10. jun., 2016

Las injusticias que nos quedan son los derechos que nos faltan.

Publicado en Cultura Mundi.

Por Angelina Uzín Olleros.

La historia de la investigación científica en general y de la epistemología o teoría de la ciencia en particular, ha pasado por diferentes etapas signadas por situaciones políticas y emergencia de campos disciplinares nuevos. No han sido pocos los avatares históricos que forjaron rupturas y continuidades en el devenir científico de nuestro país, mostrar los debates actuales en la enseñanza y la investigación científico/epistemológica en diferentes espacios universitarios argentinos es una convocatoria fragmentaria y múltiple en la actualidad.

La generación de 1880 fue marcada por el positivismo francés en la versión de Augusto Comte y el positivismo inglés a través de la obra de Herbert Spencer, las universidades de aquel entonces fueron alcanzadas por la sombra positivista en ambas versiones, acentuando el aspecto anticlerical y proclamando la necesidad del espíritu científico en sus pórticos.

A comienzos de siglo XX la Reforma Universitaria de 1918 sembró la semilla política de la democratización de los claustros y el acceso a las cátedras por medio de concursos abiertos, entre otros aspectos. En una mezcla de romanticismo y anarquismo, los estudiantes universitarios proclamaron el Manifiesto Liminar sellando el destino universitario bajo una célebre consigna, todavía vigente: “Los temores que nos quedan son las libertades que nos faltan”.

Hoy no decimos ciencia en abstracto sino que hablamos de “campo disciplinar” haciendo alusión tanto a la noción de “campo” del filósofo italiano Giorgio Agamben como del sociólogo francés Pierre Bourdieu. Con relación a la acreditación científica y su producción, podemos conjugar definiciones que destacan lo político/ideológico por un lado o lo científico/académico por otro. Agamben arriesga una definición en torno a su necesidad de circunscribir la experiencia de los campos de exterminio en Alemania.

Para él: “El campo es el lugar en el que se ha realizado la más absoluta conditio inhumana que se haya dado jamás sobre la tierra: es decir, en última instancia, lo que cuenta tanto para las víctimas como para los descendientes. Aquí seguiremos deliberadamente una orientación inversa. En vez de deducir la definición de campo por los sucesos acaecidos, nos preguntaremos más bien: ¿qué es un campo, cuál es su estructura jurídico-política, por qué han podido tener lugar semejantes sucesos? Todo esto nos llevará a mirar el campo, no como hecho histórico, ni como una anomalía perteneciente al pasado…, sino, de alguna manera, a la matriz escondida, al nomos del espacio político en el que vivimos”.[1]

Por su parte Bourdieu lo caracteriza de este modo: “Un campo - podría tratarse del campo científico - se define, entre otras formas, definiendo aquello que está en juego y los intereses específicos, que son irreductibles a lo que se encuentra en juego en otros campos o a sus intereses propios (no será posible atraer a un filósofo con lo que es motivo de disputa entre geógrafos) y que no percibirá alguien que haya sido construido para entrar en ese campo (cada categoría de interés implica indiferencia hacia otros intereses, otras inversiones que serán percibidos como absurdos, irracionales, sublimes y desinteresados) Para que funcione un campo es necesario que haya algo en juego y gente dispuesta a jugar, que esté dotada de un habitus que implican el conocimiento y el reconocimiento de las leyes inmanentes al juego, de lo que está en  juego, etcétera”.[2]

Visto el campo como espacio político en Agamben o como el espacio (real o virtual) en el que está en juego un conjunto de saberes, prácticas, intereses, en Bourdieu; podemos hacer coexistir ambas propuestas de acuerdo a los períodos históricos en los que ha predominado uno u otro conforme a la relación entre ciencia y política en la producción de verdades y la profesión que ostenta su posesión o difusión.

Vamos a diferenciar tres hitos en lo concerniente a la acreditación y producción científica en el campo profesional docente de las universidades argentinas:

Las crisis políticas, los golpes de estado sucesivos desde la década del ‘30 y en particular la denominada “noche de los bastones largos” del Golpe del ‘66 y el “Proceso de reorganización nacional” del Golpe del ‘76.

Ambos sucesos marcaron una impronta de fuerte persecución ideológica, “fuga de cerebros”, vaciamiento de organismos de investigación, hasta la desaparición forzada de investigadores, docentes y estudiantes universitarios. En estos períodos ha dominado el campo como lugar de encierro y persecución ideológica.

El retorno de la democracia en el ‘83 con la consabida reflexión acerca de la situación del campo científico, revisión histórica de las condiciones de posibilidad de la actividad científica, formación profesional de docentes universitarios y señalamiento de los funcionarios y cómplices de la dictadura militar desde el ‘76 al ‘83. Momento en el que el campo se torna espacio político emancipatorio con una emergencia de lo epistemológico y su difusión académica.

Y, la década de 1990 con la sanción de las leyes Federal de Educación y de Educación Superior, que resultaron ser una bisagra, sobretodo la segunda de ellas, en las exigencias dirigidas al docente universitario. La proliferación de los postgrados, maestrías y doctorados, con titulaciones intermedias entre la formación de grado y la de cuarto nivel. Período en el que campo y capital se articulan estrechamente con las reglas del mercado a las que se adapta el sistema educativo.  

La producción de conocimiento que se juega en el campo universitario ha sido llevada desde diferentes intereses y dispositivos de acuerdo a los vaivenes políticos en nuestro país: dictaduras, democracias, períodos economicistas, han marcado una impronta sobre los sujetos que fueron llevados a jugar con diferentes reglas en distintos momentos, más o menos graves, de nuestra región. La diversidad, el pluralismo y la polémica presentes en las universidades del país son una muestra de lo que se debate en los espacios universitarios argentinos en una etapa diferente que se abre con problemas de falta de presupuesto y rechazo a las consignas reformistas por parte de enfoques privatizadores que continúan definiendo la educación como un gasto y no como un derecho.

Como acontece con la universidad argentina, la universidad en general ha ocupado diferentes lugares que estuvieron signados por los momentos políticos y las características culturales de cada época. Desde los anhelos por transformar realidades injustas o situaciones de desigualdad social, hasta pensarla como herramienta de control estatal sobre la población estudiantil, la universidad puede ser localizada en una escena social con características disímiles. El filósofo Jacques Derrida afirma: “Ni en su forma medieval ni en su forma moderna, ha dispuesto (…) de las condiciones rigurosas de su unidad. Durante más de ocho siglos, ‘universidad’ habrá sido el nombre dado por nuestra sociedad a una especie de cuerpo suplementario que ha querido a la vez emancipar y controlar. Por ambas razones, se supone que la Universidad representa la sociedad”.Esta representación con dos caras bien definidas y sus oposiciones denotan que no hay consenso con relación a lo que la universidad debe hacer: emancipar a los ciudadanos de cadenas que los condicionan (simbólicas, materiales, históricas), o bien controlar a las personas (disciplinar, tecnificar, neutralizar).Ahora bien, si estamos frente a un momento nuevo en la economía denominado “posneoliberalismo”, definirlo y trazar su trayectoria epocal es una de las tareas de la universidad. Pero además, la definición de un sistema de poder político que acompañe o fundamente ese pos-neo-liberalismo es un lugar en el que claramente la universidad puede constituirse con un perfil tendiente a lo emancipatorio. De lo contrario, su rol se reduciría a una definición técnica del concepto, optando así por ser elemento de control ideológico bajo la pretensión de la neutralidad científica.

Sólo restan dos años para el centenario de la Reforma Universitaria del ’18: la consigna hoy queda planteada de este modo, a mi modesto entender: “Las injusticias que nos quedan son los derechos que nos faltan”.

Bibliografía

Agamben Giorgio. “¿Qué es un campo?” Artículo publicado en la Revista Sibila Nº 1. Roma. 1995.

Bourdieu Pierre. Intelectuales, política y poder. Eudeba. Buenos Aires. 1999.

------------------- Sociología y cultura. México. Grijalbo. 1990.

------------------- Los usos sociales de la ciencia. Buenos Aires. Nueva Visión. 1997.

Citas.


[1] Agamben, Giorgio. ¿Qué es un campo? Pág. 1.

[2] Bourdieu, Pierre. Los usos sociales de la ciencia. Pág.  18.