23. jun., 2014

La metáfora del pájaro pintado.

Por Angelina Uzín Olleros.

Jerzy Kosinski en El pájaro pintado nos relata una costumbre campesina que conoció en su infancia, la misma consistía en atrapar algún ave, pintarle las plumas y, después de hacerlo, soltarla para que se reuniera con su bandada. Cuando estos pájaros, con sus notorios colores pintados buscaban reunirse con los suyos, éstos no los reconocían, los veían como enemigos, y los atacaban hasta matarlos a picotazos.

Lo que Kosinski muestra en este cuento, es la necesidad de un cierto aire de familia, cierta semejanza que nos hace sospechar en la diferencia la enemistad manifiesta que nos impone la alteridad. La razón unívoca, la razón que es común a todos los humanos en la teoría iusnaturalista, pretende asegurar la igualdad del género humano en una naturaleza común que subyace en las sociedades mezcladas, en las diferentes culturas, en los rostros diversos que expresan una amenaza a la pretensión de universalizar una única razón; universalidad que se impone en la búsqueda de un fundamento absoluto.

Se trata entonces de expandir esa razón a todos los humanos oponiéndola al irracionalismo de la barbarie, del estado de naturaleza, de la horda primitiva. Esa pretensión de universalizar una razón deviene en la “unidimensionalidad”, en la univocidad, en la homogeneización que traza los criterios de demarcación entre lo humano y lo inhumano, entre lo normal y lo anormal, entre lo sano y lo enfermo, entre la civilización y la barbarie. Montaje de una maquinaria que pretende eliminar la diferencia, la amenaza de una alteridad que resulta insoportable.

El pájaro pintado es el símbolo perfecto del otro, del extraño, de la víctima propiciatoria. Si el otro se diferencia de los miembros del rebaño, es arrojado fuera del grupo destruido; si es igual a ellos, interviene el hombre y le hace aparecer distinto, a fin de que pueda ser expulsado y destruido. Del mismo modo que Lekh pinta a su cuervo; los dispositivos cambian el color de los miembros de la sociedad manchada para legitimar un orden social monocromático.

Esta es la gran tragedia de la discriminación, de la invalidación y de la creación de víctimas propiciatorias. El hombre busca, crea e imputa diferencias para alienar mejor al otro. Al expulsar al otro, el hombre se enaltece a sí mismo y desahoga su ira frustrada de una manera que sus semejantes aprueban. Para el hombre, animal de rebaño, igual que para sus antepasados no-humanos, la seguridad radica en la similitud.

El dispositivo moderno que justifica sus violencias en nombre del progreso, bajo la imagen inmaculada de la verdadera humanidad, define al monstruo en la mancha que significa la anomalía, la degradación; cuando es el mismo dispositivo civilizatorio quien se encarga de expulsar de la frontera de la normalidad al individuo diferente. La noción de progreso expresada en el sueño burgués de eliminar las diferencias en favor de una uniformidad que excluye y encierra al que supone, en su diferencia, una amenaza al cuerpo social normalizado; esa idea de progreso encarna una forma más sofisticada de matar o de morir.

Las dictaduras “marcaron” a investigadores, obreros, docentes, trabajadores; militantes de sindicatos, centros de estudiantes, partidos y agrupaciones políticas; los marcaron y mancharon con sangre la diferencia. Los marcaron para eliminarlos. Esos “pájaros pintados” por la mano de la represión fueron desaparecidos en gran número.

En los establecimientos educativos, en todos los niveles, se “señalaban” a los sujetos peligrosos, desaparecer a los portadores de ideologías “foráneas” y contrarias a los auténticos intereses de la nación argentina, era la mejor “arma” para terminar con la subversión. Los que no fueran “eliminados” ante el temor de pasar por lo mismo (cárcel, tortura y desaparición) renunciarían a su “accionar”.

Los “pájaros pintados” eran marcados en archivos, planillas, documentos, registros… la “pedagogía del terror” era una parte significativa del “terrorismo de estado”.

A partir de la anulación de los indultos y de las leyes de impunidad en Argentina la continuidad de los juicios a los represores abrió un camino de búsqueda de verdad y justicia que posibilitó y hace posible en el presente nuevos testimonios, nuevos conocimientos y relatos sobre lo sucedido en los años de la dictadura.

Se han creado, además, espacios institucionales, que convergen en la cultura de la memoria colectiva con la finalidad no sólo de rememorar sino también de pensar un futuro en el que la “multiplicidad” de voces, de reclamos, de presentación de nuevos problemas sociales y económicos también sean posibles. Poder habitar la plaza sin censuras, sin mordazas, sin persecuciones. Que todos puedan decir su posición, su disidencia, su protesta…

Un movimiento, una movilización desde y hacia lo plural, lo múltiple, partidos y repartidos en la escena social sin ser señalados para castigar la diferencia. No es una política de la tolerancia, es una política de aceptación de los puntos de vista que divergen en el espacio social, pero que convergen en la libertad.

Actualmente los reclamos de los Organismos de Derechos Humanos en Argentina se amplían hacia los grupos empresarios y los civiles que formaron parte del Golpe del ’76. Los juicios deben continuar en las causas a los militares de entonces, pero deben continuar  en los juzgamientos a civiles y grupos económicos que fueron cómplices y se beneficiaron con aquella política de exterminio.

La participación de civiles fue mucho más significativa y relevante de lo que se pensó en los comienzos de esta etapa democrática que va desde 1983 a 2012 (casi 30 años), asimismo los grupos empresarios, la iglesia católica, fueron parte de este proyecto denominado de “reorganización nacional”.

En la línea de “continuidades” en la historia argentina, muchos de los que formaron parte del grupo de civiles que apoyaron, acompañaron y fueron funcionarios de la dictadura, Martínez de Hoz es un ejemplo emblemático. Así lo muestra “Awka Liwen” (Rebelde Amanecer)[1] el film de Osvaldo Bayer, Mariano Aiello y Kristina Hille. Los descendientes de la familia Martínez de Hoz iniciaron juicio por el contenido de la película y el “protagonismo” de sus ancestros en esta genealogía.

En este film Bayer se propone abordar la historia de los pueblos originarios a partir de la convicción del genocidio del que fueron víctimas en el siglo XIX. En esa memoria que, durante décadas, no formó parte de la “historia oficial” se gesta un nuevo proyecto político/pedagógico.

Los militares siempre estuvieron acompañados por civiles en estas matanzas y masacres. Los “pájaros pintados” de todos los tiempos han llevado ropajes diversos, culturas distintas, costumbres diferentes, han sido víctimas del poder arbitrario y sanguinario, la familia Martínez de Hoz ha sido parte de esos proyectos, han continuado durante generaciones en esa línea de pensamiento y acción.

El film y el libro será distribuido en las escuelas, la fuerza de lo simbólico crece en relatos, imágenes, historias. Es la “ética de las verdades” que genera espacios, reflexiones, participaciones en la posibilidad de creer en y crear un “mundo nuevo”.

[1] Informacióndisponible en: http://www.awka-liwen.org/awkaliwen.html