates serios y profundos sobre las historias institucionales reconociendo a todos los ciudadanos y ciudadanas como sujetos de derecho.

Las políticas de estado deben ser uno de los ámbitos privilegiados para llevar adelante la difusión y la promoción de políticas culturales que fomenten reflexiones y contextos de aplicación de nuevas y mejores culturas ambientales, de salud, de género, de formación de profesionales, etc.; dando lugar a todos los actores sociales que desde su actividad y participación orienten la cultura hacia un horizonte de inclusión y justicia social.

Como principal objetivo las políticas culturales piensan una apertura desde organismos del Estado a toda la comunidad, promoviendo el intercambio con instituciones o movimientos sociales que luchen contra la discriminación y la desigualdad.

Las políticas culturales están estrechamente vinculadas con acciones que comprendan a la cultura como “…todo lo que el ser humano realiza…” en un ejercicio democrático que atiende a los problemas sociales con la visión amplia con relación a la memoria de los pueblos y sus contrastes.

Existe una tensión en cuanto a pensar -con independencia del Estado- las cuestiones culturales, reservando a la cultura un lugar apolítico donde el arte, la literatura, las ciencias sociales y demás espacios de conocimiento, quedan reservados a un lugar privilegiado de sujetos también privilegiados a los que la “gran cultura” les reserva un sitio de goce estético que excluye a formas “menores” de cultura.

En contraposición a esta concepción, entendemos que una cultura y todas las culturas deben pensarse y considerarse en programas de “políticas igualitarias en acto” para la justa inclusión y reconocimiento del otro y los otros que existen en la diferencia, que es la diferencia del “nosotros”.

El etnocentrismo del otro.

A mediados del siglo XIX surgen las ciencias humanas y sociales con el objetivo de estudiar al otro, ese otro extraño, que vive en los contenientes del subdesarrollo, de la periferia, ese otro extranjero, distinto, que debe ser investigado “objetivamente” para explicar su alteridad, su “otredad”. Más avanzado el siglo otros investigadores proponen “comprender” ya que no se trata para ellos de observar empíricamente otras culturas (definidas en contraposición a la civilización) sino de admitir que toda observación del otro está acompañada de valoraciones, y esas valoraciones han sido heredadas por los investigadores en parámetros sociales y también culturales.

A comienzos del siglo XX muchos prefieren hablar de “interpretación” porque el énfasis está puesto en lo simbólico, una cultura debe ser interpretada como un gran texto que se escribe en un contexto geopolítico complejo, que debe incluir en su relato la relación entre los continentes de explotación económica y de colonización cultural con las regiones explotadas y colonizadas.

El “etnocentrismo” necesita de una imagen de superioridad para avasallar aquello que se ha definido como signo de “atraso” y “retraso” en el camino al progreso civilizatorio de “la” humanidad. Todos los conceptos y los instrumentos de análisis y medición están atravesados por estas ideologías de corte racista, sexista, xenófobo a los que se agregan prejuicios homofóbicos, que discriminan a todo aquel que se considera diferente, desviado, inadaptado, torcido, insociable…

Ese etnocentrismo propio de la mirada europea sobre las otras regiones del mundo, fue replicado por aquellos que en ese lugar discriminado tuvieron la ilusión de parecerse al Amo para dejar de ser Esclavo de esa mirada omnipresente y de subestimación hacia nosotros. Los muros reales y simbólicos que se construyeron para separar a buenos y malos, correctos e incorrectos, normales y anormales, se replicaron en pequeñas comunidades, países, instituciones.

El etnocentrismo del otro es no sólo patrimonio del gran Otro que nos niega y nos expulsa; nosotros somos también ese Otro cuando desde cualquier lugar de poder, por pequeño que sea, dejamos funcionar esa maquinaria de expulsión.

Nos queda por resolver, en el debate y en el disenso, si es posible “la cultura”, su promoción, su construcción inclusiva, como “culturas” que coexisten y cohabitan en espacios comunales, regionales, continentales, mundiales a través de políticas amparadas por leyes que son el resultado de la reparación histórica de lo que ha sido discriminado, y de la proyección futura en un espacio que convoca lo mejor de los otros, de nosotros y de ellos en la militancia por un mundo común.

Bibliografía:

◊ AAVV (2001) Cultura y transformaciones sociales en tiempos de globalización. Publicaciones CLACSO: Venezuela. Capítulo: El desafío de las políticas culturales en Argentina por Ana Wortman. (http://www.globalcult.org.ve/pub/Clacso2/wortman.pdf)

◊  García Canclini, Néstor. Editor (1987) Políticas culturales en América Latina. México: Grijalbo. 

◊ Tassin, Étienne (2003) Un monde commun. Paris: Seuil. Capítulo 6: “El derecho   cosmopolítico y la democracia cosmopolita”. Traducción: Carolina Vajlis.