CEMS en moviment.

14. may., 2014
12. may., 2014

Por Angelina Uzín Olleros.

La filosofía ha sido definida en el transcurso de su historia de diversas maneras: como actitud, como pensamiento, como acción, como lenguaje.

Esta necesidad de definirla se debe a su propia naturaleza teñida de múltiples aspectos que hacen a su complejidad, podemos señalar -a modo de ejemplo- las diferentes posiciones frente al mismo problema; el debate entre autores que comparten un espacio y un tiempo definidos; desafíos de época junto al peso de las tradiciones. En un intento más contemporáneo, que rechaza el anuncio del fin del relato filosófico, nos conduce a pensar su condición.

La condición de la filosofía, siguiendo el propósito de Alain Badiou, me lleva a plantear el problema en plural, es decir, a las condiciones. Considerar las cuatro condiciones de la filosofía: el matema, el poema, el amor y la invención política.

Entiendo que el concepto de condición nos acerca tanto a lo que hace posible algo, lo posibilita; como a lo que lo condiciona, lo limita.

En esa tensión que existe entre lo que posibilita y limita al mismo tiempo está planteado este problema, que intenta a su vez pensar, interrogar las condiciones de la filosofía -tanto en su punto de partida como en su punto de llegada-, admitiendo que este último es -en definitiva- un punto de fuga.

Como partida, el comienzo de la filosofía, su posibilidad, es inmanente, inseparable de su razón de ser, de concebirse a sí misma. Al considerar más de una condición de la filosofía, estoy aceptando que la posibilidad de la filosofía no se anuda a un aspecto, sino que se reparte en una multiplicidad.

Como llegada, el arribo de la filosofía se transforma en un punto de fuga, una dispersión que conduce a las interrogaciones de las que no puede escapar; es de este modo que los sistemas filosóficos clausurados en su síntesis, han sido desmembrados por sus seguidores o detractores.

Si lo propio de la filosofía es abrir la interrogación al límite de interrogarse sobre sí misma, esa afirmación (es) o esa negación (no es) se suspende en la pregunta, queda en suspenso, sospechada.

En la afirmación: “la filosofía es pensar“, anida la interrogación: ¿qué es pensar filosóficamente?, la afirmación se pierde en la interrogación; cada pregunta remite a otra y al mismo tiempo cada respuesta queda suspendida en nuevas interrogaciones.

En semejante apuesta, se juega el destino del filosofar, del pensar. Toda actitud inicial marca un rumbo pero a su vez en ese caminar, transitar la respuesta, se gestan las consecuencias del pensamiento filosófico.

Esta puesta en acto de pensar las condiciones nos conduce principalmente a las consecuencias políticas de pensar filosóficamente, ¿qué significa pensar filosóficamente el presente?. En la gravedad de esa interrogación, gravita y se agrava la posible salida; si es que la respuesta es una salida o un alertarse ante lo real.

Arriesgar una conjetura de esta naturaleza, nos deja situados ante el siguiente desafío: mostrar que pensar filosóficamente nos conduce a pensar políticamente la situación actual.

La afirmación heideggeriana “todo lo grave da que pensar” se consume en su conclusión “lo grave de nuestra época es que todavía no pensamos”, es mi intención completar esa frase al decir que lo grave de nuestra época es que no pensamos políticamente.

Pensar políticamente significa advertir el peligro de un pensamiento que puede llevarnos al nazismo; algo que el mismo Martín Heidegger no podía admitir, razón por la cual su afirmación queda suspendida en la pregunta ¿qué significa pensar?

“Todo lo grave da que pensar. Mas este don lo confiere siempre y solamente en la medida que lo grave es ya de por sí aquello que ha de ser pensado. De aquí en adelante lo llamaremos aquello que, por haberlo sido siempre y en primer lugar, continúa siendo lo que ha de ser pensado: lo gravísimo. ¿Qué es lo gravísimo, y cómo se manifiesta en nuestra época grave? (...) Lo gravísimo de nuestra época grave es que todavía no pensamos” (Heidegger, M. ¿Qué significa pensar?. Págs. 10-11).

El tiempo presente posibilita al pensamiento filosófico y también lo condiciona. Las problemáticas de este momento histórico nos marcan un camino para interrogar la época y al mismo tiempo interrogarnos como sujetos políticos.

Pensar, por ejemplo, las patologías de consumo, las adicciones, las políticas de género, las prácticas de encierro, las prohibiciones, los hábitos institucionalizados, las libertades públicas. ¿Qué significa pensar filosóficamente estas cuestiones?, ¿qué consecuencias políticas tiene ese pensamiento?, ¿qué condiciones de la filosofía han limitado la visión política de las costumbres y de las relaciones humanas?.

Una primera observación que aparece al afirmar que no pensamos políticamente, tanto en términos de las consecuencias del pensamiento en general como del filosófico en particular, es la de vivir lo patológico, lo prohibido, lo acostumbrado, como tragedias personales; no hay conjuntos de problemas, ni pertenencia del individuo al conjunto social que le ofrece un sentido a su padecer. Lo que padece, es lo que adolece el sujeto cuando se autocomprende como un individuo aislado en su penoso existir.

Denomino microéticas a esas formas de inclusión a conjuntos cerrados de individuos que se agrupan por padecimientos. Padecimientos que aparecen, insisto, como tragedias personales.

Los familiares de víctimas de accidentes de tránsito, los que sufren ataques de pánico, los que consumen psicofármacos, los travestis. Son algunos ejemplos de grupos de no pueden salir de su autopercepción emotiva y se limitan a describir su dolor sin comprender políticamente la situación del conjunto.

¿Cuándo un grupo se transforma en un conjunto?. ¿Qué diferencia a uno de otro?. ¿Cómo podemos pensar filosóficamente la multiplicidad en el sentido del conjunto a diferencia del grupo?.

«El cimiento objetivo (o histórico) de la ética contemporánea es el culturalismo, la fascinación verdaderamente turística por la multiplicidad de los hábitos, de las costumbres, de las creencias... Sí, lo esencial de la 'objetividad' ética se sostiene en una sociología vulgar heredera directa del asombro colonial ante los salvajes, dando por entendido que los salvajes están también entre nosotros (drogadictos de los suburbios, comunidades de creencias, sectas: todo el aparataje periodístico de la amenazante alteridad interior), a la que la ética, sin cambiar el dispositivo de investigación, opone su 'reconocimiento' y sus trabajadores sociales» (Badiou, A. La Ética.. Pág. 115).

Para Badiou no se trata de establecer la contraposición entre una ética sentimentalista y otra deontológica, la ética de las verdades aparece como una apuesta a las categorías centrales de su pensamiento filosófico: la verdad como producción, el sujeto como soporte de esa verdad, la posibilidad de componer las verdades en el ámbito de la filosofía desde sus cuatro condiciones.

Su propuesta sobre una filosofía del presente tiene que ver con las circunstancias que se dan en lo que Badiou entiende como una situación filosófica. Define a la situación filosófica como «un encuentro entre dos términos esencialmente extraños, uno respecto del otro».

La relación que existe entre la filosofía y las situaciones son presentadas por él de este modo:

- Iluminar las elecciones fundamentales del pensamiento.

- Iluminar la distancia entre el pensamiento y el poder. Entre lo interesado y lo desinteresado.

- Iluminar el valor de la excepción, del acontecimiento, de la ruptura.

« ...la filosofía confrontada con las circunstancias, busca el vínculo de los tres tipos de situaciones. El vínculo entre la elección, la distancia y la excepción ». (Badiou, A. Filosofía del presente. Pág. 15).

De lo que se trata es de definir cuándo una circunstancia es filosófica, o puede ser objeto de la filosofía. Esto ocurre cuando una circunstancia es el lugar donde se constituye un punto de vista político, la filosofía -entonces- puede avanzar amparada por ese punto de vista en lo que tiene de afirmación (la vida) y en lo que procede de una invitación a la acción. La filosofía no trabaja sobre la negación (la muerte), el hombre, según Badiou, no debe ser entendido o tratado como un-ser-para-la-muerte; se trata de abordarlo a partir de lo inmortal que hay en él. No es la tarea del filósofo contar el número de víctimas, sino de considerar los acontecimientos en los que se originan las verdades y a partir de ellos tener en cuenta a los sujetos que le dan forma activa a las mismas.

La filosofía debe ocuparse de la « elección » de aquello que sigue resultando desinteresado (con relación al poder); de tomar « distancia» entre el poder del estado y las verdades y de optar por la « excepción » del acontecimiento, del valor de la ruptura, contra el conservadurismo social (la continuidad).

A medida que transitamos estas cuestiones, aparecen nuevos interrogantes que ordeno del siguiente modo:

- Lo que posibilita a la filosofía es al mismo tiempo lo que la diferencia de otras formas de producir verdades.

- Las condiciones de la filosofía son formas que la hacen posible y que la limitan.

- El límite de la filosofía está inscripto en esas condiciones que producen verdades y que le aportan al filósofo modos de comprensión de lo real.

- Si la filosofía queda limitada a una sola condición, las consecuencias políticas estarán encerradas en la unidad.

- Admitir varias condiciones de la filosofía significa abrir su producción de verdad a la multiplicidad.

- La invención política es una condición de la filosofía, en el punto de llegada del filosofar se advierten las consecuencias políticas de su pensamiento.

- Las condiciones de la filosofía son inmanentes y hacen de la tarea filosófica la función de su composibilidad. 

La respuesta de Alain Badiou a estas cuestiones es la siguiente:

« Las condiciones de la filosofía son transversales, se trata de procedimientos uniformes, reconocibles a distancia, y cuya relación con el pensamiento es relativamente invariable. El nombre de esta invariación es evidente, se trata del nombre 'verdad'. Los procedimientos que condicionan a la filosofía son los procedimientos de verdad, reconocibles como tales en su repetición. Ya no podemos creernos los relatos por los que un grupo humano confiere encanto a su origen o su destino. Sabemos que el Olimpo es sólo una colina, y que el Cielo no está lleno más que de hidrógeno o de helio » (Badiou, A. Manifiesto por la filosofía. Pág. 13).

En síntesis: la filosofía no pronuncia la verdad, sino la coyuntura, la conjunción pensable de las verdades.

Todo este proceso filosófico está amenazado por un adversario, el sofista. Para el sofista la estrategia del lenguaje ahorra toda aserción positiva concerniente a las verdades. La filosofía es la separación de su doble: la sofística.

Narciso encuentra en el espejo del lago el rostro de su propia muerte; en todas las leyendas el doble es mortal; puesto que el doble se forma en el estadio arcaico en que el otro se confunde con el cuerpo propio. “La filosofía es siempre la fractura de un espejo”, dice Badiou. Es por esto que la filosofía debe vencer una y otra vez la tentación de confundirse con su doble, sin que esto le signifique la captura de verdades, es decir, que la filosofía se presente como la autora de esas verdades.

En esta “retención” respecto de su doble sofístico radica la ética de la filosofía que previene el desastre. La filosofía debe sustraerse al desdoblamiento del par “vacío/sustancia” para tratar esa duplicidad “sofista/filósofo”.

En síntesis:

“La historia de la filosofía es la historia de su ética: una sucesión de gestos violentos a través de los cuales la filosofía se retira de su reduplicación desastrosa... La filosofía en su historia no es más que una desustancialización de la Verdad, que es también la autoliberación de su acto” (Badiou, A. Condiciones. Pág. 73).