Las monstruosidad moral y política.

21. mar., 2016

Por Angelina Uzín Olleros. Especial para La tecla Ñ.

Siempre me ha conmovido el comentario de Hannah Arendt: "El buen padre de familia, aquel que sólo se ocupa del bienestar de su familia, que desprecia la vida pública y los compromisos políticos es el gran criminal del siglo XX, porque su actitud pasiva contribuyó al nacimiento de los fascismos". Arendt así lo expresó durante el juicio a Adolf Eichmann en el año 1961 por crímenes contra el pueblo judío y crímenes contra la humanidad, ella había participado en esa circunstancia  como corresponsal de la revistaThe New Yorker. Contextualizando su frase, ella entendió que todos esperaban ver en Eichmann a un monstruo, a alguien que había sido capaz de enviar a miles de hombres y mujeres a las cámaras de gas. Lejos de encontrar a un monstruo pudieron observar a un buen padre de familia que dijo haber cumplido órdenes de un superior en su lugar habitual de trabajo.

Enorme dilema moral para la tradición humanista, aceptar que un crimen, un genocidio estuvo en manos de un hombre común, de hombres y mujeres “normales” que formaron parte de esa maquinaria criminal porque estaban cumpliendo con su trabajo. Este dilema es aplicable a las guerras mundiales, a los campos de exterminio, a las dictaduras en América Latina y Argentina, a los delitos y crímenes de lesa humanidad. Sobre esto vienen muchas preguntas,  se abren muchas interrogaciones. ¿Qué deformación, qué metamorfosis opera en la excepción del crimen en los campos de concentración, en los encierros, las torturas, en los cuerpos arrojados al mar? ¿Es la razón humana que se torna monstruosa? ¿Es el rostro humano desfigurado en el odio y en la convicción de hacer necesario el terror y la persecución? ¿En nombre de qué dios, o naturaleza, o forma de Estado, o cultura, o valores se crea el monstruo?

El monstruo ¿es el verdugo o es el que pone en peligrola paz social?El monstruo ¿es la víctima al ser objeto de los suplicios que el sistema o la estructura le asignan? ¿Es el que ocupa el banquillo de los acusados luego de haber cumplido la orden de un superior?

La monstruosidad está ligada directamente a la figura del criminal y tramitada por una economía del poder punitivo; crimen y castigo son dos instancias que se modifican con el paso de la sociedad feudal a la burguesa,  Michel Foucault loplantea desde el ejemplo del crimen espantoso perpetrado contra Guillermo de Orange en 1584 afirmando que, la respuesta fue un suplicio tan atroz como el crimen.  Dice Foucault al respecto:

El crimen era crimen en la medida en que, además, y por el hecho de serlo, afectaba al soberano; afectaba los derechos, la voluntad del soberano, presentes en la ley; atacaba, por consiguiente, la fuerza, el cuerpo físico del soberano. En todo crimen, por lo tanto, había enfrentamiento de fuerzas, rebelión, insurrección contra el soberano. (...) El castigo era siempre vindicta, y vindicta personal del soberano. Éste volvía a enfrentar al criminal; pero esta vez, en el despliegue ritual de su fuerza, en el cadalso, lo que se producía era sin duda la inversión ceremonial del crimen.

Este paso de los suplicios a las cárceles es lo que caracteriza al modo moderno expresado en el derecho clásico de entender al crimen y al castigo a partir de unidades de medida que sirven para evaluar la proporción entre uno y otro. Es decir, que el castigo debe guardar una regla que sea directamente proporcional con el crimen cometido. Crimen que ahora no afecta al cuerpo del soberano sino al cuerpo social. El criminal (moderno) es una amenaza para la sociedad, es el que rompe el contrato social que pacta el orden y el ordenamiento de las prácticas sociales. El criminal que desconoce o se aparta de los términos del contrato es el monstruo moderno.

El paso de la naturaleza a la cultura está signado por la ley y a su vez el paso de la sociedad feudal a la burguesa está mediado por la creación de tecnologías científicas e industriales que hacen posible un orden social. Foucault analiza el tipo de monstruosidad que marcan la etnología y el psicoanálisis mediante la tesis del totemismo; y la monstruosidad que definen los historiadores tomando el ejemplo de la revolución francesa. La horda primitiva que mata al jefe de la tribu y el pueblo sublevado que asesina al rey.

... a partir de estas cuestiones del incesto y la antropofagia, se abordan todos los pequeños monstruos de la historia, todos esos bordes exteriores de la sociedad y la economía que constituyen las sociedades primitivas... Los antropólogos y los teóricos de la antropología que privilegian el punto de vista del totemismo,..., el de la antropofagia, terminan por producir una teoría etnológica que lleva a una extrema disociación y distanciamiento con respecto a nuestras sociedades, porque se las remite precisamente a su antropofagia primitiva.

Las tesis de la antropofagia y la prohibición del incesto demarcan el límite normal/anormal en términos de una monstruosidad que deviene de las figuras del soberano despótico y el pueblo sublevado que vemos recorrer en el campo de la anomalía. El incesto, crimen de los reyes, de Edipo y su familia (Sigmund Freud) que posibilita la inteligibilidad de la neurosis; el problema de la devoración, de la introyección de los buenos y malos objetos, del canibalismo que no es ya el crimen de los reyes sino del pueblo hambriento, que posibilita la inteligibilidad de la psicosis (Melanie Klein). Son categorías que explican el comportamiento del monstruo humano (en la descripción del anormal) que fueron gestadas en esa economía del poder punitivo del siglo XVIII y que combinan los grandes temas del incesto de los reyes y el canibalismo de los hambrientos.

El soberano despótico y el pueblo sublevado son las figuras de la anomalía que engendraron el pensamiento y la política burgueses. Concluye Foucault diciendo que:

Los grandes monstruos que velan en el dominio de la anomalía y que aún no se han dormido -la etnología y el psicoanálisis dan fe de ello- son los dos grandes sujetos del consumo prohibido: el rey incestuoso y el pueblo caníbal.

Importa esta observación de Foucault al respecto cuando dice que este tipo de análisis cae en un reduccionismo (incluso podríamos afirmar que cae en cierto anacronismo) al hacernos comprender la violencia que ejerce la sociedad disciplinaria  a partir de las políticas de encierro, tomando como parámetro el ejemplo de las sociedades primitivas, del parricidio que simboliza la necesidad de la ley.

El monstruo ¿forma parte del Estado y la sociedad o se ubica en sus márgenes, en sus espacios de exclusión? ¿Cómo dar cuenta del terrorismo de estado? Concepto que resulta contradictorio en sí mismo, ya que el estado no debe aplicar una política de terror; o que -desde otro punto de vista-, demuestra que la barbarie no se opone a la civilización sino que forma parte de ésta. En la barbarie no existe la ley. Cuando la ley se impone brutalmente en nombre de la civilización ¿quién es el monstruo?, ¿cómo es el monstruo?  El concepto antropológico moderno que sitúa al hombre como sujeto y objeto de un saber autorreferencial convierte al mismo tiempo a ese sujeto en un ser vigilado y controlado en los márgenes de lo normal, creando el espacio propicio para el registro de la exclusión. Por una parte el hombre normal (ilustrado y mayor de edad) y por otra, el hombre arrojado a la periferia destinada a la anormalidad (el criminal y el enfermo mental).

¿La racionalidad moderna deviene monstruosa al profundizar sus rasgos disciplinantes y opresivos?

En un repaso histórico de los diferentes tipos de monstruosidad, Antonio Negri toma como punto de partida la categoría de “eugenesia”, realiza, como él mismo lo define, una “genealogía monstruosa”. De los griegos a los modernos, hasta los contemporáneos repasa las diferentes expresiones de esa deformidad monstruosa de lo humano y de sus formas de organización política.

Negri describe el tipo de monstruosidad de la que hablan los griegos antiguos:

En la gran filosofía griega, entonces, la eugenesia -Heidegger dixit- ‘devela’ la verdad del ser y la fundación de la autoridad. Esta ‘develación’ es una obra maestra de ambigüedad y mistificación. Del otro lado está el monstruo…

El monstruo está fuera de esta economía del ser. La ontología griega conjura al monstruo. Si éste habita la Antigüedad clásica, sólo lo puede hacer en la medida en que acepte ser exorcizado a través de la mitología de la metamorfosis. El monstruo vaga en los sueños y en el imaginario de la locura; es una pesadilla de ‘lo bello y lo bueno’; sólo puede darse como destino catastrófico, motivado catárticamente, o bien como evento divino.

Estos monstruos que luego, durante el período histórico de la Edad Media y en particular en la conquista de América, serán los señalados como seres poseídos por el demonio. Las nomenclaturas que necesitan los que debaten sobre el alma o la ausencia de ella en los habitantes del “nuevo continente” son la de “apóstatas”, “herejes” o “infieles”. Ya sea por negar a dios, o desconocerlo o desobedecer su autoridad, estos seres son la muestra de la monstruosidad de estas criaturas  sin humanidad. Si las criaturas no son creaturas porque no han sido creadas por dios, ellas serán parte de esos rostros subhumanos que pondrán en peligro la verdadera  humanidad.

La modernidad también crea sus propios monstruos, continuando con el enfoque de Negri afirma:

En los inicios de la modernidad, la exclusión del monstruo del orden de la razón es diferente de la exclusión de la metafísica clásica: ahora reingresa parcialmente en el discurso filosófico. ¿De qué manera? El monstruo deviene en esta época en una ‘metáfora’ en el campo político, una metáfora de la trascendencia del poder, que si no puede ser reducida al orden de la razón, al racionalismo causal, debe de todos modos aparecer en el interior del mundo

Nueva lógica de demarcación entre una organización, un orden social e institucional y la otredad  que no responde a la racionalidad instaurada por el nuevo poder.

Negri agrega a su análisis:

En un cierto momento de la historia de la ideología occidental el cuadro se transforma radicalmente. La lucha de clases se generaliza y ocupa toda la escena, también la teórica. Marx es el primero que la asume radicalmente como paradigma del desarrollo histórico, de manera tal que no queda nada más del viejo esquema de la eugenesia. Por el contrario, el monstruo deviene sujeto, o más bien, sujetos; no está por principio excluido, ni es reducido a metáfora: está ahí, existe. Si en la Antigüedad clásica y en la modernidad todo parecía dispuesto a eliminar la sola posibilidad del monstruo (…), con el capitalismo el cuadro se revierte, y en esta reversión, con fuerza monstruosa, representa una novedad radical e irreversible.

El estado terrorista une la axiología medieval (la defensa del mundo occidental y cristiano) al modelo capitalista de producción. En las dictaduras latinoamericanas se reiteran las advertencias acerca de un mundo dividido entre comunismo y capitalismo, entre el este y el oeste. Cada país expresa la necesidad del terror para eliminar el monstruo comunista, quedando relegado al comunismo el mote de “totalitario”. Estas versiones encontrarán años más tarde una resignificada versión: en nombre de la democracia, de la libertad, de los derechos civiles hay que derrotar al enemigo terrorista.

Continúa Negri:

Para pasar de un monstruo al otro de aquél que es metáfora del capital a aquel que es el de la multitud que encarnan los explotados, hay todavía un gran espacio de ambigüedad, de pourparler (…) Este paréntesis, o mejor, este intervalo de incertidumbre ha sido representado como ‘un mundo de espectros’. Pero si el espectro es una metáfora dialéctica e indica un pasaje (…), el gesto ontológico que viene con el monstruo es mucho más profundo: en lugar de oscilar entre sujeto (capitalista) y objeto (proletario) de la explotación, tiene lugar entre sujeto y sujeto. La oposición monstruosa es ontológica, implacable, irreversible; la espectral, en cambio, se desvanece. La oposición monstruosa hace crecer al sujeto, vuelve epidémica su existencia y busca destruir al enemigo.

En nuestro país se ha presentado la teoría de los demonios como la teoría de los dos monstruos. La violencia  que se legitima para vencer al enemigo insurrecto de la guerrilla, la monstruosidad de la lucha armada genera al monstruo representado en la maquinaria estatal como maquinaria de guerra.

A 40 años del aniversario del Golpe Cívico-Militar en Argentina, también estamos a 33 años del advenimiento de la democracia y sus poco más de tres décadas ininterrumpidas. Considero que nuestro desafío cotidiano, el de nuestros gobernantes, nuestros jueces y legisladores, nuestros ciudadanos y nuestros sujetos de derecho, nuestras autoridades, nuestros maestros, nuestros pueblos originarios, nuestros periodistas y comunicadores, nuestros empresarios y consumidores, nuestros historiadores y nuestro parlamento… es advertir que una sociedad normal habitada por seres humanos normales, con buenos y normales modales puede transformarse en un monstruo. Porque los crímenes y los genocidios fueron llevados a cabo por “padres de familia”. Porque no es una violencia, son muchas violencias las que estamos viviendo, la violencia del desempleo, de la pobreza, de las deudas mal habidas y las deudas mal pagadas. Las deudas de los buitres que se comieron a las palomas de la paz…

Alain Badiou en una entrevista afirmó: “Las democracias hoy están en guerra contra los pobres”…“Los Estados Unidos, y en última instancia todos los Estados occidentales, quieren llevar la democracia a los pueblos del mundo exactamente de la misma forma en que los conquistadores pretendían llevar ‘la verdadera religión’ a los indios. Detrás de los militares siempre hay misioneros. Después de matar, se convierte. Que la religión actual sea la ‘democracia’ no cambia las cosas”.

Conclusión: 33 años de democracia deben ser asumidos críticamente, ver sus injusticias y violencias en una sociedad democrática normal.

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