23. jun., 2014

La huella de nuestros miedos.

Por Angelina Uzín Olleros

Podemos afirmar, casi sin lugar a dudas, que éste es un tiempo marcado por los miedos, las fobias, los pánicos. Miedos a cuestiones bien localizadas, a espacios abiertos, a las alturas, a los claustros, a la multitud, a la oscuridad…; o temores que nos paralizan, nos confunden, nos desorientan y a los que no podemos focalizar en sus causas o en sus destinatarios.

Componentes de corte psicológico y razones de índole sociológica pueden colaborar en la comprensión de nuestros temores singulares y colectivos. Ya no se trata de miedos motivados por autoridad religiosa o paterna, el castigo de los dioses o la venganza de un genio maligno; los miedos actuales mediatizados y amparados por las imágenes recurrentes de los noticieros, refuerzan nuestra necesidad creciente de alarmas, rejas, cercos, cerraduras que nos resguarden de todos los peligros que acechan nuestra intimidad y nuestra integridad personal.
Los ciudadanos no piden “protección” al estado, exigen “seguridad”. La diferencia entre estos reclamos o expectativas es que un estado protector, es benefactor, orientado a las garantías constitucionales, al goce de derechos. La solicitud de seguridad está amparada en los temores y requiere más policía, más gendarmes, más custodios, más castigo.
Inseguros nos asombra saber que en los countrys también pueden ingresar delincuentes, ladrones, asesinos. Ese asombro viene acompañado de los mitos y los prejuicios que todo grupo humano construye, aún bajo la mitología actual del progreso científico y tecnológico que nos ampara. Resulta contradictorio para algunos suponer que los avances tecnológicos y sus beneficios no han superado los estadios de pensamiento arcaicos y retrógrados.
Por estos motivos, existe una paradoja creciente en este momento de la historia, ya que vivimos en una “sociedad transparente” en la que todo se devela, desde cuerpos desnudos, celebridades que ventilan su vida privada, gente común que relata sus padecimientos en programas de TV, foros en internet en los que se “visualiza” la soledad o la impotencia de sus integrantes; es contradictorio entonces un espacio público en el que se muestra todo y no se muestra nada.
La paradoja radica, en parte, en no poder vislumbrar lo que se oculta en esa transparencia y, sobretodo, lo que se prohíbe en una época en la que –aparentemente- todo está permitido. Desafíos que se traducen en buscar lo que no se puede ver -bajo la ilusión de la transparencia-, y lo que está en el orden de la prohibición cuando la libertad que se propone es total, sin limitaciones.
Podemos destacar el lugar de los miedos y su importancia en lo que señala Alain Badiou en su libro De quoi Sarkozy est-il le nom? , que no ha sido traducido al español todavía, referido a la campaña política de Nicolás Sarkozy que estuvo inspirada en los miedos de los franceses: al desempleo, a los inmigrantes, a la inseguridad, a la inestabilidad económica. También destaca la utilización mediática del miedo al terrorismo de los ciudadanos estadounidenses, luego del atentado a las Torres gemelas, que hizo George Bush recurrentemente y que dejó una fecha como símbolo de los comienzos del siglo XXI: el 11S.
Si los temores son constitutivos a la condición humana y cada período de la historia ha sido marcado por uno en especial, los comienzos de este nuevo siglo están habitados por miedos a todo y a todos. Ausencia de confianza, falta de solidaridad, como germen de este estado de zozobra que nos caracteriza.
Un texto interesante a tener en cuenta es el del historiador Georges Duby: Año 1000, año 2000. La huella de nuestros miedos. Relata detalladamente los miedos que aparecieron en sucesivos siglos de la Edad Media, con datos documentados y ejemplos: el miedo a la miseria, el miedo al otro, el miedo a las epidemias, el miedo a la violencia, el miedo al más allá. Duby se pregunta si estos miedos constituyen un paralelo legítimo con los actuales. Al comienzo del libro, del cual recomendamos su lectura, afirma: “Nuestra sociedad está inquieta. Lo prueba el hecho mismo de que se vuelva decididamente hacia su memoria. Nunca hemos conmemorado tantas cosas. Todas las semanas se festeja aquí y allá el aniversario de algo. Ese apego al recuerdo de los acontecimientos o de los grandes hombres de nuestra historia también ocurre para recuperar confianza. Hay una inquietud, una angustia, crispada al fondo de nosotros” (Pág.13)
El historiador, dice Duby, no debe quedar anclado en el pasado y abrirse a reflexionar sobre los problemas del presente. La falta de confianza nos lleva a creer que “todo pasado fue mejor”.
También el Psicoanálisis tiene en cuenta la historia, esta vez de cada sujeto en particular, e investigó de la mano de Sigmund Freud, los temores y ansiedades que se manifestaban en sus pacientes. Es significativo señalar que el miedo está dirigido a un objeto en particular y la angustia no. Sin detenernos en cuestiones teóricas, por cierto relevantes y serias, pretendemos reflexionar sobre la ausencia de un objeto en particular al cual orientar nuestra sensación de temor, incertidumbre, desasosiego, que marca nuestra época, en la que estamos todos con miedo sin saber “a ciencia cierta” a qué le tememos.
Esto último sirve para pensar que los miedos que se muestran en los medios de comunicación son los propios de un grupo humano que se encuentra “dentro del contrato social”, miedo –sobretodo- a perder lo que ya se tiene. Mientras que para muchos habitantes de esta sociedad, que podemos situar “fuera del contrato” tienen miedo a no conseguir aquello que les falta: salud, trabajo, vivienda, educación.
En esta ecuación entre “miedo y medios” podríamos invertir la relación: no se trata de mostrar en los medios los miedos de la población, sino de encontrar los medios para que los miedos ante la falta se conviertan en soluciones políticas a la exclusión. Si los seres humanos, por naturaleza o condición, experimentamos temores y eso resulta inevitable, sí podemos evitar situaciones sociales y culturales que acrecientan los temores colectivos a la fuerza del otro, a la expropiación de nuestros bienes, al desamparo de los sin tierra, a la violencia creciente de la falta de educación y de afecto.
Preguntarnos como sociedad a través de nuestras instituciones: ¿qué es lo que debe prohibirse?, ¿qué es lo que podemos permitir?, ¿qué depende de nosotros?, ¿qué queda fuera del ámbito de nuestra voluntad?, ¿qué temores son fruto de la injusticia?, ¿qué miedos nos paralizan y nos llevan a crear más enemigos?
Abrir interrogaciones que no deben conducirnos a un pensamiento único sino a la multiplicidad de respuestas y soluciones que podemos ensayar social y políticamente. Sin quedar encerrados en miedos alimentados por xenofobias, racismos, intolerancias.
Duby destaca además la necesidad de discernir las diferencias entre el pasado y el presente de aquello que infundía los miedos ayer y lo que tememos hoy, para encarar con mayor lucidez los peligros actuales. Y llegar a establecer, con mayor claridad, las fuentes de esos peligros para evitarlos.
El primer paso continúa siendo el reconocimiento de nuestro estado de ignorancia, a partir de ese paso crucial poder transitar los caminos de los supuestos saberes que nos ofrecen las disciplinas y la información mediática y también la especializada de nuestros miedos.
Los miedos son pasiones tristes que sólo sirven al tirano para poder gobernar, sustentan una sociedad en la que sólo importa identificar al enemigo. Baruch Spinoza imaginó una sociedad de amigos que fomenta las pasiones alegres. Podemos ver esta propuesta como un optimismo ingenuo o como un cambio de mentalidad. Si esta es una época de miedos, reflexionar sobre los mismos nos ayudará a liberarnos, en gran medida, del temor al espacio público y abierto de la política.
¿Quién quiere clausurar el espacio público? Pensar esto nos ayudará a salir a la calle con otra actitud, con otras expectativas.