1. may., 2015

Genealogía de la enfermedad.

Por Angelina Uzín Olleros. Publicado en El Diario. 30/4/2015.

Imagen de un cuadro de Emma Cano.

La enfermedad ha sido vinculada al sufrimiento, al desorden, al desequilibrio, a la muerte; cada época habla a través de sus enfermedades, de sus malestares y de sus padecimientos, la enfermedad tiene una historia y esa historia transcurre en una red de creencias, saberes y poderes que intentan comprenderla y superarla. ¿Es la enfermedad un signo de la época o es la época la que inventa sus propias enfermedades? Del registro religioso al registro científico, la enfermedad ha sido objeto de preocupación y de posibilidad de redención; magos, brujos, chamanes, desafiaron su poder. Ante los ojos atentos de la medicina moderna se trataba de un poder sin un saber, “eficacia simbólica” que apuesta a la sugestión y a la fe.

La ciencia delimitará los dispositivos que unen el saber y el poder sobre la enfermedad, demarcarán la frontera entre lo sano y lo enfermo, entre lo vivo y lo muerto. En su exaltación positivista: la creencia, la ignorancia, la palabra, quedarán cercadas por los muros de lo instituido, por los expertos, las disciplinas, la mirada vigilante sobre el cuerpo; cuerpo del individuo primero, cuerpo social después. El surgimiento de la medicina liberal sometida a mecanismos de iniciativa privada y a las leyes del mercado surgirá en el siglo XVIII, en ese tramo de la historia se da un proceso que tiene dos caras: la de las clientelas privadas acompañadas de la necesidad del examen y el diagnóstico, junto a las fundaciones de caridad destinadas a los “enfermos pobres”.

Los “Socorros” se hacen cargo de la serie enfermedad/servicios médicos/terapéutica. Conviven, entonces, una medicina privada junto a otra socializada, esta nosopolítica se despliega en una medicina social y se convierte en una disciplina reflexiva.
La nosopolítica se caracteriza por la emergencia en múltiples lugares del cuerpo social: la familia como agente constante de medicalización, la higiene y el funcionamiento de la medicina como instancia de control social; la salud y la enfermedad se consideran en tanto problemas que exigen de un modo o de otro una gestión colectiva, los orígenes y las direcciones son múltiples; la salud de todos como urgencia de todos, el estado de salud de la población como objetivo en general.

En síntesis, la nosopolítica privilegia la infancia, la medicalización de la familia, y una nueva forma de “conyugalidad”. La relación poder/saber se expresa en un “desequilibrio práctico” que marca dos grandes momentos: en la sociedad feudal el soberano puede hacer morir y dejar vivir, el sujeto no es un sujeto pleno de derecho ni vivo ni muerto. En la sociedad burguesa se invierte la relación que se da entre los agentes del estado y la población: hacer vivir y dejar morir, el sujeto es sujeto de pleno derecho estando vivo. Podemos seguir esta línea de asimetrías durante los siglos XVII al XVIII en esta secuencia: se pasa de hacer morir o hacer vivir, a dejar morir o dejar vivir, a hacer morir o dejar vivir.

De la tecnología disciplinaria en el siglo XVII del trabajo pensado para el individuo, emerge en el siglo XVIII una tecnología no disciplinaria del poder orientada a la masificación. En ese trayecto del hombre/cuerpo al hombre/especie, la economía le provee el saber acerca de la población, concepto clave para posibilitar la biopolítica; se procede al desmantelamiento de las fundaciones, los socorros a partir de los análisis de los economistas y de la cuadriculación de la población. Los problemas de la natalidad, la mortalidad y la longevidad hacen las cartografías necesarias para controlar la vida a través de la higiene pública, las campañas de prevención, la investigación sobre nuevos padecimientos y posibilidades de contagios. En el siglo XIX el poder se hizo cargo de la vida a través de la estatalización de lo biológico.

El concepto de población estará dirigido al número, repartición espacial y cronológica, longevidad y salud. La muerte, que en diferentes culturas necesitaba de rituales de despedida, es un objeto tabú en el siglo XX. Dejar morir, sin ritual alguno, relegando la muerte al ámbito más privado, hace de la vida un espectáculo público, “transparente”, que debe ser sostenido y prolongado a costa de todo y de todos. De las dos medicinas, una para los normales y otra para los anormales, emerge una “analítica utilitaria de la pobreza” que se ocupará de definir y caracterizar a los miserables, los pobres, los huérfanos, los enfermos, dentro del ámbito del desorden; esta operación necesitará de políticas de mantenimiento del orden y la organización de la pobreza a través de los médicos y los policías.

La policía tendrá tres direcciones: reglamentación económica, medidas de orden y reglas generales de higiene. Los saberes y los poderes se expresarán en una sociedad de disciplinamiento y control, las políticas de encierro se orientarán no sólo a los anormales sino también a los normales, dentro o fuera del espacio del “contrato social”, la paradoja del panóptico vigila tanto a los excluidos del sistema como a los que se mantienen incluidos en él. La dupla seguridad/inseguridad reemplazará la de normal/anormal. Seguridad para los que consumen y pagan impuestos, inseguridad en manos de los que están en la marginalidad, en los bordes.

La víctima será la gran protagonista de fines de siglo XX, ya que el sujeto de derecho se reconocerá a partir de esta figura de victimización que instala esa lógica de la inseguridad a la que el estado debe proveer nuevas figuras médicas, legales y policiales, la víctima está ahí, indefensa, heterónoma, en un espacio visible de la protesta e invisible de la posibilidad de transformar su ámbito social e institucional. La víctima está siempre en relación con su verdugo, nueva forma de alienación, de falsa conciencia, se produce el pasaje de la lógica oprimido/opresor a la lógica víctima/verdugo.

Suely Rolnik afirma que: “Subyace en las dos figuras, la de la víctima y la del verdugo, la creencia en la subjetividad/lujo y en la subjetividad/basura, en la jerarquía que marca su relación y, por tanto, en el valor superior de la subjetividad/lujo, referencia ideal para ambas. En la víctima, la subjetividad/lujo moviliza admiración, identificación y envidia, aquello que el psicoanálisis califica como ‘identificación con el agresor’. Por debajo tanto de su reivindicación rencorosa como del ataque vengativo, hay en realidad una demanda dirigida a la subjetividad/lujo tomada como modelo: demanda de valoración social, de reconocimiento, de pertenencia, o sea, una demanda de amor dirigida al agresor”.

Esta necesidad de identificar el mal en el agresor, en la amenaza de otro que está fuera de los límites de la moral de la época, o de la civilización, necesitará siempre echar mano al fenómeno de judicialización de los conflictos y medicalización de los padecimientos. En un nuevo orden y a través de nuevas imágenes de despolitización, sólo queda el lamento de la víctima y la necesidad de presentarse como tal en el escenario de lo público.

La enfermedad, su aparición, su amenaza, se renueva en todas las acechanzas del medio social y el medio cultural. Ante la sospecha de estar siendo víctimas de enfermedades creadas en laboratorios, o de campañas de vacunación diseñadas por los monopolios, la amenaza de este neoterrorismo quiere decirnos de los peligros que nos acechan desde la delgada capa de ozono que deja de protegernos, hasta la influenza bajo el nombre de gripe A, que cierra aeropuertos y fronteras ante el temor al contagio. En un momento fue la tuberculosis, en otro el sida, la gripe… una extensa cadena de temores y amenazas que nos mantienen en el lugar de la víctima en potencia o en acto.

Ante esta genealogía de la enfermedad, y por lo tanto del cuerpo que se marca como enfermo, nuestra propuesta es la de definir el saber como un poder político que debe movernos a transformar el estado actual de las relaciones humanas; para recomponer el lazo social en el caso del cuerpo social, y del enfermo como sujeto de derecho en el caso del cuerpo individual. Apelando como propone Cornelius Castoriadis a la “creación de nuevas formas de determinación”, ya que lo indeterminado como libertad absoluta es imposible de alcanzar.

Bibliografía:

Castoriadis, Cornelius. El avance de la insignificancia. EUDEBA. Buenos Aires.1997.

Foucault, Michel. Los Anormales. Fondo de Cultura Económica. México. 2000.

Rolnik, Suely & Guattari, Félix. Micropolítica. Cartografías del deseo. Tinta Limón ediciones. Buenos Aires, 2013.