Los monstruos.

7. may., 2014

Por Angelina Uzín Olleros.

En el año 1963, el director italiano Dino Risi filma la película I Mostri (Los monstruos. Videoteca Página/30. Video Nº 85), durante 118 minutos recorre en 20 episodios "la manera pérfida y sutil en que el progreso inscribe las viejas lacras humanas: la hipocresía, el desprecio, la mentira, el egoísmo, la manipulación..." el abuso. Inaugura el tipo film en base a sketchs que, guionado por Age y Scarpelli, es una buena muestra de la tradición satírica del cine de los sesenta, la comedia italiana que convoca los rostros de la miseria entre la risa y el espanto.

El primer episodio protagonizado por Ugo Tognazzi "La educación sentimental", relata la relación entre un padre y su hijo; un niño de aproximadamente 7 años a quien su padre lleva a la escuela. En ese trayecto el padre le enseña a su hijo a mentir, a robar, a desconfiar del otro.

Las palabras caen como pesados juicios sobre la alteridad y sobre el tratamiento de los otros: los pobres no existen, quien pega primero pega dos veces, es mejor un lindo proceso que un lindo funeral, no confíes en nadie, tu vecino es tu enemigo...

En ese recorrido todo es falsedad, robo, desobediencia de las normas: el padre rompe el pacto social, lo desobedece, lo ignora. Ante la ausencia del policía, transita la calle en contramano para llegar más rápido; roba comida en el supermercado; le pide al hijo que no comparta su merienda con los compañeros de la escuela...

Y, también en esa travesía entre la casa y la escuela, pasa por el Parlamento diciéndole al niño que los diputados son unos mentirosos y unos ladrones, que esa institución debiera llamarse el "Robomento". Doble moral, anomia, barbarie, expresada en el refrán que le enseña a su hijo insistentemente: "Con un no te escapas, con un sí te embarras". El padre está fuera de la ley, situado en su propio estado de naturaleza.

Este episodio culmina cuando 10 años después los titulares de los diarios muestran la foto del padre que ha sido asesinado por su propio hijo.

En la clase del 29 de enero de 1975 impartida por Foucault en el Collège de France (Foucault, M. Los Anormales. Curso en el Collège de France 1974-1975), describe y define la figura del monstruo moral y el monstruo político. La monstruosidad - en su acepción moderna - está ligada directamente a la figura del criminal y tramitada por esta economía del poder punitivo que el filósofo describe en Surveiller et punir.

Crimen y castigo son dos instancias que se modifican en el paso de la sociedad feudal a la burguesa. En el texto Les anormaux (Los anormales) plantea desde el ejemplo del crimen espantoso perpetrado contra Guillermo de Orange en 1584 que, la respuesta fue un suplicio tan atroz como el crimen.

Dice Foucault al respecto: "El crimen era crimen en la medida en que, además, y por el hecho de serlo, afectaba al soberano; afectaba los derechos, la voluntad del soberano, presentes en la ley; atacaba, por consiguiente, la fuerza, el cuerpo físico del soberano. En todo crimen, por lo tanto, había enfrentamiento de fuerzas, rebelión, insurrección contra el soberano. (...) El castigo era siempre vindicta, y vindicta personal del soberano. Éste volvía a enfrentar al criminal; pero esta vez, en el despliegue ritual de su fuerza, en el cadalso, lo que se producía era sin duda la inversión ceremonial del crimen." (Foucault. M. Obra citada. Pág. 84).

Este paso de los suplicios a las cárceles es lo que caracteriza al modo moderno expresado en el derecho clásico de entender al crimen y al castigo a partir de unidades de medida que sirven para evaluar la proporción entre uno y otro. Es decir, que el castigo debe guardar una regla que sea directamente proporcional con el crimen cometido. Crimen que ahora no afecta al cuerpo del soberano sino al cuerpo social. El criminal (moderno) es una amenaza para la sociedad, es el que rompe el contrato social que pacta el orden y el ordenamiento de las prácticas sociales. El criminal que desconoce o se aparta de los términos del contrato es el monstruo moderno.

El episodio antes citado del film Los monstruos es la metáfora del parricidio que resulta de la violencia ejercida por el padre sobre el hijo cuando no media la ley, la prohibición. El paso de la naturaleza a la cultura está signado por la ley y a su vez el paso de la sociedad feudal a la burguesa está mediado por la creación de tecnologías científicas e industriales que hacen posible un orden social.

Foucault analiza el tipo de monstruosidad que marcan la etnología y el psicoanálisis mediante la tesis del totemismo; y la monstruosidad que definen los historiadores tomando el ejemplo de la revolución francesa. La horda primitiva que mata al jefe de la tribu y el pueblo sublevado que asesina al rey.

"... a partir de estas cuestiones del incesto y la antropofagia, se abordan todos los pequeños monstruos de la historia, todos esos bordes exteriores de la sociedad y la economía que constituyen las sociedades primitivas... Los antropólogos y los teóricos de la antropología que privilegian el punto de vista del totemismo,..., el de la antropofagia, terminan por producir una teoría etnológica que lleva a una extrema disociación y distanciamiento con respecto a nuestras sociedades, porque se las remite precisamente a su antropofagia primitiva." (Foucault, M. Obra citada. Pág. 105).

Las tesis de la antropofagia y la prohibición del incesto demarcan el límite normal / anormal en términos de una monstruosidad que deviene de las figuras del soberano despótico y el pueblo sublevado que vemos recorrer en el campode la anomalía.

El incesto, crimen de los reyes, de Edipo y su familia (Sigmund Freud) que posibilita la inteligibilidad de la neurosis; el problema de la devoración, de la introyección de los buenos y malos objetos, del canibalismo que no es ya el crimen de los reyes sino del pueblo hambriento, que posibilita la inteligibilidad de la psicosis (Melanie Klein). Son categorías que explican el comportamiento del monstruo humano (en la descripción del anormal) que fueron gestadas en esa economía del poder punitivo del siglo XVIII y que combinan los grandes temas del incesto de los reyes y el canibalismo de los hambrientos.

El soberano despótico y el pueblo sublevado son las figuras de la anomalía que engendraron el pensamiento y la política burgueses.

Concluye Foucault diciendo que "Los grandes monstruos que velan en el dominio de la anomalía y que aún no se han dormido - la etnología y el psicoanálisis dan fe de ello - son los dos grandes sujetos del consumo prohibido: el rey incestuoso y el pueblo caníbal." (Foucault, M. Obra citada. Pág. 106).

Importa esta observación de Foucault al respecto cuando dice que este tipo de análisis cae en un reduccionismo (incluso podríamos afirmar en un anacronismo) al hacernos comprender la violencia que ejerce la sociedad disciplinaria a partir de las políticas de encierro, tomando como parámetro el ejemplo de las sociedades primitivas, del parricidio que simboliza la necesidad de la ley.

¿Cómo dar cuenta del terrorismo de estado?. Concepto que resulta contradictorio en sí mismo, ya que el estado no puede aplicar una política de terror; o que desde otro punto de vista, denuncia que la barbarie no se opone a la civilización sino que forma parte de ésta.

En la barbarie no existe la ley. Cuando la ley se impone brutalmente en nombre de la civilización ¿quién es el monstruo?, ¿cómo es el monstruo?. Aquí queda pendiente desarrollar la tesis de Jacques Lacan en su texto Kant con Sade cuando afirma que el Marqués en La filosofía en el tocador completa la obra de Kant refiriéndose a la Crítica de la razón práctica.