2016 un año aristotélico.

27. mar., 2016
12. feb., 2016

 Por Angelina Uzín Olleros (*)

En este año se conmemoran los 2400 años del nacimiento del filósofo griego Aristóteles, para celebrar este destacado acontecimiento, la UNESCO decidió acompañar la propuesta de la Comisión Nacional Helénica y declarar a 2016 como “Año de Aristóteles”. Son muchas las actividades que se han programado en torno a su figura, el Congreso sobre Aristóteles será el punto culminante de todos los eventos que se organicen en todo el mundo para la celebración del “Año de Aristóteles”, tendrá el privilegio de celebrarse en la Universidad Aristóteles en la antigua Estagira su lugar de nacimiento, y en la antigua ciudad de Mieza, donde el filósofo impartió sus enseñanzas a Alejandro Magno.

Dedicar el año a uno de los mayores exponentes de la filosofía nos augura un recorrido reflexivo inusual en el ámbito de la cultura, porque la filosofía no cuenta con un objeto de estudio específico como ocurre con las ciencias en general y con las ciencias sociales en particular, en esa intemperie trabaja un filósofo, cualquier situación o suceso puede transformarse en un problema filosófico; aquello que resulta obvio para el conocimiento vulgar y que, por su misma obviedad es considerado irrelevante, para la filosofía es un desafío, una invitación para indagar, resolver, aquello que conduce al pensamiento reflexivo a plantear una interrogación.

Aristóteles dedica una parte de su obra al problema de la felicidad, su punto de partida es la convicción que para todos los hombres, en todos los oficios y ocupaciones, lo común es perseguir un fin; en el caso especial de la ética, ese fin que se pretende alcanzar es la felicidad. El hombre bueno para Aristóteles, el hombre feliz, es un virtuoso; la virtud es posible si los seres humanos practican buenos hábitos en ese camino hacia la felicidad, Aristóteles describe en los términos de “una teoría del equilibrio”, el afán por evaluar con el auxilio del entendimiento la opción más correcta: el justo medio entre dos extremos. Esta noción de “justo medio” es traducida como “prudencia”.

Para Aristóteles la felicidad no consiste en conseguir los placeres, por el contrario, se es feliz cuando nuestro comportamiento se opone al placer (como fin último) dedicándose a la acción política y a la contemplación. El hombre feliz aristotélico es profundamente racional, prudente, reflexivo; alguien capaz de tomarse el tiempo necesario para medir las consecuencias de su acción. Antes de actuar debe pensar para decidir, para optar, para elegir lo bueno, lo correcto; sus armas son el logos (raciocinio) el êthos (conciencia moral) y el habitus (lo que se adquiere). Actuar bien, moralmente bien, éticamente bien, es hacerlo teniendo en cuenta el “bien común”, el bien de todos; esto es posible porque por naturaleza somos animales racionales, sociales y políticos.

Es nuestra naturaleza humana la que nos provee de la posibilidad de pensar y actuar conforme a esa razón; pero es en la polis (la ciudad) donde se adquieren los buenos hábitos de convivencia. Para Aristóteles sólo se alcanza la felicidad en la polis, en ese espacio “entre” los ciudadanos, esa comunidad o koinônia de amigos. Los amigos (ciudadanos libres) se encuentran en un plano de igualdad, hablan la misma lengua, los dirige un logos común.

Como su maestro Platón, él concibe al lenguaje como aquello que posibilita desviar la violencia, neutralizar las agresiones. En el discurso se genera la convivencia pacífica, la armonía; es el lenguaje lo que hace posible la política y evita la guerra. Para alcanzar la felicidad hay que practicar hábitos buenos, justos, equitativos; esos hábitos están sostenidos por actos voluntarios. Los hombres desean voluntariamente el bien común y por ende, persiguen la felicidad a sabiendas que ésta sólo se logra con esfuerzo, con el ánimo templado, con valor (valentía). En ese camino hacia la virtud, los seres humanos se dirigen hacia la felicidad.

Nadie en su “sano juicio” puede actuar mal, ni prefiere la injusticia, el descontrol, la violencia, por eso afirma que: “Los daños que nosotros podemos causar en la vida de sociedad son de tres clases; los que van acompañados de ignorancia son faltas involuntarias... Cuando el daño se causa de una manera imprevista, se habla de descuido; cuando se ha causado, no de manera imprevista, pero sí sin intención de dañar, hay falta, pues hay falta cuando el principio de nuestra ignorancia reside en nosotros, y descuido, cuando está fuera de nosotros este principio. Cuando obramos con pleno conocimiento de causa, pero sin reflexión previa, cometemos una injusticia... Hacer daño a alguien con propósito deliberado es cometer una injusticia...”  Es así que la ética y la política van juntas, ya que cada acción es como una piedra arrojada al agua, las ondas expansivas son los alcances de ese movimiento.

El hombre virtuoso debe actuar entre el exceso y la falta, encontrando el justo medio; debe evitar los extremos para optar entre el vicio y la virtud, el vicio se encuentra en cualquiera de los extremos, la virtud en el justo medio. Al dedicar su pensamiento filosófico en lo concerniente a la ética a su hijo Nicómaco, Aristóteles entrega a la generación siguiente una idea de felicidad ligada al cuidado de sí y al cuidado del otro; dejando un legado, pero también un mandato. Sólo es feliz el hombre que actúa con cautela y con prudencia, el que puede tomar el tiempo necesario para “saber hacer”, para obrar en consonancia con su naturaleza racional y evitar los desbordes del deseo, de la búsqueda de los placeres.

Releer a Aristóteles significa reflexionar sobre el significado de la felicidad, de la virtud, de la justicia en el tiempo actual. Traer su obra al presente nos desafía a definir ese “justo medio” entre dos extremos en lo que acontece hoy con relación a la convivencia, la sujeción a las leyes y la temporalidad que nos exige el deber de detenernos a pensar antes de actuar.

El hombre justo es aquel que piensa que su acción individual tiene profundas repercusiones en orden al bien común, éste como tantos otros aportes de Aristóteles es el legado que debemos repensar y adoptar en nuestro presente.

(*) Coordinadora de la Carrera de Filosofía. Universidad Autónoma de Entre Ríos.