9. jul., 2014

Especial para Cultura Mundi.

Los sueños de un visionario.

Por Angelina Uzín Olleros.

Publicado: 26 de julio de 2014.

Existen al menos dos significados del término “visionario”, uno hace referencia a alguien que tiene visiones de entidades sobrenaturales y que las acepta sin demostración alguna; otro significado habla de quien tiene una visión justa del futuro y de algún modo se anticipa a lo que sucederá.

La “visión” es una metáfora muy utilizada a lo largo de la historia de las ideas, la caverna platónica no deja de sorprendernos sobre los juegos de luces y sombras, de claridad y penumbra que ejemplifica acerca de nuestro mundo de conocimientos, de dudas y certezas; también de engaños y verdades. La expresión “arrojar luz” sobre diferentes cuestiones, es muy utilizada; poder “ver” más acá o más allá del presente y de las formas, es un lugar común en todas las expresiones literarias, periodísticas y en ensayos científicos.

Correr los velos que ocultan ante nuestros ojos las verdades, dejar caer las vendas, todo esto nos remite a la metáfora de la justicia que, para ser imparcial no debe ver y para ser equitativa debe poder ver lo que otros ojos menos expertos dejan pasar.

En pleno siglo XVIII un teólogo sueco Emmanuel Swedenborg escribía textos que él mismo se ocupaba de publicar, versaban sobre la naturaleza del cielo y del infierno; el escritor afirmaba que podía percibir empíricamente a ángeles y demonios que le describían con claridad la forma en que esos mundos sobrenaturales se caracterizaban.

En su país, Suecia, era un personaje muy respetado en los ambientes cultos de la época, ya que además era científico e ingeniero. La repercusión de sus trabajos traspasó las fronteras de su tierra y llegaron a preocupar en los ámbitos académicos aquellas afirmaciones sobre realidades sobrenaturales, en un momento en el que la Física de Newton y los avances de la ciencia moderna comenzaban a afianzar la necesidad de seguir un método, investigar seriamente, desde una actitud racional alejada de la fe y de la superstición.

Algunos amigos y conocidos del filósofo alemán Immanuel Kant le solicitaron que escriba algo para refutar aquellas visiones del escritor sueco y así surgió en 1766 el ensayo kantiano  Sueños de un visionario, comentados por los sueños de la metafísica, en esa diatriba se jugaba un proyecto que se debate hasta la actualidad entre un conjunto de conocimientos científicos y rigurosos, en oposición a la imaginación que se despliega en mundos que traspasan lo natural.

Era necesario trazar una línea divisoria tajante entre verdad y mentira, certeza y duda, correcto e incorrecto, razón y locura. Para Kant las visiones de Swedenborg eran delirios, producto de una imaginación enferma que distorsionaba la realidad con imágenes irreales de entidades inexistentes. El destino del sueco no era otro que el manicomio.

Pero lo interesante de éste ensayo es que Kant, hijo dilecto de la tradición del racionalismo, habla de los sueños metafísicos de la tesis racionalista, como así también de los sueños de las sensaciones que atraparon a los filósofos empiristas. En otro momento de su obra Kant también habla del “sueño dogmático” en que él mismo se encontraba hasta leer los textos de David Hume. Todos estos sueños (irreales, fantasmagóricos, ilusorios) eran los resultados de la fe dogmática en la razón, o de la confianza ciega en los datos de la experiencia que queda expresada en el relativismo, ya que solamente por vía de la “crítica” el sujeto podía escapar a los dogmas y al extremo de la duda escéptica. Creer sin examinar nuestros saberes, dejar de creer para no confiar en nada, extremos peligrosos de nuestra racionalidad y de nuestra sensibilidad.

Kant deja un legado muy importante en su recorrido por la Filosofía Crítica, ahí la razón levanta un tribunal sobre sí misma, el sujeto que conoce debe examinarse a sí mismo además de someterse a examen todo el tiempo. La capacidad de discernimiento no es otra que la de separar, analizar, descomponer una totalidad, una estructura, un conjunto, para poder “ver” en todos los intersticios de las ideas y los discursos el peligro de los dogmas.

Pero es tan riesgoso el dogma (lo que no puede ser discutido) como el relativismo (donde todo está permitido). Kant se plantea, entonces, tres preguntas que considera fundamentales: ¿qué puedo saber? (la ciencia), ¿qué debo hacer? (la moral) y ¿qué me está permitido esperar? (la religión). La cuarta y última pregunta es ¿qué es el hombre? (la antropología).

Es entonces que el ámbito de la ciencia trabaja con las leyes de la naturaleza y el de la moral con la libertad. El hombre es sujeto de conocimiento y sujeto moral. Y sólo puede ser moral porque le es propia la libertad.

Es en este trayecto donde Kant al final de su vida y de su obra se convierte en un visionario: sus textos sobre la ilustración, la paz perpetua y la historia en clave cosmopolita lo muestran como quien cree tener una visión justa del futuro. El progreso científico y moral del programa de la ilustración (un sujeto autónomo que ya no necesita tutores), la ilusión racional de un mundo donde los hombres son sus ciudadanos (que a través de la educación aprenden a obedecer las leyes justas) y la paz que se logra en el pleno ejercicio de una razón que puede y debe ser libre en el marco del derecho internacional (sostenido por una razón universal) muestran a un Kant visionario, embarcado en un sueño que nunca se concretó.

Algunos filósofos que vinieron después en el terreno de la especulación filosófica, acusaron a Kant de etnocéntrico (porque su razón no dejaba de ser la del continente europeo), de esquivar los sentimientos (porque para él eran fuente de desequilibrio emocional), de colonizar las conciencias (porque la autonomía kantiana no considera las otras conciencias); sin embargo Kant no dejó de ser un soñador.

Es por eso que su apuesta por un mundo libre, justo, cosmopolita y en paz se puede revisar en la actualidad (como lo hicieron Habermas, Foucault, Rawls y otros tantos pensadores) en el que por obra de los medios masivos de comunicación, de la tridimensionalidad, de las imágenes proyectadas en pantallas de todo tipo y tamaño, en todos los mecanismos tecnológicos desde las redes sociales y las virtualidades de los internautas: lo real y lo irreal se proyecta de modo diferente.

Kant sigue dejando huellas al despertarse del sueño metafísico y decir que la “cosa en sí” es incognoscible. Que todo lo que consideramos real es la construcción del sujeto, pero un sujeto que está solo, donde al sujeto le falta el otro.

El sujeto kantiano es libre y está solo, debe ser el que libremente transite el cielo de la historia y la cultura, haciéndose cargo de sus propios proyectos y de su propio trabajo; algo que Jean Paul Sartre llevó a su máxima expresión al decir que el hombre está “condenado a ser libre”.

Pero Sartre en esta radicalización de la libertad en relación con los otros se atrevió a decir que el infierno son los otros. Pero también ha podido esclarecer sobre su frase tan famosa como polémica:

"... el infierno son los otros ha estado mal comprendido. Se ha creído que quise decir con eso que las relaciones con los otros siempre están contaminadas. Que siempre son relaciones infernales. Ahora bien, lo que yo quiero decir es totalmente distinto. Quiero decir que si las relaciones que establecemos con los demás son retorcidas, viciadas, entonces el otro no puede ser más que el infierno. ¿Por qué? Porque en el fondo los otros son aquello que hay importante en nosotros mismos para nuestro propio conocimiento de nosotros mismos. Cuando nos pensamos, cuando intentamos el conocimiento de nosotros mismos, en el fondo usamos los conocimientos que los otros ya tienen acerca de nosotros y que nos han cedido para que nos juzguemos. Lo que yo digo sobre mí siempre contiene el juicio del otro. Lo que yo siento en mí está viciado del juicio de los demás. Lo cual quiere decir que si establezco mal las relaciones me coloco en total dependencia con respecto a los demás. Y entonces estoy efectivamente en un infierno. Y existe una cantidad de gente en el mundo que está en un infierno porque dependen excesivamente del juicio de los demás. Pero esto no quiere decir en absoluto que no se pueda tener vínculos con los otros. Esto quiere decir simplemente que los demás tienen una importancia capital para cada uno de nosotros" (Un teatro de situaciones. Losada. Buenos Aires. 1979. Página 182).

Es así que llegamos a las visiones del cielo y del infierno del mundo terrenal, humano, demasiado humano.