Zoon Politikón

5. sep., 2015
4. sep., 2015

Angelina Uzín Olleros

 

Raro como encendido.[i]

 

Las semanas previas a las elecciones de octubre traen consigo raros fenómenos en el clima político y social, estas inclemencias en los dispositivos organizados bajo las denominaciones de “oficialismo” o de “oposición” renuevan viejas rencillas y generan nuevos enfrentamientos mediáticos en el forzamiento de situaciones. Algunos editoriales en diarios y revistas de los últimos días aportan confusión al debate de ideas, un título “Arde Tucumán” hace mención a las manifestaciones postelectorales en esa provincia denunciando el supuesto fraude electoral.

No resulta inocente el título, la muestra Tucumán Arde, realizada en 1968 –año del Mayo Francés y a meses del Cordobazo– por artistas de vanguardia rosarinos y porteños en la CGT de los Argentinos de Rosario y Capital Federal, denunció la pobreza provocada por los ingenios azucareros tucumanos. Una analogía tramposa que pretende comparar el clima político de esos años con la actualidad.

Esa estrategia comunicacional viene practicándose montada en una aparente continuidad en realidades sociales que son claramente diferentes, circunstancia que se ha convertido en moneda corriente de intercambio simbólico sumada a la división que algunos periodistas denominan “la grieta”, término que utilizan para definir la principal consecuencia de los años de kirchnerismo que dejan un país dividido como herencia para los futuros gobiernos.

La ciudad, en general, ha sido siempre una ciudad dividida, Hefesto dibujó dos ciudades en el escudo de Aquiles, una ciudad de la guerra y otra de la paz, desde entonces, la representación de la ciudad ha quedado ligada una y otra vez al pensamiento de lo que llamamos la cultura occidental, porque la ciudad griega es el signo bajo el cual nació la política como la entendemos hoy. 

La política y la democracia crecieron en suelo dividido, de las partes que surgen de esas divisiones son hijos dilectos los partidos, un partido es una parte que participa del mapa político en los procesos electorales actuales. La grieta es, como metáfora geológica, la escenificación arcaica de esa invención griega; inventar la ciudad es inventar la división.

Otro elemento que se pone en tela de juicio es el de las identidades políticas: a qué grupo, movimiento, partido o sector pertenece un candidato; los movimientos del suelo ideológico son comparables a la nutación del eje de la tierra, qué agrupación es  considerada como fuerza externa y que afecta a la atracción gravitatoria es el núcleo duro de los argumentos sobre la responsabilidad en la caída de los procesos identitarios de los grupos en pugna. Esta analogía nos acerca a la lógica utilizada para afirmar si el candidato es peronista o es kirchnerista, o si está más cerca de uno o de otro, haciendo responsables a grupos como la Cámpora de la pérdida de peso en las identidades del peronismo o el justicialismo en el armado de la boleta oficialista.

En el sector opositor no es menor la crisis identitaria: radicales, socialistas, liberales, conservadores, se agrupan bajo diferentes denominaciones para luchar contra el oficialismo, aquí el peronismo queda en una zona pendular hacia uno u otro extremo; ya que lo que se considera “oficialismo” es el Frente para la Victoria. La actual denominación “Cambiemos” agrupa a sectores provenientes de diferentes partes de partes que se han partido en el reparto electoral a punto de fragmentarse; la fragmentación opositora ha perdido toda identidad en su camino opositor, podemos advertir las dificultades para diferenciarse entre unos y otros. La foto de la oposición es la imagen de la ausencia de identidad político/partidaria.

Otro argumento es el de la ausencia de una verdadera representación política en la escena electoral. En principio, podemos afirmar que toda representación es una presentación ajena a lo representado, es decir, estar presentes indirectamente en aquello que alegóricamente nos muestra una realidad que no está presente por sí misma sino a través de otro, ya sea en forma de imagen, de metáfora, de relato. Como primera manifestación, la representación se encuentra expresada en la puesta en escena del teatro griego, los actores con sus máscaras ocultan su verdadero rostro y muestran otros rostros que representan aquello que está ausente en sí mismo. Apoyados en los coturnos que los elevan de su estatura real, los comediantes despliegan en el escenario una acción que intenta comunicar una situación ajena al individuo real que aproxima otras realidades.

En la Grecia Antigua la representación teatral es actuada en el drama de sus dos rostros: el de la comedia y el de la tragedia, montaje que se sustituye en otro escenario, ya político, de las Asambleas. En la Edad Moderna el término se refiere a la representación ciudadana de los comienzos en la organización de los Estados Nación, en los que el concepto de representación juega un papel preponderante: ligado a la sujeción de la ley, el representante de la ley, la obediencia a la ley, oponiendo la ley a la naturaleza, o mejor expresado, oponiendo la ley al estado de naturaleza en el que hipotéticamente los hombres viven fuera de la ley o sin ella.

En síntesis, no hay nada nuevo bajo el sol… frase que pertenece a una expresión de Ambrose Bierce: “No hay nada nuevo bajo el sol, pero cuántas cosas viejas hay que no conocemos”, problema tan remoto como el de la condición humana, la permanencia en el cambio. Por esto es tan importante aprender a pensar la multiplicidad histórica, el devenir de los sucesos sociales y políticos.

Siempre hubieron divisiones, la cuestión es definir qué tipo de división experimentamos hoy; siempre hubo crisis de identidades, qué identidades quedan y qué aspectos de esas identidades e identificaciones han cambiado actualmente es lo que debemos reflexionar; siempre la representación ha significado el juego de la presencia/ausencia, cuál es el nudo de la cuestión en el momento presente con relación a las ideas y acciones políticas es la cuestión central.

Forzar imágenes, nombres, mitos, conflictos para asustar a la población, para anunciar el regreso de pasadas catástrofes es parte del discurso canalla. Ver las imágenes, nombrar los actores políticos, renovar los mitos sin traicionarlos es la manera más franca y leal de la posibilidad de ser libres e iguales, esto significa, ir en camino siempre hacia la libertad y la igualdad. Hay argumentos que caen por su propio peso, otros por ser tan livianos se evaporan rápidamente en el mundo virtual.

Raro como encendido el clima político que algunos quieren utilizar para incendiar la ciudad, es seguramente un pálido relampagueo que demuestra la ausencia de ideas políticas potentes que definan identidades, que promuevan legítimas representaciones, que colaboren a diferenciarnos entre unos y otros agrupamientos,  para encontrar las verdades que nos hagan dignos de nosotros mismos, siendo ciudadanos, sujetos de derecho, y como decían algunos abuelos: hombres de bien.

 

El retorno de lo político.[ii]

 

A partir de 1983 podemos pensar a la Argentina en lo que ha significado el retorno de lo político, en un país signado por sucesivos golpes de estado desde 1930. Este retorno, a mi entender, ha sido acompañado por la apuesta de refundar un discurso y una mentalidad política que retoma su lugar frente a cuestiones relativas a la representación, el ejercicio de la ciudadanía, la consecución de justicia y la libertad.

 

Al planteo de lo estrictamente político en la división de poderes y las diferencias ideológico/partidarias, a comienzos de 1990 se percibe una retirada de lo político ante un modelo económico en el que las privatizaciones, los indultos, los lineamientos del Banco Mundial y el FMI fueron motores de desigualdad y retrocesos en el campo de los derechos y la ciudadanía. Luego de la tremenda crisis de 2001 se refuerza la necesidad de dar respuestas políticas a los resultados trágicos de la implementación del enfoque neoliberal que ha sido un paréntesis entre un momento de democratización de la sociedad posdictadura a otro momento de una nueva etapa de democratización posneoliberal.

 

Desde el año 2003 se pretende debatir sobre la distribución de la riqueza, el modelo de exportación, el volumen de las retenciones, el aporte fiscal, como tantos otros temas, en las definiciones estrictamente políticas para no subordinarse a los modelos económicos y enfoques economicistas de los últimos años del siglo XX. Aún cuando muchos no reconocen el retorno de lo político, al menos advierten el regreso de un debate en términos no ya de modos de producción sino de formas de pensar cuestiones de fondo como la libertad, la igualdad, el orden social. 

 

Se instaló entonces la disyuntiva sobre lo que debe primar: una distribución de la riqueza que asegure la igualdad de oportunidades, el acceso a los derechos fundamentales. O una distribución que no afecte las libertades conseguidas, ni el capital concentrado por algunos oligopolios o empresas. El conflicto se acentúa en el 2008 ante la propuesta de un modelo de inclusión social que atienda la necesidad de igualar el acceso a los derechos fundamentales de gran parte de la población que quedó excluida. Frente a un sector que no acepta que se  deba restringir la  permanencia privilegiada de los que se han visto beneficiados en sus actividades económicas, inversiones, capacidad de ahorro, de acumulación de capital, que se denominó en los últimos años como “renta extraordinaria”.

 

A este aspecto se suma una segunda cuestión que tiene que ver con el orden social, la capacidad de administrar justicia en los términos de brindar seguridad a la población; una problemática muy cara a los ’90 en la que no sólo se “privatizaron” la salud y la educación sino también la seguridad. Muchos no pueden concebir una democracia conflictiva, por lo tanto ven en el desorden que genera la puja de intereses, una falta de capacidad de gobernabilidad. Otros entienden que eso es precisamente una sociedad democrática, en la que se pone al desnudo la lucha por el poder y se destaca el disenso, la confrontación, la polémica.

 

Poder reescribir la historia en términos de una memoria larga, resignificar la terminología política, social, económica del país, es una tarea compleja y necesaria; habida cuenta de las múltiples significaciones discursivas acerca del sistema democrático, del reparto de poderes, la exégesis legal, las atribuciones del ejecutivo, en suma: de la legitimidad de los mandatos, sus límites y alcances.

 

La capacidad de argumentar, de contra argumentar, de sostener una posición, de responder desde la reflexión y no desde los clichés de moda; debe ser ejercitada con el apoyo de un hábito democrático que conjuga tanto la representación como la participación y el pluralismo ideológico. Entre el insulto mediático y la ausencia de capacidad de transmitir o comunicar una posición o un posicionamiento frente a una medida económica, hemos estado huérfanos de discursos que sostengan una praxis social y política durante mucho tiempo. Considero que a través de políticas culturales y de derechos humanos en los últimos años se vislumbra la posibilidad de lograrlo, dar siempre un paso más hacia la libertad y hacia la igualdad, en y desde el retorno de lo político.

 

El “austericidio”  del siglo XXI.[iii]

 

 (…) durante toda la vida tiene uno que seguir aprendiendo a vivir, y, cosa que os sorprenderá más aún, durante toda la vida tiene uno que aprender a morir. Séneca.

Alguna vez escuché decir que el suicidio es la muerte filosófica, afirmación inspirada por algunos suicidios célebres como el de Sócrates o el de Séneca. Probablemente se encuentre motivada por la razón  de considerar a la filosofía como una reflexión que intenta llegar a todos los límites y si es posible traspasarlos; esta posición  contempla además, la posibilidad de traspasar el límite de la propia vida y entonces decidir la propia muerte. Saber morir ante circunstancias adversas y de gran padecimiento, es también pensado como la decisión de un ser humano de quitarse la vida como último acto de libertad.

En el diálogo El Critón, Platón nos presenta un dilema moral, Sócrates es invitado a escapar de la prisión, sin embargo decide morir bebiendo cicuta. Sabe que desobedecer las leyes y la decisión de los jueces de su polis tendrá consecuencias terribles; la muerte lo dignifica y deja un claro mensaje a los jóvenes a quien el filósofo ateniense le dedicaba sus largas horas de trabajo intelectual y por esa actividad fue condenado de corrupción[iv]. La muerte es la acción moral por excelencia, fuente de libertad y dignidad.

En el mismo escenario, siglos más tarde, los suicidios se deben a otros motivos, en Grecia, aumentaron en casi un 20 por ciento entre los años 2010/2012 como resultado de los duros recortes que incrementaron el desempleo y la recesión económica.  “…Creo que los jóvenes sin futuro tomarán algún día las armas y colgarán boca abajo a los traidores de este país en la plaza Syntagma, como los italianos hicieron con Mussolini en 1945″. Son las últimas palabras de Dimitris Christoulas, un jubilado de 77 años que puso fin a su vida pegándose un tiro ante el Parlamento griego en abril de 2012, agobiado por las dificultades económicas por las que atravesaba. En su carta de suicidio habla del Gobierno de Tsolakoglou, primer ministro colaboracionista que gobernó el país durante la ocupación por los nazis, en clara referencia al Gobierno de Lucas Papadimos.Dijo también en su carta "El Gobierno ha aniquilado toda posibilidad de supervivencia (…) no veo otra solución que poner fin a mi vida de esta forma digna para no tener que terminar hurgando en los contenedores de basura para poder subsistir”.[v] 

Su carta y su muerte han sido un símbolo en las numerosas protestas en Grecia luego de la crisis económica que atraviesa en el último tiempo, ahora se concreta la propuesta de hacerle un monumento en el lugar donde se quitó la vida Dimitris Christoulas como testimonio de lo que han dado en llamar “austericidio”, iniciativa aceptada actualmente con la asunción al gobierno de la izquierda representada por el grupo Syriza. El primer ministro griego Alexis Tsipras ha dicho que una vez presentado el paquete de ayuda humanitaria que pagaba electricidad y comida a 30.000 hogares griegos, ha llegado el momento de aplicar las reformas. La primera de ellas se ha centrado en las pensiones, los que cobraban dos deberán optar por una, se realizará un informe sobre el presupuesto de los Ministerios para evitar gastos superfluos como el uso de coches oficiales y afirma que eliminará la burocracia que demanda horas de esfuerzo para su cumplimiento en la utilización de recursos que serán evitados con estas medidas.

Se suma a esta perspectiva de abordar la problemática del suicidio, no solamente como un acto individual sino como el resultado de una situación social (que incluye aspectos económicos, políticos y culturales) el psicoanalista Erich Fromm en un libro escrito a mediados del siglo XX pero que tiene en sus conceptos fundamentales gran actualidad.[vi] Hace referencia a las estadísticas de suicidios en el siglo XIX como parte de una interpretación de la vida como empresa comercial, ya no se trata de lograr una “vida buena” o una “vida bella” como proponían los antiguos griegos. El fenómeno moderno del suicidio denota un gran aumento en la sociedad occidental contemporánea.

Entre 1836 y 1890 el suicidio aumentó el 140% en Prusia y el 355% en Francia. En Inglaterra hubo 62 casos de suicidio por millón de habitantes de 1836 a 1845, y 110 entre 1906 y 1910. En Suecia, 66 y 150 respectivamente. ¿Cómo podemos explicar este aumento de suicidios, que acompañó a la prosperidad creciente del siglo XX? (Fromm: 1976:129).

Existen, dice Fromm, numerosas causas para la determinación de quitarse la vida, hace referencia al estudio de Émile Durkheim sobre el suicidio, su categoría de análisis “anomia” con la que designaba la destrucción de los vínculos sociales tradicionales. Esa ausencia de “lazo social” era el sostén de la existencia individual que cobraba sentido en una comunidad, sin duda esta pérdida es uno de los motivos más significativos para el aumento de la “tasa de suicidios”. Los elementos con los que realiza su análisis provienen tanto de la teoría marxista como del psicoanálisis freudiano a los que Fromm acude no sin expresar algunas distancias críticas.

El joven y el adulto debe sostenerse como sujeto/sujetado, su sostén requiere del otro, no de otro individuo sino de una sociedad que le permita estar en pié. En su libro El grito, Eugénie Lemoine-Luccioni[vii] dice:

En el instante que el niño nace, si no lo sostiene alguien, cae. Cae y grita. (…) El hombre despierto ha aprendido a sostenerse. No sólo se tiene en pie, sino que además se mantiene suspendido encima del suelo y, si pudiera, lo soltaría. Olvida, pues, que cae. Al nacer, posee todo su peso. No es la madre la que lo recoge sino ya ‘el Otro omnipotente a quien se dirige la demanda’: partero o partera. Alguien experto que lo toma, lo toca, lo lava, lo envuelve. Se lo sostiene. Es sostenido. (1982:25) 

 

El adulto también “cae” sin una comunidad que lo sostenga. Esa austeridad de la que hablan hoy las víctimas de los ajustes económicos que dejan sin derechos a miles de ciudadanos, es también la austeridad afectiva que deja desamparados a miles de seres humanos.

Fromm concluye diciendo que, en las sociedades capitalistas el suicidio se relaciona con el concepto de “balance” de la vida como una empresa comercial que fracasó.

 

Muchos casos de suicidio se deben al sentimiento de que la vida “ha sido un fracaso”, de que “no merece la pena seguir viviendo”; el individuo se suicida exactamente como un hombre de negocios se declara en quiebra cuando las pérdidas exceden a las ganancias y cuando ha perdido la última esperanza de recuperarlas. (1976:130).

 

Zygmunt Bauman coincide en el argumento central de los autores citados en cuanto a que lo primero que se pierde en el modo de producción capitalista es el lazo, el vínculo social con el otro, en su libro ¿La riqueza de unos pocos nos beneficia a todos?, editado por Paidós, afirma que:

(…) hoy sabemos que la felicidad no se mide tanto por la riqueza que uno acumula como por su distribución. En una sociedad desigual hay más suicidios, más casos de depresión, más criminalidad, más miedo. O sea que la afirmación de que la riqueza de unos nos beneficia a todos es doblemente errónea. Por un lado, no es verdad porque para eso la gente tendría que invertir su riqueza, cosa que no ocurre siempre, y por otro, porque no revierte en más felicidad porque, como hemos dicho, la felicidad depende de la igualdad, de la equidad.[viii]

Esto confirma la afirmación sobre la vida y la muerte como decisiones atravesadas por lo “social comunitario”. La decisión de vivir con otros, comprometiéndonos en los proyectos -por encima de las mercancías y su mera adquisición e intercambio-. O la decisión de morir cuando las circunstancias nos aplastan, en la soledad o el desasosiego. En una fuerte discrepancia filosófica: la que distingue entre matar y dejar morir, y la que rechaza la idea del hombre como “un ser para la muerte”, entendiendo que la decisión ética y política de una comunidad es la de vivir y sostener a los seres humanos en una vida digna, en una comunidad de iguales (no como igualdad totalitaria sino igualdad libre o igualitaria en acto).

 

En los cambios conceptuales de época, hoy diríamos que los suicidios de Sócrates y de Séneca fueron “suicidios inducidos”. Una polis que acusa al filósofo y lo condena. Una corte que persigue al filósofo llevándolo a provocar su muerte en varios intentos hasta lograrlo. ¿Por qué el filósofo debe morir? Pregunta que debe ser respondida políticamente.  Una de las respuestas posibles es que el sentido de la vida no se encuentra en su final sino en su camino, lo que marca la impronta de los seres humanos no es la forma en que mueren sino los motivos por los cuales deciden quitarse la vida. Es la vida, breve o extensa, la que nos define, es la vida la que nos mantiene presentes luego de la ausencia física, material en el mundo.

 

Desmentida y narcisismo

Como fuentes de la irresponsabilidad moral.[ix]

 

"La celebración"  es un film que muestra el banquete en el que se celebra el aniversario del padre de familia, festejo que termina en una especie de terapia de grupo, donde salen a la luz los secretos más vergonzosos que han sido ocultados durante años; en la celebración uno de los hijos bajo los efectos del alcohol relata ante todos el abuso sexual y el incesto al que sometió el padre a sus hijos cuando eran niños y el suicidio de una hermana aparentemente por ese motivo.

 

En la película Thomas Vinterberg expone toda la hipocresía de la familia y sus miserias, haciendo con ello una crítica cargada de tragedia que retoma el legado de Shakespeare, de una clase social -la alta burguesía- e indirectamente de toda la sociedad, pues también intervienen empleados que se convierten en parte de la escena. La frialdad de los personajes y su capacidad para mantener las formas, a pesar de los hechos tan graves y espeluznantes que viven, son la expresión de la actitud que se manifiesta en sus buenos modales, gesto con el que “niegan” y “desmienten” lo que el hijo relata cada vez con más dramatismo en ese festejo, sobre el abuso del padre y la indiferencia (¿desconocimiento?) de la madre ante lo sucedido.

 

Sigmund Freud estudió este fenómeno que denomina “desmentida” (Verleugnung) para describir el proceso por el cual un sujeto rehúsa reconocer una realidad de la que sin embargo tiene constancia. El sujeto (que en el presente artículo pensamos como sujeto social o colectivo, no como individuo), sabe acerca del asunto que lo traumatiza, pero lo niega. El film que comentamos al comienzo es un claro ejemplo de la “desmentida”, todos “saben” del abuso, la violación, el incesto pero continúan celebrando el cumpleaños del “padre de familia” haciendo “oídos sordos” a la denuncia del hijo abusado.

La historia que nos presenta “La celebración” no es solamente la metáfora de la hipocresía de una clase social alta, como pretende su director, también es una alegoría de los espectadores que ven día a día las imágenes de los casos de abuso, acoso y violación que aparecen recurrentemente en los medios.

El narcisismo es un concepto que acuña Freud en clara alusión al mito de Narciso, aquel bello joven de quien el oráculo había dicho: El niño tendrá larga vida si nunca se observa a sí mismo, la madre evitó todos los espejos y demás objetos en los que pudiera verse reflejado pero ella no pudo advertir que la sed de Narciso lo llevaría hasta un río. De este modo, a punto de beber, vio su imagen reflejada y esto lo perturbó para siempre, quedó absolutamente cegado por su propia belleza y no pudo ver más que eso.

Permaneció sin mundo y sin los otros, encerrado en su propio ego; una versión cuenta que ahí mismo murió de inanición, ocupado eternamente en su contemplación. Otra dice que enamorado de sí mismo murió ahogado tras lanzarse a las aguas, Narciso se ahogó en el reflejo de su propia imagen. Históricamente los hombres crearon “mecanismos” (inconscientes) para frenar ese amor a sí mismo que imposibilita el amor al prójimo.

Freud denominó injurias narcisísticas a aquellas que lesionaron nuestro amor propio; han sido tres las injurias narcisísticas que son los principales agravios a la vanidad de los hombres. La primera injuria es cosmológica, el descubrimiento por el cual la tierra deja de ser concebida como el centro del sistema solar; Copérnico y después Galileo fueron quienes reemplazaron la mirada geocéntrica que postulaba que la tierra era el centro del universo, por la heliocéntrica: el centro sobre el cual se desplazan los planetas es el sol, de esta manera la tierra pasó a ser un planeta más entre otros.

La segunda de las heridas narcisísticas vino de la mano de Charles Darwin al demostrar que el hombre, al igual que los demás animales y el resto de la naturaleza, es el producto de la evolución. Sus demostraciones revelan que no habría una discontinuidad entre el reino animal y el humano, no somos los reyes de la creación. Al decir Darwin que existe un lazo incuestionable entre la conformación biológica del homo sapiens y la del reino animal, nos muestra que no somos hijos de Dios, somos parientes de los antropoides.

La tercera fue provocada por el mismo Freud, no apuntó a nuestra biología, ni a nuestra herencia genética;  es una herida psicológica. El hombre no es dueño absoluto de sus pensamientos ni de sus comportamientos, la mayor parte de los fenómenos psíquicos pertenecen a una zona desconocida, es decir son inconscientes, el psicoanálisis conmociona el centro del yo. Esta herida pone en jaque nuestra constitución moral, de aquí resulta que el desafío es personal pero sobretodo social

Constituirse como un sujeto moral es ante todo hacerse cargo de uno mismo, esto significa el reconocimiento de nuestras acciones al ser autores de las mismas. Salir del narcisismo es aceptar que no somos el centro del mundo, que somos un haz de relaciones, parte de un universo social y cultural; esta aceptación hace posible la moral como êthos (morada o conciencia) y como parte de un entramado de costumbres donde nos protegemos a nosotros mismos protegiendo las normas y costumbres que nos preservan de aquellos peligros provocados por la desobediencia a las leyes. Salvo aquellos que se consideran jurídicamente  inimputables por diferentes razones, todos estamos y debemos estar sujetados a la ley, que es el tercero que habita entre unos y otros.

Con relación a esto, la desmentida es la expresión más tremenda de lo que ocurre en nuestros días, indiferentes, acostumbrados al mal, asistimos al desfile de víctimas y victimarios en una escena propia del film “La celebración”. Algunos filósofos y sociólogos hablan de “simulacro”, “espectáculo”, “vacío”; para dar cuenta de este fenómeno de inimputabilidad en el que situamos a ciertos personajes que hacen daño pero son vistos como agentes irresponsables de operaciones mediáticas para estar en el centro de una escena en la que lo real se disuelve como parte de un “reality show”.

Una modelo/vedette sube a un avión, en complicidad con los pilotos filma su propia irresponsabilidad moral y legal al permanecer en la cabina. No se plantea las posibles consecuencias de su acción, tampoco se guía por principios. El debate que se suscita cuando las imágenes muestran la transgresión en la que este trío participa (es decir forma parte) también es manifestación de un artilugio que intenta desresponsabilizar a la modelo (porque no sabe lo que hace) y “celebra” que los pilotos hayan sido separados de la compañía área.

Al mismo tiempo como “herramienta legal” el abogado de la modelo puede llegar a esgrimir el argumento de “acoso sexual” por parte de los pilotos. Todos saben que los tres son responsables, pero la finalidad de los análisis sobre el caso no apuntan a la responsabilidad moral/legal, sino a los efectos de la “farandulización de la política” en tiempos de elecciones. También se suma el oportunismo de los que no llegaron a ser víctimas pero quieren reclamar un resarcimiento económico, los pasajeros del vuelo que se incorporan a un aparente reality.

La filósofa Hannah Arendt -en otro contexto histórico- plantea dos cuestiones que pueden universalizarse, esto es, aplicarse a situaciones diferentes pero que expresan parte de la condición humana más allá del tiempo y las circunstancias en las que fueron planteadas. Ella habla de la “banalización del mal” cuando se piensa a un funcionario nazi como un monstruo y sin embargo al presentarse al juicio que lo condenará como agente del genocidio, aparece como un hombre común, un buen “padre de familia” que argumenta haber cumplido órdenes para no perder su trabajo. El “padre de familia” dice Arendt es el criminal del siglo XX.

Desmentir los peligros, los abusos, las violaciones, de las cuales sin embargo tenemos constancia como sociedad es tan grave como el narcisismo en el que nos sumergen estas escenas mediáticas donde sólo cabe el ego personal.

El mismo Freud nos advertía del  peligro del narcisismo, y ante la pulsión de muerte él propone (opone) el eros como pulsión de vida, el amor es el naufragio del narcisismo, por eso afirma: “El que ama, se hace humilde. Aquellos que aman, por decirlo de alguna manera, renuncian a una parte de su narcisismo”.  Renunciar al narcisismo exacerbado por la cultura del espectáculo, por la denominada “farandulización”, significa que no debemos permitir que renazca Narciso, atravesado por la pulsión de muerte. 

Una versión del mito cuenta que el joven terminó sus días transformado en una planta con unas flores muy bellas, pero de olor nauseabundo. No sólo en Dinamarca hay algo que huele muy mal.

 

La política de la seducción.[x]

 

A comienzos de la década de los ’80 leíamos los diagnósticos sobre la situación global de la política que anunciaban la caída de los grandes relatos de la modernidad, el advenimiento de la cultura del espectáculo, el simulacro y la seducción de los escenarios en los que se ubicaban los candidatos presidenciales en situaciones análogas a una obra de teatro más que relacionadas a un proceso electoral con propuestas concretas acerca del proyecto político en sí mismo.

En Argentina las elecciones del ’83 nos situaban lejos de esas prescripciones, el advenimiento de la democracia traía aparejado un clima cultural anclado en otro discurso: el del ciudadano, el de la libertad, el de la justicia. Emocionados cuando el presidente electo en su campaña recitaba un fragmento del Preámbulo de la Constitución Nacional: “…constituir la unión nacional, afianzar la justicia, consolidar la paz interior, proveer a la defensa común, promover el bienestar general, y asegurar los beneficios de la libertad para nosotros, para nuestra posteridad, y para todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino…” estábamos lejos de relacionar aquellos análisis con nuestra realidad social, y sobretodo política.

Fue recién a comienzos de la década de los ’90 que pudimos vislumbrar las repercusiones de esa ola del fin de la historia y del fracaso de las utopías, la retirada de la política (pensamiento) era al mismo tiempo la retirada de lo político (acción). Período que llegó a su punto culminante en el “…que se vayan todos…” del 2001. Hubo un antecedente en la crisis hiperinflacionaria de fines de los ’80 expresada en un graffiti que decía “Argentina tiene una salida: Ezeiza”.

Tiempo después Gabriel Dreyfus confió que le sugirió a Alfonsín que se quite el Rolex de la muñeca en el famoso gesto de las manos unidas en señal de victoria. Los asesores de imagen estaban trabajando de la mano de sociólogos que afinaban el lápiz para recomendar ideas en los discursos de campaña.

Lentamente iba ganando espacio la imagen por sobre el pensamiento político, la seducción estaba en la puesta en escena de los que aspiraban a llegar al poder. Jean Baudrillard se inspiró en el famoso Diario de un seductor de Sören Kierkegaard en el que el hombre queda atrapado por la fuerza de la inmediatez y el goce siendo víctima de sus instintos sin poder advertir en lo que le rodea nada más que un medio para satisfacer sus apetencias.

 

Baudrillard en su libro De la seducción dedica un capítulo al destino político de la seducción, analiza la desviación “se ducere” del poder y su desaparición viral, su dispersión en las imágenes de los mass media. En la modernidad con el desarrollo del capitalismo existían el poder, la economía y la sexualidad como regiones dominantes y referenciales de la realidad, eran estructuras densas que los intelectuales críticos del capitalismo moderno, desde el marxismo en adelante se dedicaron a investigar. Esas estructuras se dispersaron y se desmigajaron dejando restos fragmentados de discursos e imágenes; la ley que nos sujeta a todos por igual quedaba diseminada en la excepción a la regla, la excepción es múltiple mientras que la regla unifica.

 

Según el autor, el dispositivo mediático del discurso político se sitúa en esa fragmentación que permite moverse sin punto fijo y establece líneas de fuga, es decir, se desvanece, se dispersa dando lugar a la vaguedad del lenguaje y en consecuencia a la ambigüedad en las respuestas. El candidato habla de generalidades, sin demasiada consistencia: habla de la gente, de las necesidades de la gente, de los problemas de la gente. El impersonal “la gente” reemplaza al ciudadano y al sujeto de derecho, que fueron sólidas figuras de la modernidad que en la actualidad se tornan líquidas al decir de Zygmunt Bauman.

 

Apelar a las emociones y a los sentimientos se ha tornado moneda corriente en las propuestas de los candidatos, abundan ejemplos en las últimas décadas. Desde diferentes propagandas podemos verificar un denominador común: seducir al votante. Noam Chomsky cuenta una anécdota de la campaña presidencial de George Bush, ante las preguntas a los electores muchos sabían que su perro era un Scottish Terrier llamado “Barney”, pero casi nadie sabía cuál era su proyecto en política nacional o  internacional. Mucho antes Ronald Reagan hacía una campaña con emotivas imágenes de personas felices cosechando trigo, saliendo de la iglesia luego de una boda… con la melodía acariciante de Ray Charles “American the beautiful”.

 

Los contrastes entre esas publicidades y las catástrofes económicas y sociales posteriores son notorios. Sin embargo los asesores continuaron apelando a esos mecanismos emotivistas. La utilización de los signos y los símbolos quedan reservados también a los sentimientos que suscitan en el electorado, más que a las verdades que comunican. A medida que se acrecienta la necesidad de instalar una escena mediática, las historias se asemejan más a las de una telenovela que a las de una verdadera plataforma política como sostén de proyectos sólidos ante las realidades sociales y culturales de un país.

 

Nada como una buena sonrisa, una gestualidad amable, una biografía conmovedora. Los asesores de imagen están a la orden del día con las sugerencias de cómo las apariencias ocultan las esencias; sabemos que la mayoría de las veces las apariencias engañan. A medida que esta maquinaria se profundizaba aparecen nuevas subjetividades, nuevos expertos y los engranajes siguen su curso de “optimización” de las estrategias discursivas. Un claro ejemplo de esto es el Coaching Ontológico, como su nombre lo indica: "Coaching" significa "entrenamiento" y viene del ámbito de los deportes donde el coach es el director técnico que le dice a los jugadores cómo lograr una mejor performance. "Ontología" es una parte de la filosofía que se define como la ciencia del ser, en consecuencia, coaching ontológico significa entrenamiento en el ser.

 

La metáfora deportiva le gana a las metáforas mecanicista y organicista tan presentes en los discursos de los economistas. Ya no se trata de “subir al tren de la historia” ni de “generar anticuerpos para futuros procesos inflacionarios”, por ejemplo; el campo de juego ahora es el que determina las reglas y sus ejemplos de cómo jugar para lograr el mejor resultado final son las imágenes dominantes. Pero si las ideas políticas deben guardar consistencia lógica, nada más alejado del ser que un entrenamiento deportivo.

 

La renuncia a los grandes relatos, a los grandes proyectos, a la discusión sobre el tamaño del estado para llegar a  definirlo como “estado de derecho”, la retirada de los sujetos como portadores de derechos y sobretodo de derechos políticos, trae como consecuencia el reemplazo de la figura del ciudadano por la de la víctima. Quien se encuentra en situación de víctima ya no puede decidir por sí mismo, está en situación de indefensión y vulnerabilidad.

 

Las “estrategias de la ilusión” como las definió Umberto Eco nos arrastran hacia un cono de sombras donde los electores somos considerados espectadores, donde los representados quedamos sin representaciones fuertes, y nos dejamos arrastrar por emociones de agrado o desagrado renunciando a la posibilidad de un ejercicio pleno de nuestra ciudadanía. Las metáforas débiles de la política nos dejan siempre en el desamparo.

 

Por estos motivos, los análisis son necesarios, la capacidad de discernimiento es fundamental, no para caer en el desencanto y desazón posmodernos, son imprescindibles para enlazar la voluntad de poder a la voluntad por la verdad.

 

Respuesta a la pregunta:

¿Existe una crisis en el valor de la palabra?[xi]

 

La pregunta formulada por Conrado Yasenza se extiende al discurso político y al de la vida en general, pienso en el alcance de la misma, recuerdo la pregunta que respondió Kant sobre la ilustración, imagino estos espacios que antaño eran solamente gráficos y ahora están diseminados en las redes y el universo virtual. El filósofo respondió sobre el valor de la emancipación  y el significado ético/político de la autonomía, muchos discursos dejaron correr las palabras desde el siglo XVIII; las palabras se separaron de las cosas afirmó Foucault, las palabras estallaron en una polisemia propia de la torre de Babel, a veces como premio, otras como castigo.

¿Cuál es el valor de la palabra? Hubo un tiempo en el que el término “valor” se enlazaba al de “honor”, valor moral de cumplir con la promesa, la palabra era portadora de dignidad, quien falta a la palabra empeñada es indigno. Pero la palabra ha sido portavoz de otros valores: valor de uso, valor de intercambio, valor que nos sitúa en una parte de la escena social o en una región geopolítica. ¿De qué valores hablamos cuando decimos: el valor de la palabra? Máxime porque a esta altura de las circunstancias sabemos que la palabra también incomunica, o como dijo Lacan lo que predomina es el “malentendido”.  La orientación tomada por Lacan es la de sustituir con el término malentendido, presente desde las primeras palabras de la Carta de disolución, el de inconsciente.  Según él, haya sido deseado o no, "se nace malentendido", pues no se nace sino de seres hablantes. El malentendido se transmite así de generación en generación, los sujetos parlantes forman parte de la habladuría de sus antecesores, porque no se puede revelar todo

Antes de Lacan, hubo quienes ante la aparición de los mass media pensaron en el mundo como una “aldea global”, otros anunciaron la posibilidad concreta de la manipulación, dos tradiciones se enfrentaron: el cosmopolitismo con la globalización. Ciudadanos del mundo bajo el amparo del derecho internacional o simples consumidores de mercancías que circulaban por todo el planeta. ¿Se puede ser y estar en ambas situaciones sin entrar en contradicciones? Comunicar y consumir, comunicar en el valor simbólico de la palabra y consumir discursos preparados para la dominación. Aquí una enorme cuestión para resolver; en este punto el valor de la palabra debe ser considerado como el valor de la verdad, y el poder de la palabra como capacidad para crear, no para dominar.

Las ciencias de la comunicación emergen como nuevo campo disciplinar, la verdad como episteme queda reducida a mera opinión, uno de los fundadores de la disciplina Paul Lazarsfeld propuso la teoría del “doble flujo” para la cual los medios hacen fluir los mensajes que llegan a los sectores activos de la población denominados “líderes de opinión” para ser transmitidos a los actores pasivos que son definidos como “los seguidores”. Los líderes de opinión constituyen un grupo de liderazgo social  que recibe y procesa la información de los medios e interactúa con ellos; producen un proceso de influencia hacia el resto del público. Para Lazarsfeld los medios de comunicación tienen dos grandes funciones, la de conferir prestigio y reforzar las normas sociales, acompañadas de una disfunción que denomina “narcotizante” porque los medios representan un nuevo tipo de control social y son los causantes del conformismo de las masas.

Su tesis enmarcada en el paradigma funcionalista entra en choque con la teoría crítica que intenta desmontar el efecto ideológico, definido como “falsa conciencia”, para hacer una lectura política de los discursos que se imponen desde los medios masivos de comunicación; de la tradición crítica es heredera la categoría de Habermas de “acción comunicativa”, para la que el discurso es una forma especial de comunicación la que por medio de la argumentación se determina lo que es verdadero, la verdad es un resultado consensual sobre el cual no actúa ninguna influencia que lo distorsione.  El consenso se logra cuando se dan cuatro condiciones de validez aceptadas por todos los participantes: que el enunciado que hace un hablante sea comprensible, que el hablante sea fiable, que la acción pretendida sea correcta por referencia a un contexto normativo vigente, y por último que la intención manifiesta del hablante sea, en efecto, la que él expresa.

El valor de la palabra para el funcionalismo es comparable a la tinta del calamar que segrega una señal para camuflarse y de algún modo marcar su territorio, no es la tinta que utilizaron los grandes relatos de la modernidad para emancipar al individuo y constituirlo como sujeto soporte de los derechos y garantías del estado nación. Aquí también se oponen dos racionalidades: una instrumental y otra emancipatoria; de las que devienen dos modelos de comunicación que también podemos definir como instrumental en un caso y liberador en otro. Para un espíritu conciliador, si es el caso, lo instrumental del discurso puede ser un medio pero nunca una finalidad, ya que el fin de todo “acto de habla” debe ser en orden a la libertad del sujeto.

Del viejo debate sobre libertad y determinismo sabemos que es imposible la libertad absoluta, para lo cual Castoriadis propone una noción de libertad como “creación de formas nuevas de determinación” que sean preferibles a las existentes. En un giro lingüístico a esta propuesta, la palabra tiene el valor de crear nuevas determinaciones que sean más libres que las que heredamos.

En la actualidad la palabra circula en redes sociales, desde las cuales el control biopolítico que anunciaron y analizaron desde Foucault hasta Agamben, acentúa una categoría que es la de “psicopolítica”.  Byung-Chul Lan dice: “El panóptico digital no es ninguna sociedad biopolítica disciplinaria, sino una sociedad psicopolítica de la transparencia. Y en el lugar del biopoder se introduce el psicopoder. La psicopolítica, con ayuda de la vigilancia digital, está en condiciones de leer pensamientos y de controlarlos. La vigilancia digital se desprende de la óptica del Big Brother, no fiable, ineficiente, perspectivista. Y es tan eficiente porque carece de perspectiva. La biopolítica no permite ninguna intervención sutil en la dimensión psíquica de los hombres. En cambio, el psicopoder está en condiciones de intervenir en los procesos psicológicos.”

Es, como dice el autor, una fenomenología del me gusta, donde el otro no existe, la acción que supone decidir y elegir en un mundo intersubjetivo es reemplazada por la operación, a esta última no le precede ninguna decisión en sentido enfático. La tardanza que requiere la toma de decisiones es considerada ineficiente. “Las operaciones son como átomos (actomes), acciones atomizadas dentro de un proceso en gran medida automático, a las que le falta la amplitud temporal y existencial.” El valor de la palabra queda despojado de su contenido moral, el riesgo que implica el acercamiento al otro queda oculto ante la mediatez de la red. Estamos en el “enjambre digital” en el que vamos rumbo a la época de la psicopolítica que desarrolla rasgos autoritarios en la sociedad de masas.

Pienso ahora en la interpretación que podemos darle al film de Peter Greenaway “El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante”. La película transcurre principalmente en tres ambientes bien definidos: la cocina, el comedor y el baño de un restaurante manejado por el talentoso cocinero Richard Borst que recibe encantado al mafioso Albert Spica que extorsiona a todos los restaurantes y concurre muy a menudo a éste con sus matones haciendo gala de una total chabacanería; junto a  él se encuentra su atractiva esposa, Georgina que no soporta a este personaje. Durante una cena, su atención se dirige a otro comensal llamado Michael que lee concentrado mientras degusta sus alimentos. Él es un hombre educado, refinado, opuesto a las características del marido mafioso. Tras la irrefrenable atracción se produce el adulterio que al comienzo prescinde de palabras, ellos se comunican solamente con el lenguaje corporal, se encuentran primero en el baño, luego en la cocina y en otros lugares del restaurante.

El atuendo de Georgina cambia de color a medida que pasa de un ambiente a otro: en el comedor es rojo, en el baño es blanco y en la cocina es negro. En un principio interpreto que los colores guardan relación con el lugar de la comida y el canibalismo; no voy a revelar el final porque aunque se trata de una película de 1989 algunos no la han visto. En el comedor el rojo de la gula, en el baño el blanco de la expiación de la culpa por comer cadáveres, en la cocina el negro donde cuelgan los animales que van a comer. Solamente encontramos un lugar iluminado en la cocina que es el que ocupa un niño que es quien lava los platos y canta ópera con voz angelical, ahí se limpian los restos de la escena lujuriosa.

La palabra es roja cuando la ira, el desenfreno, la violencia son su destino; la palabra es negra cuando porta la oscuridad de la manipulación y la mentira organizada; la palabra es blanca cuando su valor es la verdad y carga con el contenido moral de dirigirse al semejante. Tomo prestada la distinción de los tipos de sujetos en orden al acontecimiento de Badiou para presentarla en relación a la palabra: el sujeto reactivo que utiliza lo simbólico para mentir; el sujeto oscuro que nombra la realidad con otras palabras que confunden sobre lo real; el sujeto fiel que asume la palabra verdadera siendo él su sostén. El sujeto es el fragmento local de una verdad dice Badiou.

Reinterpreto el film para pensar el canibalismo simbólico que se experimenta a menudo en los medios y las redes donde la palabra se pronuncia para decir que “vivimos en una dictadura”, que “hay que unir fuerzas” como lo hicieron en Europa para derrotar al nazismo, que un candidato a vicepresidente es Stalin o en su momento el mensaje de una tapa de revista que le pone el uniforme de Hitler a un ex presidente.

Esa oscuridad caníbal del discurso no guarda ninguna relación con el malentendido lacaniano, o con las aporías de un lenguaje que Heráclito advierte como paradojal,  el logos -lenguaje y razón- es común a todos los mortales, sin embargo la mayoría vive como si respondiera a un logos propio y exclusivo.  La multiplicidad de enunciados e interpretaciones simbólicas no justifican el uso aberrante de una supuesta libertad de expresión.

¿Cuál es en la actualidad el valor de la palabra?, el lenguaje chabacano del mafioso, el lenguaje sublime del amante, el lenguaje oscuro del manipulador. Hay una distinción platónica que es válida, a nuestro entender, tanto para la política como para el ciudadano común: el pedagogo enseña a amar la Ley, el demagogo en cambio quiere que lo amen a él.

El valor de la palabra está en esa pedagogía de la legalidad que alcanza al discurso mismo y su libertad para expresarse. El uso demagógico del discurso es tan totalitario como el totalitarismo que esos sujetos oscuros quieren denunciar.

Muy lejos estamos en la mayoría de los programas de TV del banquete griego donde circulaba el amor por la verdad. Voy a decirlo con crudeza: los almuerzos que presentan a supuestos líderes de opinión son el escenario donde la palabra ha perdido todo valor, y quedan como ejemplo de lo que no se debe decir, porque estamos convencidos de la materialidad del discurso; y desde esa materialidad podemos tomar el ejemplo de lo que No es ni Debe ser el valor de la palabra sentados a la mesa del discurso oscurantista.

 

Bibliografía: 

Anderson, Perry. Los orígenes de la posmodernidad. Anagrama. Barcelona. 2000.

Arendt, Hannah. Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal. Lumen. Barcelona. 2000.

Badiou, Alain. El ser y el acontecimiento. Manantial. Buenos Aires. 1999.

Baudrillard, Jean. De la seducción. Cátedra. Madrid. 1981.

Castoriadis, Cornelius. Antropología, filosofía, política. Conferencia pronunciada en la Universidad de Lausanne. 1989.

Dreyfus, Gabriel. La publicidad que me parió. Buenos Aires. Planeta. 2000.

Fromm, Erich (1976) Psicoanálisis de la sociedad contemporánea. Hacia una sociedad sana. Fondo de Cultura Económica. México. Primera Edición en inglés año 1955.

Habermas, Jürgen. Teoría de la acción comunicativa: complementos a estudios previos. Madrid. Cátedra. 1989.

Han, Byung-Chul. En el enjambre.  Herder. Barcelona. 2014.

Lacan, Jacques. Seminario 27. Disolución. Clase 6. El malentendido. 10 de junio de 1980.

Lazarsfeld, Paul. La sociología y el cambio social.  Paidós. Buenos Aires. 1971.

Lemoine-Luccioni, Eugénie (1982) El Grito. El sueño del cosmonauta. Paidós. Barcelona.

Lipovetsky, Gilles. La era del vacío. Ensayos sobre el individualismo contemporáneo. Anagrama. Barcelona. 1996.

"Los jóvenes sin futuro tomarán las armas y colgarán a los traidores a Grecia" Disponible en: http://www.elperiodico.com/es/noticias/internacional/texto-integro-nota-suicidio-jubilado-griego-1629462

Séneca (2003) Aforismos de oro. Ediciones del Club del Libro. Buenos Aires.

“Zygmunt Bauman y los tiempos de liquidación”. Entrevista. Disponible en:

http://cultura.elpais.com/cultura/2014/01/16/actualidad/1389876142_361606.html

 


[i] Publicado en la Tecla Ñ.

[ii] Publicado en El Diario.

[iii] Publicado en Reflexiones Marginales.

[iv] El filósofo francés Alain Badiou afirma que la filosofía continúa siendo lo que era para Sócrates: corromper a la juventud.

[vi]Fromm, Erich (1976) Psicoanálisis de la sociedad contemporánea. Hacia una sociedad sana. Fondo de Cultura Económica. México. Primera Edición en inglés año 1955.

[vii] Eugénie Lemoine-Luccioni (1982) El Grito. El sueño del cosmonauta. Paidós. Barcelona.

[ix] Publicado en la Tecla Ñ.

[x] Publicado en El Diario.

[xi] Publicado en la Tecla Ñ.