28. may., 2016

El muro de la docencia.

Por Angelina Uzín Olleros.

Especial para Cultura Mundi de El Diario.
 
El presente artículo es el primero de una serie de textos reflexivos sobre la educación en el nivel universitario que pretende crear condiciones de posibilidad para futuros debates en torno al tema, a pocos años de conmemorarse el centenario de la Reforma del ’18.
DOCENCIA. La docencia es una vocación, una profesión, un trabajo y una militancia; pongo a consideración cada uno de los términos.  Max Weber advierte que en el idioma alemán el término beruf posee el doble significado de vocación y de profesión. Comúnmente se afirma que ejercer una profesión significa profesar una fe. Existe, entonces, una reminiscencia a lo sagrado en la terminología que estamos convocando, en la que se hace alusión al cumplimiento de una misión impuesta por dios. De esta manera, orientando el trabajo en un sentido sagrado, surge en consecuencia el concepto ético y religioso de la profesión.
Lo divino, para los filósofos griegos, marcaba el límite de lo humano, por tratarse de un pensamiento pagano, los dioses eran quienes marcaban un destino que los hombres debían perseguir y del cual no podían escapar. Es a la figura de Sócrates y a su método pedagógico que se le atribuye la separación del êthos como designio divino para plantear la responsabilidad moral como conciencia humana. Lo relativo a la esfera moral tiene, entonces, un alcance social y en consecuencia político.
Por su parte el término vocación nos remite tanto a la idea de un “llamado interior” como a un “movimiento hacia algo”. La traducción del latín vocatio  es la de la inspiración de un llamado divino, una inclinación hacia un estado, carrera o profesión. Todos estos términos nos hacen pensar en acciones tales como sentirse convocado por algo superior, por una parte, como la de entregar un conocimiento que resulte significativo o necesario en una comunidad académica o, de modo más amplio, hacia lo social.
La lectura marxista de la profesión pone el énfasis en el trabajo, en el docente como un trabajador, inserto en modos de producción (economía) y también de reproducción (ideología); despojada de todo lo religioso y lo divino, la actividad docente considera al trabajo que realiza en ese entramado económico y político del que habla Karl Marx en su crítica a la sociedad burguesa/capitalista. Como consecuencia de su enfoque, la teoría de la educación que sigue esta línea problematiza la relación entre “teoría” y “práctica”. Hay quienes pretenden que lo teórico debe estar en primer término para dirigir y sostener toda práctica; por el contrario, otros definen a la teoría como aquello que se deriva de una práctica, de una experiencia sensible. La solución a esta aparente antinomia entre lo teórico y lo práctico, está pensada en términos de una praxis, como aquello que no puede separar, desvincular, el hacer y el pensar, esto es, poder definir la relación entre el hacer y el conocer como una teoría de la acción
TRANSMISIÓN. En este punto se juega lo relacionado con la enseñanza, con la transmisión, como afirma George Steiner: “¿Qué significa transmitir (tradentere)? ¿De quién a quién es legítima esta transmisión? Las relaciones entretraditio, lo que se ha entregado y lo que los griegos denominan paradidomena ‘lo que se está entregando ahora’, no son nunca transparentes. Tal vez no sea accidental que la semántica de ‘traición’ y ‘traducción’ no esté enteramente ausente de la de ‘tradición’. A su vez estas vibraciones de sentido y de intención actúan poderosamente en el concepto, siempre desafiante él mismo, de ‘translación’ (translatio)”. 
La propuesta hasta aquí contempla todas estas cuestiones: el docente es alguien movido por la vocación, un llamado a transmitir un legado cultural, un compromiso con las generaciones jóvenes, una necesidad de resguardar valores que se consideran relevantes; ejercer una profesión implica considerar su etimología, la de profesar una FE (fe en el ser humano, en el conocimiento, en la ciencia, en el arte, en la institución escolar…); es al mismo tiempo poder autocomprenderse como un trabajador que necesita condiciones materiales para desempeñarse, percibir un salario, estar sujeto a situaciones de estabilidad/inestabilidad laboral, y en esta cuestión surgen las luchas sindicales referidas a los derechos laborales de los trabajadores de la educación.
El factor político es el que predomina en esta situación laboral y el docente se convierte en un actor social y político que lucha por sus derechos, resiste, protesta.
Para  Hannah Arendt la condición indispensable de la política es la irreductible pluralidad que queda expresada en el hecho de que somos alguien y no algo. Para ella el mundo humano es este espacio “entre” cuya ley sería la pluralidad; el mundo es lo que está entre nosotros, lo que nos separa y nos une. Lo propio de la condición humana es la acción, actuar es inaugurar, hacer aparecer algo por primera vez en público, añadir algo propio al mundo. La libertad es posible entonces en la acción, ser libre y actuar es una y la misma cosa. Arendt hizo la distinción entre labor, trabajo y acción. Pensando -trasladando- estos términos en y a la escena educativa, la “labor” se encuentra sostenida por la vocación, el trabajo por el ejercicio profesional propiamente dicho y la acción por la política; en este último aspecto el docente es un militante.
El término “militancia” reviste muchas traducciones; hacemos referencia a la militancia como el trabajo constante que se encuentra entre la idea y la acción; no puede haber militancia sin ideas, ni una militancia sin acción (la acción es siempre política). A comienzos de siglo XX la Reforma Universitaria de 1918 sembró la semilla política de la democratización de los claustros y el acceso a las cátedras por medio de concursos abiertos, entre otros aspectos. En una mezcla de romanticismo y anarquismo, los estudiantes universitarios proclamaron el Manifiesto Liminar sellando el destino universitario bajo una frase célebre, vigente hasta la actualidad: Los temores que nos quedan son las libertades que nos faltan. A lo que agrego: las libertades que nos faltan son las injusticias que nos dominan.
CIUDADANÍA. Los concursos docentes han servido para legitimar el acceso a la cátedra; a través de esta práctica heredera del principio de la crítica ilustrada, los docentes somos examinados; nos sometemos a examen por nuestros colegas, estudiantes, graduados, que realizan una evaluación de nuestros saberes, de nuestras capacidades, de nuestras trayectorias (pensadas como aquellos trayectos que nos llevan en el camino profesional al momento presente).
Propongo pensar los concursos con los mismos términos que hemos presentado la actividad docente: constituyen una labor vocacional, porque es una carga pública que asumimos de manera ad honorem y supone un compromiso con la institución; son un acto profesional, porque allí se profesa la fe en los saberes que imparte la universidad; son un trabajo porque implica dedicar buena parte de nuestro tiempo al acto de sustanciación del concurso; son un acto político porque a partir de allí el docente que accede a una cátedra por concurso ordinario se transforma en un ciudadano universitario.
La ciudadanía universitaria, en el caso de los docentes, nos habilita para ejercer nuestros derechos políticos al interior de la universidad, podemos elegir a nuestros representantes y podemos ser candidatos para ocupar cargos, formar parte del equipo de gestión y gobierno institucional; estamos hablando siempre de la “ciudadanía universitaria”. Podemos formar parte de los consejos directivos de las facultades y hasta del consejo superior de la universidad.
Por todo lo expuesto queda claro que un acto político es al mismo tiempo un acto de poder; en ese “juego estratégico” del poder decidimos quién se queda y quién se va; quién permanece y quién queda afuera; quien ingresa y quién debe despedirse de los espacios, ya sean espacios curriculares de investigación o extensión, espacios en las cátedras, en definitiva, espacios en la universidad. Marx nos despierta de todo sueño dogmático: el poder no está repartido equitativamente, el poder tiene una estructura, quienes ejercen el poder crean su propio “contexto de justificación” para la toma de decisiones. Ante la multiplicidad de criterios, sentimientos, puntos de vista, luchas hegemónicas para sostenerse en el poder; a esta altura de la historia “reformista” ese ejercicio de poder se ha transformado en una práctica “conservadora”.
Esto nos deja a los docentes en una situación de “malestar sobrante” como diría Herbert Marcuse; predominan resentimientos, angustias, fobias, histerias, paranoias, soledades, que nos dejan en una intemperie difícil de cubrir, en un desamparo cada vez más lejano de la posibilidad de justicia.
A 96 años de la Reforma, los docentes hemos construido nuestro propio muro de los lamentos,  frente a él nos lamentamos de la destrucción de la ciudad universitaria y la dispersión de nuestro claustro. Todavía no cultivamos la tradición de introducir un pequeño papel con una plegaria entre las rendijas del muro, pero quedan las escrituras y las narraciones de nuestras frustraciones en los sucesivos textos de recusaciones e impugnaciones ante las injusticias cometidas en los concursos. 
Entre los rezos y plegarias pedimos por el retorno de todos los exiliados de la patria universitaria, la reconstrucción del templo del saber, y -como dijo Walter Benjamin en sus Tesis- seguimos esperando la llegada de nuestro Mesías.
 
Bibliografía:
Arendt, Hannah. (1995) ¿Qué es la política? Editorial Paidós. Barcelona.
Bourdieu, Pierre. La miseria del mundo. (1999) Fondo de Cultura Económica. Madrid.
Steiner, George. (2003) Lecciones de los maestros. Fondo de Cultura Económica. México.
Weber, Max. (1991) Ciencia y Política. Centro Editor de América Latina. Buenos Aires.