4. jul., 2016

El miedo a la libertad.

Por Angelina Uzín Olleros.

Especial para El Diario (Cultura Mundi).

Publicado 2/7/2016.

Imagen: Adán y Eva de Frans Floris, pintado hacia 1560.

Libertad e independencia.

El filósofo y psicólogo Erich Fromm hace referencia en su obra a la libertad como una conquista o lucha de los oprimidos por emanciparse de la dependencia que sufrían respecto de aquellos que gozaban de privilegios, emprende en consecuencia una crítica a la noción de progreso de la modernidad que definía un sujeto capaz de vencer las fuerzas de la naturaleza a través de la ciencia, y que había "...sacudido la dominación de la Iglesia y del Estado Absolutista". El siglo XX no fue precisamente como imaginaron los teóricos del siglo XIX, un trayecto de la historia de emancipación, por el contrario mostró el lado oscuro del poder político que convirtió ese poder en dominación: las guerras mundiales, los campos de exterminio, la bomba atómica, hechos que sacudieron el ego del hombre moderno y lo llevaron a replantearse sus posibilidades existenciales. 

Cuatro preguntas atraviesan el análisis sobre la libertad: ¿El deseo de libertad es inherente a la naturaleza humana? ¿La libertad es solamente ausencia de presión exterior o es también presencia de algo? ¿Junto al deseo innato de libertad no existe a la vez un anhelo instintivo de sumisión? ¿El sometimiento se da siempre en relación con una autoridad exterior o existe conforme a autoridades que se han internalizado?

Al abordar entonces estas cuestiones centrales respecto de la cuestión de la libertad, Fromm advierte que las condiciones de posibilidad del sometimiento y la consecuente falta de libertad son “psicológicas”, porque el fascismo pudo desarrollarse fundamentalmente gracias a una fuerte acción psicológica sobre los sujetos.  "La concepción de la naturaleza humana consistía, sobre todo, en un reflejo de los impulsos más importantes observables en el hombre moderno, análogos a los llamados instintos básicos que habían sido aceptados por psicólogos anteriores. Para Freud, el individuo perteneciente a su cultura representaba el hombre en general, aquellas pasiones y angustias que son características del hombre en la sociedad moderna eran consideradas como fuerzas eternas arraigadas en la constitución biológica humana. (...) El campo de las relaciones humanas, en el sentido de Freud, es similar al mercado: es un intercambio de satisfacciones de necesidades biológicamente dadas, en el cual la relación con los otros individuos es un medio para un fin y nunca un fin en sí mismo."  (Fromm, Erich. El miedo a la libertad. Buenos Aires. Paidós. 1989. Páginas 30/31).

Fromm va a disentir con Freud asegurando que el modo de relación del individuo con la sociedad no es estático (satisfacción pulsional), sino dinámico (histórico), el hombre es producto de la historia y la historia es producto del hombre. Las pasiones, los deseos y las angustias son resultados de un proceso social; pero la sociedad no sólo ejerce una función de represión, también ejerce una función creadora.  El individuo debe adaptarse al medio social, pero esa adaptación no es estática, la cual implica la adquisición de un nuevo hábito, es fundamentalmente una adaptación dinámica; la forma en que un individuo satisface sus necesidades vitales está vinculada al proceso histórico que marca la forma peculiar -epocal- de respuesta y de satisfacción de un deseo. 

Las necesidades fisiológicamente condicionadas pueden resumirse en la noción de una “necesidad de autoconservación”, pero el hombre trasciende la mera necesidad de autoconservación de la especie y del individuo, en lo que Fromm denomina diversas “formas de cooperación”, entonces esboza una relación entre el miedo al aislamiento y el miedo a la libertad, esto es inevitable porque vivir con otros es una necesidad, el hombre es un “animal social”, necesita de los demás para autoconstituirse como sujeto.  

Soledad moral.

El dilema de la libertad es que cuando más gana el individuo en márgenes de autonomía, la posibilidad cada vez más cercana a la soledad y sobre todo a la “soledad moral” que es la más grave, lo conduce a tener que decidir cuánto de su libertad está dispuesto a resignar para poder convivir con los demás individuos.  La ambigüedad de la libertad radica en este juego dialéctico entre libertad positiva y libertad negativa, entendiendo la segunda como autolimitación a favor de la posibilidad del encuentro con los otros. Fromm distingue “la libertad para…” de la “libertad de…”, la segunda es la liberación de una rasgo instintivo que nos ata a una necesidad determinada. 

Para ejemplificar sobre esta cuestión Fromm nos ofrece el ejemplo del mito bíblico de la expulsión del hombre del paraíso: “El mito identifica el comienzo de la historia humana con un acto de elección, pero acentúa singularmente el carácter pecaminoso de ese primer acto libre y el sufrimiento que éste origina. Hombre y mujer viven en el jardín edénico en completa armonía entre sí y con la naturaleza. Hay paz y no existe necesidad de trabajar; tampoco la de elegir entre alternativas; no hay libertad, ni tampoco pensamiento. Le está prohibido al hombre comer del árbol del conocimiento del bien y del mal: pero obra contra la orden divina, rompe y supera el estado de armonía con la naturaleza de la que forma parte sin trascenderla."  (Fromm, Erich. Obra citada. Página 51).

La libertad es un acto de desobediencia, es el comienzo de la razón, el mito de la expulsión del paraíso resalta el sufrimiento de este acto de libertad, la angustia que produce tomar una decisión, correr un riesgo, perder la otra oportunidad: la de no haber elegido otra opción o la de equivocarnos al tomar la decisión.  Cada vez que rompemos los lazos con aquello que nos ataba a una tradición nos encontramos solos y atemorizados, al decidir el sujeto ha perdido momentáneamente la identidad que fue construida al hilo de una vieja atadura. Lo mismo ocurrió con el paso de la sociedad feudal a la burguesa, el hombre rompe los lazos con una época y queda despojado de la manta de seguridad que lo cubría, debe construir una nueva subjetividad, una nueva identidad histórica. 

"Para  superar el terror resultante de esa pérdida se ve obligado a la conformidad más estricta, a buscar su identidad en el reconocimiento y la incesante aprobación por parte de los demás. Puesto que él no sabe quién es, por lo menos los demás individuos lo sabrán,... siempre que él obre de acuerdo con las expectativas de la gente; y si los demás lo saben, él también lo sabrá... tan sólo con que acepte el juicio de aquellos."  (Fromm, Erich. Obra citada. Página 200).

El problema de la libertad es un problema dialéctico entre la negación y la afirmación, que son necesarias ante cada elección y decisión en nuestras vidas, la relación con nosotros mismos y la relación con los otros trazan límites difusos entre el “ser para mí” y el “ser para los otros”. Cuánto de lo que soy depende de mi autoafirmación y  cuánto depende de la negación que me impone la cultura y la sociedad para dejar de ser lo que soy y pasar a ser otro.  

Somos sujetos históricos, la historia nos muestra ese movimiento dialéctico entre un momento que deja de ser y otro nuevo que aparece, el horizonte de la libertad es esa inquietante búsqueda por ser nosotros mismos en relación con otros en un mundo social, económico, político que debe dejar de ser para dar nacimiento a un “hombre nuevo” y a un mundo nuevo.   En Fromm este acontecimiento revolucionario está expresado en el acto de amar a los demás creciendo en identidades nuevas y en tiempos que tratan de dar cuenta del malestar de esta cultura. El momento presente no es el fin de la historia, sino el fin de un modo de ser históricamente delimitado entre los sueños de una época pasada y las aspiraciones de un nuevo tiempo, de un porvenir.