Para una crítica de la violencia por una política de la no violencia.

7. may., 2014

Por Angelina Uzín Olleros.

Cuando el Estado es el que incurre en violaciones a los derechos humanos debe responder ante los organismos internaciones afrontando las reparaciones sobre los hechos ilícitos que han cometido sus agentes. Las reparaciones son necesarias para reconstituir y recobrar el estado de derecho quebrantado, afianzar la justicia, rescatando/reparando los derechos de las personas que han sido violados.

Se ha puesto énfasis en la indemnización a las víctimas y/o a sus familiares, esta instancia intenta resarcirlas en su daño moral y patrimonial. Pero la reparación es una categoría mucho más amplia y profunda, en ese sentido la Corte Interamericana de Derechos Humanos ha profundizado estas cuestiones puntualizando los tipos de penas y cargas que deben llevar los que han incurrido en violaciones a los derechos humanos desde el propio Estado.

Que sea el propio Estado es el que tome la decisión de ubicar a las políticas de derechos humanos como “políticas de estado”, que anule los indultos y permita de este modo proseguir en los juicios a los represores, es un paso fundamental para “reparar” los daños causados durante la dictadura militar; también antes del ’76 ya que en el presente año se abre, por ejemplo, la causa por la Masacre de Trelew.

Los juicios son instancias “reparatorias” y de concesión de justicia fundamentales para generar una cultura nueva en el Poder Judicial. Ante los reclamos de los familiares y organismos de procesar a los culpables, de llevarlos a cárceles comunes, de darles la oportunidad de hacer su descargo, esto último es lo que ellos no hicieron cuando ocuparon el poder con los que definían como “guerrilleros” o autores de atentados que dejaron numerosas víctimas en ese momento.

La “reparación” también tiene relación con la “ética de las verdades”, admitiendo con Badiou que hay verdades científicas, verdades artísticas, verdades amorosas y verdades que provienen de la “invención política”. Se destacan en esta tesis, algunas de esas verdades.

Verdades científicas:

El trabajo de búsqueda e investigación del Equipo de Antropología Forense y el Banco de Datos Genéticos. El Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) es una organización científica no gubernamental, sin fines de lucro, creada en 1984 con el fin de investigar la desaparición de personas durante la última dictadura militar mediante la aplicación de técnicas antropológicas, arqueológicas y de medicina forense, en cooperación con las víctimas y sus familiares. Debido a su prestigio internacional ha sido convocado para actuar en países tales como Angola, Bolivia, Bosnia, Chile, España, Guatemala, Indonesia, Kosovo, Sierra Leona y Sudán. Su tarea no se limita al mero reconocimiento de cuerpos sino que busca colaborar con la justicia, recuperar la verdad, reparar y prevenir violaciones a los derechos humanos. Gracias a los resultados de su trabajo se han encontrado restos óseos de desaparecidos otorgando la posibilidad de elaborar el duelo y dar sepultura a sus familiares.

El Banco Nacional de Datos Genéticos es un organismo autónomo y autárquico, creado en 1987 por la Ley 23511. En el año 2009 pasó a funcionar bajo la jurisdicción del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva, a partir de la sanción de la Ley 26548.  Sus principales objetivos son garantizar la obtención, almacenamiento y análisis de la información genética para el esclarecimiento de delitos de lesa humanidad que se hayan iniciado en el ámbito del Estado Nacional hasta el 10 de diciembre de 1983.  De esta forma, favorece la búsqueda e identificación de hijos o hijas desaparecidos, y auxilia a la justicia en la identificación de los restos de personas víctimas de desaparición forzada.

Verdades artísticas:

Se han presentado algunos ejemplos de expresiones artísticas como el de Miguel Ángel Estrella y Augusto Boal. Son muchas las expresiones artísticas que aparecen en canciones, esculturas, artes plásticas en general, algunas son puntualizadas aquí.

La experiencia de Teatro por la Identidad que surgió en la profunda necesidad de articular legítimos mecanismos de defensa contra el horror que significa el delito de apropiación de bebes y niños por la sustitución de sus identidades de un modo organizado y sistemático por parte de la dictadura militar. Delito que aun hoy continúa vigente. El teatro por la identidad en su esencia apela a la toma de conciencia y la acción transformadora de cada uno de nosotros como ciudadanos de un país que aun no ve cumplidos los deberes y derechos básicos de su pueblo.

Lilian Neuman relata la historia del trabajo de Gustavo Germano que desde sus fotografías generó el proyecto “Ausencias” que hoy se amplía a la búsqueda de víctimas del Plan Cóndor en la región latinoamericana.

Dice Neuman: “Cámara en mano, Gustavo Germano viajó durante estos últimos dos años por distintas ciudades de Argentina. Todas y cada una de estas fotografías revelan con exactitud - con la tremenda exactitud de lo particular, que triunfa sobre estadísticas y cifras-el significado de la sistemática tarea de la dictadura argentina en el secuestro y desaparición de personas - a veces familias enteras bajo el pretexto de librar una lucha armada contra poderes subversivos. Una tarea de exterminio que dejó en distintas ciudades y pueblos de Argentina un paisaje de hijos sin padres, de padres sin hijos, de hermanos sin hermanos. Germano rescata y reproduce aquella foto familiar, original, a veces de los años sesenta, a veces pocos días antes del golpe de Estado del General Videla en 1976. En ella, en la foto original - una foto casual, cotidiana, a veces para estrenar la cámara que se ha comprado con el primer sueldo-, está la familia al completo y toda la vida por delante, todos los años por venir que convertirán a ese sonriente hijo adolescente en un hombre y un padre, y en un ingeniero, y un abuelo. En la foto siguiente - la foto actual- vemos el mismo escenario, Pero si en aquella había cuatro hermanos - cuatro niños en esta hay tres hermanos adultos que vuelven a mirar el objetivo sin decirnos lo que de repente entendemos y nos habla aunque todo aquello - el secuestro y la desaparición de quien no está aquí para mirarnos- haya sucedido hace treinta años. La vida por delante que no ha tenido lugar, el hueco de la silla vacía, la madre que ya no es joven y nos mira sin interrogarnos, el hermano ahora lleno de canas que se aventura solo por el mismo paisaje. Y la hierba del paisaje que capta Germano ha crecido - porque eso era lo natural-, si se la compara con la foto original. Ausencias es fruto de un arduo viaje cámara en mano, acompañado por textos que nos hablan de una cotidianeidad que alimentaba su sentido en el futuro, un futuro que un estado policial hizo añicos desde un coche sin patente, desde un sótano o un descampado”

Han sido muchas las películas y documentales que se han filmado sobre diferentes aspectos de la dictadura, según David Oubiña:

“Como un palimpsesto, cada plano es el resultado de una acumulación de capas, y su desciframiento, se sabe, depende tanto de la arqueología como de la imaginación (…) El cine no está necesariamente condenado a aquello que recibe del mundo, también consiste en lo que hace con aquello que recibe del mundo".

Lo que hace el cine con lo que recibe del mundo es la consistencia ética de sus verdades.

Verdades amorosas:

Los represores han hablado de “guerra sucia”, “guerra psicológica”, “guerra política”… Los familiares de los desparecidos hablan de memoria, verdad y justicia… Ante el terror de los primeros, el amor de los segundos. Amor como pulsión de vida, como la capacidad de donar un legado cultural, como intención -firme y sin claudicaciones- de recuperar los restos de los muertos, recuperar la identidad de los nietos, recuperar el proyecto de los que ya no están. Como dijo “Tati” Almeida: “nuestros hijos no dieron su vida, se las arrancaron…”

En su ya célebre libro sobre el discurso amoroso, Roland Barthes habla de “Lo intratable”:

“Afirmación. Contra viento y marea, el sujeto afirma el amor como valor. 1. A despecho de las dificultades de mi historia, a pesar de las desazones, de las dudas, de las desesperaciones, a pesar de las ganas de salir de ella, no ceso de afirmar en mí mismo el amor como valor. Todos los argumentos que los sistemas más diversos emplean para desmitificar, limitar, desdibujar, en suma depreciar el amor, yo los escucho, pero me obstino: ‘Lo sé perfectamente, pero a pesar de todo…’ Remito las devaluaciones del amor a una suerte de moral oscurantista, a un realismo-farsa, contra los cuales levanto lo real del valor: opongo a todo ‘lo que no va’ en el amor la afirmación de lo que en él vale. Esta testarudez es la protesta de amor: bajo el coro de ‘las buenas razones’ para amar de otro modo, para amar mejor, para amar sin estar enamorado, etc., se hace oír una voz terca que dura un poco más de tiempo: la voz de lo Intratable amoroso”.

Lo intratable del amor es también la negación ante el pedido, la solicitud de los familiares. La “banalización” de su dolor, el señalamiento de su locura, locas de amor…

El amor de las madres/abuelas que llega al amor de los hijos/nietos, el amor que alcanza a una sociedad descreída por momentos, abatida, desconfiada… Por ese amor las madres y los padres de esos hijos e hijas desaparecidos pudieron vencer el odio y la desidia de las violencias ejercidas sobre los cuerpos y las almas. Y por las verdades amorosas, otras verdades hoy han sido posibles.

Verdades de la invención política:

No hay política sin militancia, la militancia de los organismos de derechos humanos hizo posible la creación/invención de formas nuevas de protesta y tramitación ante los conflictos y reclamos. Hay acontecimiento en este punto de surgimiento de las madres de plaza de mayo como una marcha por la historia, con la fidelidad a la idea que les dio entidad y consistencia.

Raúl Cerdeiras sintetiza esta idea de la invención política de “las madres” como “acontecimiento”:

“En lo que a mí respecta hace tiempo que vengo sosteniendo que aquello que se nombra con el nombre de “Madres de Plaza de Mayo” es un acontecimiento político. Una marca fuera de todo lugar conocido de la política y respecto a la cual se daba –y se da– una disputa para constituirle un sentido. Se trató de sepultar esta irrupción inesperada dentro de la bóveda asfixiante de los movimientos por los derechos humanos, que Carter había institucionalizado como la ideología de la política exterior de las potencias Occidentales. Esta ideología tiene por objetivo reducir a la humanidad a la condición de víctimas, es decir, obligar a los hombres y mujeres a soportar las injusticias de este mundo de manera pasiva, fatal, como si se tratara del efecto de males que no pueden controlar. De esta manera se abre la franja para introducir la “ayuda humanitaria” a las víctimas, que cumple una doble función: por un lado, instala un lugar para la militancia “progresista” de una legión importante de intelectuales que les permite realizar una actividad que los exime de toda sombra de totalitarismo político, pueden despotricar contra el sistema y tranquilizar su conciencia ayudando a la pobre víctima; y, por otro lado, daba al “sistema democrático” el aval universal de ser el único capaz de ser consecuente con los Derechos del Hombre. Demás está decir que este cuerpo doctrinario se entrelaza estrechamente con la opción dictadura-democracia, y que está en la base del multiculturalismo, el respeto a las diferencias, la “ética del reconocimiento del otro” (que es el sustituto laico del segundo mandamiento de la religión católica), etc. Una observación banal, pero quizás necesaria: lo dicho acerca de los derechos humanos para nada empaña la heroica y efectiva lucha que en su nombre llevaron a adelante tanta gente contra la siniestra dictadura militar. Sencillamente porque, a pesar de ellos mismos, no actuaban en el interior de la lógica de esos movimientos, no actuaban como víctimas. Las víctimas no se rebelan”.

Las violencias simbólicas y reales que parieron todos los golpes de estado y en particular el más sangriento, el de 1976, son violencias que deben ser analizadas críticamente, ese es el desafío que tenemos en el presente.

Al inicio de su texto Para una crítica de la violencia, el filósofo Walter Benjamin afirma que la crítica debe realizarse  respecto al derecho y a la justicia en un primer término, pero en segundo lugar debe conducirnos a la cuestión de si la violencia es en general ética como medio para alcanzar un fin.

Violencia como medio o como fin, será la trayectoria de esta crítica separando ambas cuestiones para otorgarle un estatuto propio a la cuestión de los medios: “La crítica de la violencia es la filosofía de su propia historia. Es ‘filosofía’ de dicha historia porque ya la idea que constituye su punto de partida hace posible una postura crítica, diferenciadora y decisiva respecto a sus datos cronológicos. Una visión que se reduzca a considerar lo más inmediato, a lo sumo intuirá el ir y venir dialéctico de la violencia en forma de violencia conservadora de derecho indirectamente debilita a la fundadora de derecho en ella misma representada, al reprimir violencias opuestas hostiles”.

Benjamin distingue dos violencias que subsisten en el derecho mismo, la violencia fundadora y la violencia conservadora. A las diferentes tesis contractualistas, aquellas que sostienen que el “estado social” es necesario para evitar la guerra o violencia propia de un “estado de naturaleza”, el filósofo advierte que el estado necesita desde el momento mismo de su surgimiento estas violencias que le otorgan entidad y por lo tanto son productoras de la consistencia propia del tipo de organización estatal.

¿Cuál es el límite de la fuerza que se traduce en violencia del que puede permitirse al estado y sus agentes? ¿Se puede equiparar la violencia ejercida por grupos armados, focos guerrilleros, a la violencia del Estado sobre los militantes armados y desarmados, por ser portadores y portavoces de una ideología determinada? ¿Cómo se renueva “ante un instante de peligro” la teoría de los dos demonios al no discernir entre un mal y otro? ¿Cuál es el verdadero riesgo de crear una justificación de la violencia de la denominada doctrina de seguridad nacional? ¿Ha sido irracional la política de la Dictadura aplicada en la Desaparición Forzada de personas?

La violencia ejercida por los agentes del estado tiene su justificación y a ella adhieren grupos no sólo militares sino también civiles. pero bajo ningún concepto esta violencia puede ser justificada.

Badiou afirma:

“Cuando se dice con ligereza que lo que hicieron los nazis (el exterminio) es del orden de lo impensable o lo inabordable, se olvida un punto capital: que lo pensaron y lo abordaron con el mayor de los cuidados y la más grande de las determinaciones.

Decir que el nazismo no es un pensamiento o, en términos más generales, que la barbarie no piensa, equivale de hecho a poner en práctica un procedimiento solapado de absolución. Se trata de una de las formas del ‘pensamiento único’ actual, que es en realidad la promoción de una política única. La política es un pensamiento, la barbarie no es un pensamiento: por lo tanto, ninguna política es bárbara. Este silogismo no apunta sino a disimular la barbarie -evidente, sin embargo- del capital parlamentarismo que hoy nos determina. Para salir de ese disimulo es preciso sostener, en y por el testimonio del siglo, que el nazismo mismo es una política, es un pensamiento”.

Si en lugar del término “nazismo” en la cita de Badiou pensamos en la “dictadura”, admitimos que su pensamiento ha sido producto de un proceso histórico y de una racionalidad puesta al servicio de los intereses de un poder que utiliza el exterminio para imponer su fuerza y su dominio. Una crítica de este proceso y la justificación de una justicia para asumir los males del pasado son y constituyen el marco ético y jurídico hacia una experiencia atroz que debe ser elaborada y asumida por nuestra sociedad.