Sobre la nada.

27. mar., 2016
1. mar., 2016

Por Angelina Uzín Olleros.

Desde hace tiempo, algunos creen que desde la crisis del 2001, se ha instalado en el lenguaje vulgar la muletilla “Nada” o en su defecto “Y… nada”. Es muy usual responder a una pregunta diciendo al comienzo de la respuesta: “nada”. O en un comentario general, durante la oración: “bueno… y… nada…” Hay quienes atribuyen a este decir “nada” a cada instante al vacío y la incertidumbre de esos tiempos de cataclismo social, económico y político. Sin embargo ha quedado bastante instalado el concepto o la palabra “nada” en el presente.

¿Qué significa la nada para nosotros en este momento? Seguramente no significa nada, al menos que podamos pensar la nada filosóficamente, existencialmente. ¿La nada equivale al no ser, la nada no es?, o es algo desde el momento que decimos nada, pensamos nada; esa nada está inquietandonuestros lenguajes y nuestros sentimientos. La nada está entre el ser y el no ser, eso significa que estamos siendo y no siendo al mismo tiempo. Preguntarnos por la nada (no ser) es también abrir la interrogación por el ser (estar siendo), que no se opone a ella sino que se relaciona con ella.

La “nada” que decimos en las respuestas y en las oraciones, es seguramente producto de las crisis sociales, pero es también heredera de la tradición instalada en los años 90 del “horizonte sin certezas”. Esa incertidumbre que anidaba en la cultura era una “nada” relacionada con el “no saber”, con la ignorancia, con un horizonte incierto, y lo más grave: con la ausencia de verdad, de verdades. La nada es “anonadamiento” tanto en términos de no ser como de no saber.

Preguntar por la nada, entonces, es preguntarse por el ser y el no ser, por el saber y el no saber. Para el filósofo alemán Martín Heidegger Hay que ponerse en condiciones de formular la pregunta. La pregunta: ¿Por qué hay ser y no más bien la nada?  Esa pregunta nos reserva un recorrido que abarca muchos aspectos. Uno de ellos es preguntar cómo llega el hombre a plantearse la pregunta, pues llega por especiales “temples de ánimo”: desesperación, júbilo, aburrimiento. Aunque algunos jamás dan con la cuestión, quien llega a formularla lo hace desde el modo como “se siente”-en-el-mundo; el modo o la manera de encontrarse en el mundo. Esta pregunta por el ser no es una pregunta vacía en cuanto a que no compromete a quien la formula, en el formular la pregunta está determinado, “se juega” el destino del hombre.

Pensemos en cualquier oración que decimos en cuestiones cotidianas, simples: soy… o no soy… estoy… o no estoy… cada definición de uno de nosotros nos compromete. Y ese compromiso es con la verdad. Cuando decimos, por ejemplo, “yo no he sentido nada por alguien o por algo…”, “no me ha pasado nada con respecto a esto o aquello…” estamos negando y afirmando, negamos un sentimiento y afirmamos una posición con respecto de algo. El ciudadano, el político, el científico, el trabajador, el artista… afirma y niega todo el tiempo; el filósofo desarrolla el problema.

Desarrollar la pregunta por el ser significa poder ver a través de un ente su ser, y también significa incluir a la nada en la interrogación, incluirla –no como negación- sino por lo que la nada es: anonadamiento; la nada se nos hace patente en la angustia según la filosofía de la existencia, que no es la angustia existencialista del hombre impotente arrojado a la existencia desde la nada, como proponía Jean Paul Sartre. La ubicación temporal de la angustia es la diferencia entre el pensamiento de la Filosofía Existencial y el del Existencialismo, un tema para otro momento.

Heidegger señala el olvido del ser, la gran brecha que se abrió desde los filósofos griegos y la pérdida del significado auténtico de las palabras por las que el ser se había traducido en entes. Debe hacerse la diferencia entre el ser y el ente (ontológica), pero distinguirlos en este enfoque, no es separar; no se trata de preguntar por separado el ente del ser, desarrollar la pregunta significa “hacer ver a través de un ente su ser”.

Regresemos al lenguaje simple y llano de todos los días: ¿qué es una cosa? ¿Quién es un ente? ¿A qué región pertenece? ¿En qué conjunto se encuentra comprendido? Una cosa, un ente, un fenómeno puede ser definido por lo que es, también por lo que no es… y si lo pensamos en su devenir ¿qué era y qué dejó de ser? ¿Qué será?

Este es el sentido y la dirección del preguntar; aquí, en este punto, es donde hablamos de “fenómeno”. Para Edmund Husserl la fenomenología significa el “ir a las cosas mismas”, los fenómenos deben ser visualizados sin presuposiciones metafísicas. Pero Heidegger se remonta a la expresión griega del término “fenómeno” que significa lo que se muestra, lo patente, aquello en que algo puede hacerse visible a sí mismo.  

Nos preguntamos aquí y ahora ¿el fenómeno muestra el ser de las cosas? O es simple apariencia, imagen anonadada de lo que lo sostiene, ¿cuál es el soporte del fenómeno? ¿Alcanza, es suficiente  con percibir un fenómeno para decir qué es la realidad? Lo cierto es que a través de los diferentes lenguajes y discursos estamos sujetos a las definiciones sobre lo que ocurre, lo que pasa, lo que sucede. Opiniones, versiones, perspectivas, puntos de vista. Ser o no ser.

Las palabras aparecen y desaparecen de acuerdo a los asesores del momento. ¿Qué pasó con la palabra inseguridad? Por citar un caso, hasta hace dos meses todo el tiempo se hablaba de “inseguridad” y esa palabra muy pronto ha sido reemplazada por otras, ¿la inseguridad ya no es nada para nosotros?, pregunta que queda en suspenso.

Nos remontamos lejos, a tiempos remotos de la civilización y de la filosofía, Sócrates es sabio según el oráculo de Delfos, el hombre más sabio de Atenas; el motivo de su sabiduría se atribuye a la célebre cita textual socrática: “sólo sé que no sé nada”… Sabio es aquel que puede realizar la ruptura con el saber inmediato, que puede tomar conciencia de su estado de ignorancia. La nada socrática es la de emprender el camino hacia el saber y la verdad a sabiendas de sus dificultades y sus intrincados caminos.

La ausencia de certeza era para el filósofo griego un ejercicio ético y político con el saber. Hoy su sentido es diametralmente opuesto a lo que acontecía en el espíritu socrático: el horizonte sin certezas, el anonadamiento, ha sido utilizado por los que dejan la ignorancia para el pueblo mientras ellos portan sus verdades y sus conocimientos. El “no saber nada” es el punto de partida para el saber verdadero alejado de la mera opinión, si no se sabe nada ya se sabe algo; Sócrates era consciente tanto de la ignorancia que le rodeaba como de la suya propia, esto lo llevó a tratar de hacer pensar al pueblo y hacerle ver el conocimiento real que tenían sobre las cosas; asumiendo una postura de ignorancia, él los interrogaba para luego poner en evidencia la incongruencia de sus afirmaciones.

Sócrates no hubiese dicho en la plaza del “que se vayan todos”: “y… nada… sólo sé que no sé…” La ironía que lo caracterizaba hubiese puesto en duda, en jaque la nada que circulaba en los horizontes sin certezas de un pueblo gobernado por las certezas del FMI, el Banco Mundial y los grupos de concentración de capitales.

“Sólo sé que no sé nada” es poner a la nada en su lugar.