12. feb., 2015

Je suis, je ne suis pas, that is the question.

Por Angelina Uzín Olleros.

Especial para El Diario.

Publicado 12/2/2015.

A partir del atentado a la revista francesa Charlie Hebdo el pasado 7 de enero, las manifestaciones por las calles de París mostraban carteles con la frase “Je suis Charlie”. Esa leyenda se multiplicó a través de las redes y en otros países en diferentes embajadas francesas, en una muestra clara de rechazo a los crímenes, al mismo tiempo de la proclama en defensa de libertad de expresión.

Como resultado de ese acto, ante la muerte de 12 personas, el semanario satírico redobló su apuesta y publicó un próximo número  que vendió 7 millones de copias en seis idiomas, en contraste con su impresión francesa de sólo 60.000. A la presencia multitudinaria en las marchas y manifestaciones se pudieron ver largas colas para adquirir el ejemplar posterior al atentado. Conforme al paso de los días cuando los análisis se fueron multiplicando por parte de escritores, politólogos, analistas del panorama internacional, filósofos… aparece la proclama opuesta “Je ne suis pas Charlie”, advirtiendo un brote del fenómeno denominado “islamofobia”; se profundiza el rechazo al Islam y por ende a los musulmanes.

Aunque ésta no ha sido la única razón para decir “yo no soy Charlie (Hebdo)” lo que pretendemos es remarcar esta práctica de identificación a partir de una consigna “soy” o “no soy” que muestra un juego de identidades y contra-identidades renovadas a comienzos del siglo XXI; y que denota además una profunda complejidad en este dilema de ser o no ser, he aquí la cuestión.

A pocos días de este suceso, en nuestro país a propósito de la muerte del fiscal Alberto Nisman el 18 de enero, también aparece en las manifestaciones posteriores a su fallecimiento la consigna “Yo soy Nisman” o en plural “Todos somos Nisman” y su contracara “Yo no soy Nisman”. ¿Con quién o con qué se identifican estos portadores de la consigna?: ¿con la denuncia del fiscal?, ¿con su labor en la investigación sobre la causa AMIA?, ¿con la oposición al Poder Ejecutivo? O con la defensa del gobierno en el cartel del “no soy”.

En ambos casos, en la multiplicidad de variables, de intereses, de temores, existe un punto común: la identificación con las víctimas, la solidaridad con las víctimas, y el rechazo a los posibles (reales o imaginarios) victimarios.

El dilema de Hamlet, célebre personaje de Shakespeare, que se debate en una lucha interna de ser o no ser, es el drama del sujeto dividido -característico de los comienzos de la modernidad-, a diferencia de la ciudad dividida de la que habla el escudo de Aquiles de la Grecia Antigua que muestra en una parte la polis pacífica y en la otra parte la ciudad guerrera.

¿Cuál de estos dilemas experimentamos en la actualidad?, divididos internamente en nuestra posible identidad o divididos externamente en un mundo globalizado, aparentemente uno pero escandalosamente múltiple. Las ciudades antiguas divididas, los sujetos modernos divididos. Hoy conviven ambas divisiones dilemáticas.

Hace más o menos 10 años en Argentina se habla de un país dividido, de una cultura bipolar, de una sociedad que se debate en un permanente e irresoluble conflicto. En honor a la verdad todos los grupos humanos han estado en medio de conflictos identitarios, de luchas, combates por ideas e ideales desencontrados. En la balanza de las actuales democracias muchos pretenden que el platillo del consenso sea más pesado que el del disenso. Sin embargo el verdadero espíritu democrático anida en el desacuerdo. El problema aquí es cómo “tramitar” esas diferencias, que son diferencias en las identificaciones y en consecuencia en las identidades. No todos estamos “cortados por la misma tijera”, las siluetas de lo que somos son efectivamente recortes, pero que han sido definidos por diferentes historias familiares, institucionales, culturales.

A esto se suma la dificultad de la ignorancia sobre muchos temas y problemas; predomina la opinión sin fundamento, la efímera solidaridad con las víctimas es el resultado de la fragilidad de los argumentos. Muchos de los que llevaron el cartel de Je suis Charlie no sabían nada o muy poco de éste semanario francés, de su historia, de su ideología. Como también en el caso argentino, pocos conocían los pormenores de la denuncia del Fiscal Nisman, el estado actual de la causa Amia, de los “entretelones” de la escena trágica que se avecinó a partir de su muerte.

Sin embargo, nada hay nuevo bajo el sol, en la década de los años ’90 en nuestro país se multiplicaron las consignas: “Todos somos Cabezas” cuando el periodista apareció asesinado en una cava en aquellas vacaciones en Pinamar cuando investigaba a Yabrán. Años más tarde “Todos somos Fuentealba” cuando el maestro era asesinado en una manifestación en el sur.

Cada una de estas muertes tenía una historia, eran parte de una trama política y social que completaba un mosaico de imágenes que se sucedían en crímenes, suicidios, desapariciones, como la de Julio López; también hubo un cartel “Todos somos Julio López” con su imagen en contraste de blanco y negro.

“No se olviden de Cabezas”, “¿Dónde está Julio López?”. “¿Quién mató a Mariano Ferreyra?”. La lucha por ganar la denuncia y ser el portavoz legítimo de la víctima, es el drama que se desata detrás, por debajo del propósito del denunciante.

Jaime Barylko escribió un libro en el ocaso del “menemato” bajo el título Ética para argentinos. Hizo referencia a estas cuestiones en las que los ciudadanos se identificaban rápidamente con las víctimas y con esa misma rapidez se olvidaban. Esa ausencia de solidaridad y de la posibilidad de construcción de un lazo social, hacía de estas consignas una especie de slogan que respondía en el momento a la necesidad de una queja que, en el fondo, estaba vacía de contenido moral.

Ese vacío moral hace también al vaciamiento simbólico de las identidades, ¿quién soy? ¿Quiénes somos? Son preguntas que requieren de respuestas que no se desvanezcan en el aire. La construcción de una identidad nos conduce tarde o temprano a la construcción de una contra-identidad. Ser o no ser sigue siendo la cuestión nodal de nuestras existencias. El centro de todo conflicto está allí, en esa lucha; cuando ese conflicto de identidades deja de ocultarse y se muestra, las divisiones se acentúan.

Toda división es producto de la separación, tan inevitable una como la otra. Lo patológico de estos fenómenos es otra cuestión. Una cosa es la contradicción, la contrariedad, la controversia (que algunos denominan “grieta”); otra bastante diferente es la bipolaridad y la esquizofrenia. Una sociedad dividida no es una sociedad enferma, aunque el fantasma del organicismo aparezca una y otra vez para señalarlo.