10. nov., 2014

Especial para Cultura Mundi.

Texto: Angelina Uzín Olleros.

Publicado 9 de noviembre de 2014.

Todo acto de comunicación es al mismo tiempo un acto de incomunicación, en este juego dialéctico en el que participan por lo menos dos personas, se recorre con palabras un camino cierto e incierto al mismo tiempo. Son muchas las situaciones que pueden darse en el discurrir de la palabra, discurso entendido como dejar correr los conceptos, como permiso para exteriorizar en palabras lo que adentro está vedado al otro que me interpela.

En toda situación de diálogo puede darse -en términos de una teoría “clásica” de la comunicación- el esquema que distingue entre un emisor, un receptor, un canal y un mensaje. A comienzos del siglo XX con el surgimiento de los mass media la probabilidad de comunicarse era planteada con gran optimismo y con la certeza de que el receptor decodificaba el mensaje del emisor, lo que hacía muy oportuna la llegada de la propaganda no sólo de productos que debían ubicarse en el mercado sino también de la propaganda política.

Pronto advirtieron los dramaturgos que sospecharon de esta llegada fiel y clara del mensaje, que el emisor y el receptor no eran directamente proporcionales en términos de comprensión del discurso vertido. Eugene Ionesco mostró en una de sus obras: La cantante calva que la palabra incomunica, y que tanto el diálogo como el monólogo eran presa de múltiples decodificaciones, interpretaciones, devoluciones.

Otro elemento que será tenido en cuenta por un filósofo como Michel Foucault es el poder que se despliega en las luchas simbólicas, en las batallas mediáticas del discurso. El que habla lo hace desde el privilegio de la disciplina, desde la episteme dominante que marca la línea divisoria entre locura/razón, entre normal/anormal. El enfermo mental, el loco, es quien podemos identificar por su discurrir desencajado y descolocado de la realidad normal que marca la ciencia en su discurso normativo y normalizador 

El lugar del poder que gozamos en la sociedad o en el grupo de pertenencia, está íntimamente relacionado con la episteme dominante, y la violencia simbólica que se ejerce desde ese poder (como juego estratégico) es la de nombrar al otro con conceptos que clasifican, enumeran, incluyen o excluyen al sujeto; el loco está ajeno y lejano de la norma, de lo normado, de lo correcto, de lo apropiado.

No sólo es el sujeto quien se ampara o desampara desde la palabra que lo nombra, son también las prácticas sociales, lo instituido, lo impuesto en la ortopedia correctiva de las acciones; las que serán rotuladas como buenas o malas, correctas o incorrectas, apropiadas o inapropiadas.

El experto se apoya en la especialidad que, por medio de su dispositivo institucional y discursivo, le otorgará el poder para decidir el diagnóstico, el tratamiento, el destino del sujeto enfermo, identificándolo con el comportamiento desviado; decidirá el tratamiento del anormal que se sale del camino de la normalidad, que se desvía del carril de lo mismo para pasarse al carril de lo otro.

Una situación dialógica puede ser pensada tanto como un intercambio igualitario de dos personas, como una escucha y un habla propuesto en reciprocidad entre dos sujetos éticos, y por lo tanto con posibilidadades (actuales o futuras) de libertad y de autonomía. O puede ser abordada como interrogatorio, como entrevista, como interpelación, como acusación.

Pierre Bourdieu advierte que toda situación de entrevista y encuesta es una situación social, que el observador imparcial que demandaba el positivismo, tanto del científico social como de los profesionales en general, está atravesada por prejuicios y preconceptos que no se abandonan hasta tanto el profesional no realice un trabajo de reflexividad sobre los supuestos en los que asienta el discurso científico. Es esa reflexividad la que permite controlar los efectos de la estructura social en la que el interrogatorio se efectúa.

La relación entrevistador/entrevistado es una situación social, por más que quiera presentarse como situación neutral y objetivante en el diagnóstico.

En su libro La miseria del mundo Bourdieu afirma: “Si bien la relación de encuesta se distingue de la mayoría de los intercambios de la existencia corriente en el hecho de que se atribuye fines de puro conocimiento, sigue siendo, no importa qué se haga con ella, una relación social que genera efectos (variables según los diferentes parámetros que pueden afectarla) sobre los resultados obtenidos. No hay duda de que el interrogatorio científico por definición excluye la intención de ejercer cualquier forma de violencia simbólica capaz de afectar las respuestas; lo cierto es que, en esa materia, no es posible confiar exclusivamente en la buena voluntad, porque en la naturaleza misma de la relación de encuesta están inscriptas todo tipo de distorsiones. Distorsiones que se trata de conocer y dominar, y ello en la concreción misma de una práctica que puede ser reflexiva y metódica, sin ser la aplicación de un método o la puesta en acción de una reflexión teórica.” (Página 528).

Aún en el esfuerzo que realiza el experto a la hora de diagnosticar y dirigir el tratamiento, los supuestos teóricos están habitados por prácticas y conceptos que no se ponen en duda o en cuestión. El mecanismo de control del otro (enfermo, desviado, inadaptado) está en funcionamiento, dominando toda la escena del interrogatorio y la práctica que lo regula. No sólo esto es así en situaciones de enfermedad sino también de normalidad. Los exámenes, los concursos docentes, las entrevistas de trabajo, los censos, los formularios.

En el caso del experto, del especialista, una vez instalado el dispositivo institucional y el corpus de conocimientos en el que ellos se sostienen, resulta práctica corriente, la que deja de ser indagada en sus mecanismos internos y recorridos teóricos.

“El sueño positivista de una perfecta inocencia epistemológica enmascara, en efecto, el hecho de que la diferencia no es entre la ciencia que efectúa una construcción y la que no lo hace, sino entre la que lo hace sin saberlo y la que, sabiéndolo, se esfuerza por conocer y dominar lo más completamente posible sus actos, inevitables, de construcción y los efectos que, de manera igualmente inevitable, éstos producen.” (Bourdieu, P. Obra citada. Página 528).

La relación entrevistado/entrevistador es, en muchos de los casos sino en todos, una relación asimétrica que reproduce esa asimetría una y otra vez en el montaje del dispositivo terapéutico, en él se juegan un conjunto de supuestas verdades y supuestos saberes que otorgan el poder al entrevistador de incluir o excluir del espacio institucional al entrevistado. Interpelado y acusado, rotulado y clasificado, queda en los márgenes de los espacios reservados a lo correctamente aceptado y aceptable.

En la medida que el experto no esté dispuesto a reflexionar sobre su propia práctica y sobre su supuesto saber, en la medida que éste no pueda ponerse en el lugar del otro y alterizarse en la diferencia, la práctica médica, psicoanalítica, docente, legislativa; será un montaje perverso, motor de desigualdades y situaciones excluyentes que condenan al diferente a vivir y situarse en la periferia.

Bourdieu dice: “Esa miseria de posición, referida al punto de vista de quien la experimenta al encerrarse en los límites del microcosmos, está destinada a parecer, como suele decirse, ‘completamente relativa’, esto es, completamente irreal, si, al asumir el punto de vista del macrocosmos, se la compara con la gran miseria de condición; referencia cotidianamente utilizada con fines de condena (‘No tienes que quejarte’) o de consuelo (‘Sabes que hay quienes están mucho peor’). Empero instituir la gran miseria como medida exclusiva de todas las demás significa prohibirse percibir y comprender toda una parte de los sufrimientos característicos de un orden social que, sin duda, hizo que aquélla retrocediera (...) pero que al diferenciarse, también multiplicó los espacios sociales (campos y subcampos especializados) que brindaron las condiciones favorables para un desarrollo sin precedentes de todas las formas de la pequeña miseria.” (Página 10).

En esta conclusión expresamos la necesidad de revisar las prácticas en las que se instituyen los discursos y las interrogaciones, junto a la evaluación de las respuestas y devoluciones del entrevistado; quien queda atrapado en su propia situación miserable, dada la desigualdad de posición a la hora de ser considerado como un miembro más del grupo de pertenencia, aunque situado en una región de diferencia y ajenidad.

Bibliografía.

Bourdieu, Pierre. La miseria del mundo. (1999) Madrid. Fondo de Cultura Económica.