La democracia desvanecida.

16. dic., 2014

Publicado 14/12/2014. Cultura Mundi. El Diario.

Por Angelina Uzín Olleros.

En Los fragmentos póstumos (1887), Friedrich Nietzsche define al “nihilismo” como aquello que significa el desvanecimiento de los supremos valores y representa un estado intermediario “patológico”, en tanto que concluye en una ausencia total de sentido. Otro aporte es el que hace Marshall Berman en su libro Todo lo sólido se desvanece en el aire (1982) retomando la frase de Karl Marx en la que hace referencia a las transformaciones continuas de la economía capitalista de la sociedad moderna en general, en la que parece que nada pueda consolidarse y permanecer. 
Siguiendo estas reflexiones, la democracia, propia del mundo moderno, se desvanece en sus continuas transformaciones y multiplicidades; considerando las últimas décadas del siglo XX como ejemplo de la sustitución de lo político por lo económico. 
Estos dos puntos señalados nos conducen a plantear la pérdida de sentido, la crisis axiológica y la disolución de los soportes que hacen a la democracia en –por lo menos– tres de sus características constitutivas: representación, pluralismo y participación. Esta última ligada al debate actual acerca de la necesidad o imposibilidad de llegar a un consenso. Hacemos referencia, entonces, a la democracia como manifestación de un derrotero histórico por llegar a una forma de organización política de lo social, en el que se juegan las pretensiones de igualdad y libertad en diferentes momentos y situaciones. 
DEMOCRACIA. El término democracia pertenece en líneas generales al vocabulario ideológico, pero también cuenta con un contenido analítico atestiguado por el lugar que ocupa en el vocabulario filosófico, político y sociológico. 
No tiene el mismo sentido la democracia en Atenas del siglo V (antes de Cristo) que en las democracias occidentales contemporáneas. En el régimen ateniense se definía por el carácter directo del gobierno popular; era la Asamblea de los Ciudadanos, cuyo número nunca sobrepasó las 20.000 personas, la que decidía directamente, por pluralidad de sufragios, acerca de los asuntos políticos. Dicha ciudadanía estaba limitada a los hombres libres, excluyéndose a mujeres, esclavos y metecos; la de Atenas era una democracia directa y soberana por una minoría de la población. 
Nuestras democracias son representativas y pluralistas. Se consideran más apropiadas para que los gobernados puedan disponer de mecanismos de control sobre sus gobernantes, que para establecer el reinado de una hipotética voluntad general. Benjamin Constant diferencia la democracia directa de la democracia representativa, descalificando el absolutismo que entreveía en la concepción de la democracia radical de Rousseau, con sus reminiscencias romanas o espartanas; Constant hace valer contra ella una concepción práctica, razonable, conocida como “democracia liberal”, que toma como referencia los modelos inglés y norteamericano. 
Desde el punto de vista de la jerarquía de los valores, las democracias son llevadas a arbitrar entre los tres términos de la divisa francesa: Libertad, Igualdad, Fraternidad. La democracia liberal da prioridad a la libertad, interpretada como independencia respecto de la autoridad y su no interferencia en la esfera de los intereses privados. La igualdad, entendida como ausencia de privilegios, es valorada como condición favorable para la realización de la independencia y de la autonomía personal. La fraternidad como existencia de una comunidad políticamente solidaria, se valoriza en la medida que es resultante del respeto y de la consideración que se dispensan los individuos iguales y libres. 
Según la jerarquía de valores característicos de la democracia radical, la prioridad corresponde a la igualdad; se sospecha de la libertad debido a sus orígenes aristocráticos. A la fraternidad, en vez de asimilación a la cooperación y al contrato, se la acepta como sinónimo de “civismo”. Para expresarlo al estilo de Montesquieu, podría decirse que el resorte de la democracia liberal es la moderación, mientras que en la democracia radical, lo es la virtud, que asegura el predominio de las obligaciones colectivas sobre todo interés privado y particular. 
Las sociedades democráticas dependen, a la vez, de tradiciones nacionales más o menos intensamente individualizadas en que las inspiraciones religiosas revisten particular importancia. Cada tradición nacional es de por sí compleja y combina, de manera más o menos afortunada, la orientación liberal y la orientación radical. 
Si buscamos aquello que tienen en común las diferentes instituciones democráticas, lo que constituye un espíritu común, encontraremos una afirmación individualista y de desconfianza hacia los gobernantes. El conjunto de ciudadanos juzgan, cada uno según su saber y conciencia, sobre aquello que es conveniente para la República; de esto resulta que los gobernantes sólo deben ser empleados o delegados de ese soberano colectivo. 
Esta ideología del control entre gobernantes y gobernados se encarna en instituciones muy diferentes, no todas ellas políticas. Así, los funcionarios electos o nombrados, son los responsables de los excesos o de los abusos de poder, lo que podría resultar en culpabilidad ante los jueces. El control de los gobernantes se ejerce a través de la elección, que les concede una investidura de tiempo limitado. El modelo radical se hace efectivo cuando los gobernantes se encuentran sometidos a un mandato imperativo y cuando pueden ser destituidos, sin previo aviso, por una asamblea general. 
ELECCIÓN. La elección es el mecanismo decisivo que hace a la investidura de los “políticos de profesión”, esa elección está teñida de la idea de representación y plantea una serie de problemas teóricos e ideológicos. La elección consiste en consultar a un grupo de personas con derecho a votar el cuerpo político, asignando peso igual o desigual a sus votos. Este procedimiento genera al menos tres clases de dificultades: la competencia de los electores; la moralidad para distinguir entre su interés privado y el bien común y el peso de las preferencias privadas con relación a una preferencia colectiva. 
Algunos autores son pesimistas en cuanto a la decisión mayoritaria y la capacidad de funcionamiento de las instituciones que se basan en estos principios de elección y representación. 
El término democracia no se aplica solamente a las instituciones gubernamentales; se aplica también a toda sociedad en la que el modo de designación de los dirigentes y el ejercicio del poder estén sometidos a ciertas condiciones respecto de la definición de los objetivos colectivos y de la participación del grupo en su realización. 
Hay quienes hacen hincapié en la perspectiva que considera democrática a toda sociedad en la cual los fines colectivos son objeto de un consenso al menos implícito, y el status social es atribuido según criterios funcionales y no solamente por reglas jerárquicas. Aunque los profesores no sean nombrados por sus alumnos, ni los médicos por sus enfermos, se puede hablar de una escuela o de un hospital democráticos, si la disciplina clásica de obedecer sin comprender, es reemplazada por discusiones mediante las cuales, en la medida de lo posible, las obligaciones colectivas son negociadas y legítimas. 
Los autores se dividen al optar por una definición consensual de la democracia o una que sostiene la necesidad del pluralismo. Chantal Mouffe propone una dinámica específica entre consenso y disenso. Dice a propósito de esto que: “La política, en especial la política democrática, no puede nunca superar el conflicto y la división. Su objetivo es establecer la unidad en un contexto de conflicto y diversidad; está ocupada en la formación de un 'nosotros' en oposición a un 'ellos'. Lo específico de la democracia política no es la superación de la oposición ellos/nosotros sino la manera diferente en que es manejada. Éste es el motivo por el cual comprender la naturaleza de la política democrática requiere adecuarse a la dimensión del antagonismo presente en las relaciones sociales” (En Desconstrucción y pragmatismo. Barcelona. Paidós. 1998) 
Por su parte Norberto Bobbio define el régimen democrático “(...) como un conjunto de reglas de procedimiento para la formación de decisiones colectivas, en las cuales está prevista y facilitada la participación más amplia posible de los interesados” (En Diccionario de política. México. Siglo XXI. 1995) La idea de Bobbio es que la democracia está en constante transformación, es dinámica por naturaleza. En su historia nunca ha llegado a la perfección y en el momento actual tampoco goza de óptima salud pero no puede decirse que esté al borde del colapso. 
Lo que diagnostica Bobbio son los contrastes entre la “democracia ideal” que concibieron sus fundadores y “la realidad de las democracias existentes”. Esta diferencia entre la democracia ideal y la real puede analizarse bajo la consigna de promesas incumplidas que incluye: la supervivencia de oligarquías y del poder invisible; el problema de la representación de intereses; el espacio limitado en que funciona; la persistencia de espacios no democratizados. Estos diagnósticos, en parte son graves y en parte son transformaciones debidas a la adaptación de los principios abstractos a una realidad concreta y a las exigencias de la práctica en sociedades mucho más complejas que las que habían imaginado los fundadores de la democracia. Bobbio concluye diciendo que gracias a su naturaleza dinámica y perfectible, la democracia ni está tan mal, ni tiene mejor alternativa. 
Retomando la perspectiva de Nietzsche, sostenemos que el filósofo alemán llevó la crítica kantiana a su máxima expresión: el nihilismo, todo valor que se precie de ser bueno en forma absoluta caerá bajo el peso de las circunstancias. En todo caso la democracia, la representación, la búsqueda de consenso, la participación, serán la manifestación de expresiones humanas y finitas, en la infinitud de situaciones que se nos aparecen a diario.