5. dic., 2014

A 66 años de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Por Angelina Uzín Olleros (*). Publicado en El Diario 1/12/2014. Cultura Mundi.

Los pensadores antiguos decían que entre el espíritu y el cuerpo la mente crea el abismo, el amor el puente y el corazón lo cruza. Los derechos humanos “pensados” desde la teoría del derecho natural, defienden la existencia de un sujeto universal, que por ser universal está planteado en términos abstractos. Desde esa abstracción el sujeto de “carne y hueso” es quien debe cruzar el puente entre la teoría y las condiciones materiales que afectan sus sentidos, sus sentimientos, sus pasiones.

Pluralidad. Planteados desde la positividad, esto es en el derecho escrito (de ahí positivo) la validez incondicional de los derechos humanos y su plena vigencia, presuponen el estado de derecho a la vez que requieren la formulación e institucionalización de una política fundada en los derechos del hombre y del ciudadano de acuerdo con las exigencias de una sociedad plural y democrática.

Siguiendo esta línea de pensamiento, en el primer fragmento del ensayo de Hannah Arendt, ¿Qué es la política?, ella comienza con esta frase: “La política se basa en el hecho de la pluralidad de los hombres… los hombres son un producto humano, terrenal, el producto de la naturaleza humana” 

Su maestro Karl Jaspers, en su ensayo sobre La filosofía, desde el punto de vista de la existencia, publicado en 1949, un año después de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, afirma que: “Si nuestra vida no ha de perderse en la disipación tiene que entrar en algún orden” (…) “Entonces estamos como albergados en una conciencia del mundo y de nosotros mismos, tenemos nuestros cimientos en la historia a la que pertenecemos y en la propia vida mediante el recuerdo y la lealtad”. Esto hace que uno se interrogue qué es lo que cada uno persigue, por qué, para qué, junto con quién piensa hacerlo.

En este programa moderno, heredero de la Ilustración, el sujeto de derecho es al mismo tiempo un sujeto que vive en el mundo, que enseña y aprende en esa experiencia. En consonancia con esto, la política en derechos humanos debe estar acompañada por  una política educativa que adquiere particular relevancia en orden a la construcción de un sujeto que se emancipa desde la educación en una sociedad libre y justa.

El punto de partida es el derecho fundamental a una vida digna, en la que esa dignidad se pone en juego en condiciones históricas, sociales y culturales; a los clásicos derechos a la salud, la educación, la vivienda, el trabajo, se suman en la actualidad nuevos reclamos y necesidades, circunstancias generadas por los problemas ambientales y también por políticas discriminatorias hacia los inmigrantes, esto hace que se generen nuevos espacios de reflexión y la necesidad de políticas en derechos humanos que atiendan a estas situaciones.   

Por su parte, los condicionamientos económicos limitan ostensiblemente a estas políticas democráticas, ya que la concentración de capital y la injusta distribución de la riqueza, hacen imposible que esos derechos se cumplan de manera igualitaria. Aparecen nuevos problemas y resulta complejo lograr una mirada totalizadora de los mismos.

Digamos también que para Arendt el proceso de sustanciación de los derechos humanos -en tanto invención para la convivencia colectiva- exige un espacio público, advirtiendo, kantianamente, la necesidad de dar curso a una dimensión trascendental que inaugura y asienta los pilares, al tiempo que traza los límites de la interacción política. Ahora bien, ¿quiénes son los que pueden acceder a ese espacio?

Podemos manifestar que solamente se tiene acceso por vía del ejercicio pleno de la ciudadanía, en tanto convengamos que el primer derecho humano -tal cual lo defendiera Arendt - del que derivan los demás, es el derecho a tener derechos y éstos, que sepamos, únicamente pueden exigirse a través del ingreso irrestricto al orden jurídico que, por excelencia, la condición humana brinda.

Cosmopolitismo. El sujeto del que habla el discurso de los derechos humanos es un ciudadano del mundo. Martha Nussbaum argumenta que pensar como ciudadano del mundo es una forma de apartarse del patriotismo cómodo para considerar nuestros estilos de vida desde el punto de vista de la justicia, para ello debemos reconocer a la humanidad donde se encuentre y concederle a su totalidad la razón y la capacidad moral expresándole nuestra lealtad y respeto.

Nussbaum recalca el valor de la postura del cosmopolita porque reconoce en las personas aquello que les es fundamental: sus aspiraciones a la justicia y su capacidad de razonamiento. Sin embargo para ser ciudadano del mundo no es necesario renunciar a las identificaciones locales siempre que promuevan  pensar en nosotros mismos como seres pertenecientes a la especie humana, es así como se hace de la ciudadanía mundial el núcleo de la educación cívica y moral.

Esta concepción cosmopolita entra en tensión con una postura contraria denominada “Patriotismo”; el término patriotismo en general se traduce como el sentimiento que tiene un ser humano por la tierra natal o adoptiva a la que se siente ligado por unos determinados valores, cultura, historia y tradiciones.  El patriotismo no necesita de una forma de gobierno para manifestarse, razón por la cual el sentimiento patrio se hace presente previamente a la existencia de ordenamientos o regímenes jurídicos, políticos, económicos y administrativos de un territorio y perdura si éstos llegasen a desaparecer.

Esta permanencia en el tiempo e independencia de cualquier forma de poder, hacen del patriotismo un valor superior para los habitantes de un territorio, al cual recurren cuando existen crisis internas de ingobernabilidad o de ocupación territorial por parte de otra nación; ejercer y preservar la soberanía y unidad territorial, honrar a los héroes y próceres, son considerados universalmente como valores patrios.

Un ciudadano del mundo es alguien que desea trascender la división geopolítica que es inherente a las ciudadanías de los diferentes países soberanos o estados nacionales, al negarse a aceptar la identidad patriótica dictada por los gobiernos locales, los cosmopolitas afirman su independencia como ciudadanos del cosmos. Los primeros en identificarse a sí mismos como ciudadanos del mundo fueron los filósofos estoicos quienes acuñaron el término de “cosmópolis” o ciudad universal de la que se deriva la palabra cosmopolita.  Hay quienes utilizan en la actualidad el término “cosmopolitismo” de manera indistinta con el de “globalización” o “mundialización”, pero mientras el primero tiene una raíz política el segundo se acuña en la economía y en el concepto de “aldea global”.

Otra filósofa, Adela Cortina reflexiona sobre este punto afirmando que la pregunta ‘¿hacia dónde debería encaminarse la globalización?’ está más que respondida,  incluso en los manuales escolares y la respuesta, dos siglos tras la muerte de Kant, puede resumirse en  una frase: hacia el ideal de una ciudadanía cosmopolita, hacia un mundo en que todas las personas se sepan y sientan tratadas como ciudadanas. Para llegar a ese ideal, es preciso reformar las instituciones internacionales, crear otras nuevas y asegurar comunidades transnacionales que se unan mediante  acuerdos. Pero ante todo es indispensable educar en el cosmopolitismo.

Para Kant la  educación es el problema mayor y más difícil al que los hombres se enfrentan. Es el mayor porque “sólo  por la educación el hombre puede llegar a ser hombre. No es sino lo que la educación le hace ser”. Es  el más difícil porque importa averiguar si hemos de educar a los jóvenes de acuerdo con la situación  presente, o de acuerdo con un futuro mejor, ya en germen, pero todavía no realizado. Ese futuro sería  el de una ciudadanía cosmopolita, presente en el corazón de todo hombre, que es necesario cultivar. 

¿Cuáles son los ejes de esa propuesta educativa, que deberían articular las reformas, los libros de  texto, los proyectos docentes y las innumerables reuniones en los centros escolares? Tres serían fundamentales: el “conocimiento, la transmisión de habilidades y conocimientos para perseguir metas; la “prudencia” necesaria para llevar adelante una vida de calidad, si no una vida  feliz; y la “sabiduría moral”, en el pleno sentido de la palabra, que cuenta con dos cuestiones esenciales, justicia y solidaridad. Si la humanidad es, entonces, una conquista espiritual, la educación resulta indispensable como proyecto emancipador y como instancia crítica a la cultura heredada.

Actualización. Nuevas situaciones relativas a la esfera del trabajo, a la cuestión de género, a las instituciones, a la salud (incluida la salud ambiental), a los desafíos de corte generacional, a la violencia real y simbólica de los nuevos escenarios socio-culturales, por citar sólo algunas; nos llevan a plantear la necesidad de re-escribir los contenidos, los propósitos y las acciones a partir de los espacios curriculares de las cátedras incluyendo la cuestión de los derechos, éstos comprenden tanto a las áreas de ciencias naturales como a las de ciencias sociales.

Las propuestas neoliberales han sostenido la defensa de los derechos adquiridos por un grupo privilegiado, es la política de la seguridad, ya que aquellos que gozan de derechos económicos, civiles y políticos sólo pretenden ser protegidos por el Estado. Pero ¿qué ocurre con aquellos que no gozan de los derechos básicos, fundamentales, para llevar una vida digna? Una política de acceso a los derechos es en gran medida lo que denominamos una política social, ya que no es el individuo que pide ser protegido en los derechos conseguidos, sino el grupo social que clama por justicia. En cuanto a la permanencia, los datos nos muestran cómo en el mundo actual ha crecido el margen de los marginados que han perdido los derechos que alguna vez tuvieron o que nunca alcanzaron, y cómo esos sujetos marginales no pueden acceder en la actualidad a un derecho que ya no se tiene o se desearía tener.

Para concluir, a 66 años de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, podemos decir que así como no hay revolución sin alfabetización, no puede darse una toma de conciencia de los derechos fundamentales y su posterior acción ciudadana, sin un programa educativo que incluya y aborde la problemática de los derechos humanos y la defensa de las políticas y programas que hacen posible una sociedad más justa e igualitaria en acto, evitando el abismo entre la teoría y la práctica.

(*) Doctora en Ciencias Sociales UNER. Master en Filosofía Contemporánea Universidad de Paris 8.